En uno de sus escritos, Joseph Pérez sitúa a Juan de Valdés en las misma línea que Luis Vives y Fray Luis de León, y fija esa coincidencia en la indignación de todos ellos por la forma en que la literatura era prostituida en su tiempo, quedando al servicio de asuntos vulgares. No es, desde luego, un asunto que hoy deba dejar de inquietarnos; menos aún cuando, al decir de Pérez, «lo primero de todo lo que exigen los humanistas de los doctores es que no traten de escudarse detrás de un lenguaje esotérico, una jerigonza inaccesible no sólo al común de los mortales, sino al hombre medianamente culto.
Esta ha sido desde un principio la preocupación dominante del humanismo: decir cosas fundamentales y decirlas de tal forma que todos las puedan entender en una lengua clara, bella y elegante. En esto se opone otra vez al escolasticismo de los doctores que sólo se ocupan de plantear cuestiones varias inútiles, y de exponerlas en una jerigonza de mal gusto, plagada de barbarismos y tecnicismos; lo que Juan de Valdés en los años 1530 llamaba sofisterías y bachillerías, lo que podríamos traducir hoy por pedantería y terrorismo intelectual» («Semblanza de un intelectual», ABC Cultural, 3 de junio de 1992, p. 20).
Juan de Valdés vino al mundo en Cuenca, en una fecha que suponemos próxima a 1509, y falleció en Nápoles, hacia 1542. Cultivado en conocimientos que también frecuentó su hermano, el influyente Alfonso Valdés, el joven Juan disfrutó de los beneficios propios de su origen noble. Al dedicarse a las actividades cortesanas, tan afines a esa clase social, quedó al servicio del Marqués de Villena. Sin duda, compartió sus inclinaciones filosóficas más esotéricas con otros huéspedes, también alumbrados, del Palacio de Pastrana. No en vano, suele vincularse su nombre al llamado círculo iluminista de Escalona.
De los tiempos que pasó como colegial en Alcalá de Henares, recibió, entre otras enseñanzas y moralidades, el dominio del griego. La correspondencia de su hermano con Erasmo de Rotterdam otorga un nuevo sesgo a la vertiente erasmista que aflora en su Diálogo de doctrina cristiana (1529), obra que le granjeó serios problemas por los pensamientos en ella expresados. Situado frente a los rigores de la Inquisición, decidió marchar a Italia, donde fue acogido por el entorno pontificio. Según detalla Juan Luis Alborg, «en 1535 se trasladó a Nápoles con un cargo cerca del Virrey y allí conoció los libros de Lutero y Melanchton. Sin romper abiertamente con la Iglesia, Valdés abrazó un cristianismo de tipo iluminista y se convirtió en el mentor (…) de una brillante sociedad de espíritus inquietos y exquisitos que se reunían con él en torno a la bellísima Julia Gonzaga. Valdés (…) preconizaba una religión tolerante, de tipo íntimo, basada en la fe y en el amor, que confiaba la salvación del alma no a las obras, sino a la fe y a la intervención de la gracia» (Historia de la literatura española, Tomo I, Edad Media y Renacimiento, Madrid, Gredos, 1970, p. 716).
Muchas veces se ha recordado cómo alumbró en Nápoles su famoso tratado, el Diálogo de la Lengua, tan evocado desde que lo publicó en 1737 Gregorio Mayans. A esa defensa de nuestro idioma cabe sumar las Ciento y diez consideraciones divinas (1539), elaboradas por los dos hermanos Valdés en favor de una íntima iluminación que determina la gloria espiritual. Sumergiéndose en esa fórmula salvadora y trascendental, el humanista exploró los matices de la fe en su Alfabeto cristiano de 1546.
Retrato de Juan de Valdés.