Integrante de la elite cultivada, Ortega y Montañés desempeñó funciones eclesiásticas y administrativas tan notables como las de arzobispo e inquisidor. Fue asimismo virrey de Nueva España, lo cual lo hace figurar entre los clérigos que cumplieron su misión en ambas orillas del Atlántico. Nacido en la población asturiana de Llanes en 1627, y fallecido en México en 1708, Ortega ejemplifica todo un ciclo cultural hispánico, nutrido con aportes procedentes de muy variados saberes.
Según hicieron constar sus biógrafos, fue colegial en Alcalá de Henares, en cuya Universidad alcanzó el grado de doctor en Leyes. Ese aleccionamiento, unido a su título sacerdotal, propició su evolución en el ámbito de la burocracia eclesiástica. Ya en 1670 lo encontramos en México, donde desempeñó el cargo de fiscal del Tribunal de Santo Oficio. Tres años después, los fieles de la Catedral de México conocían su designación como obispo de Durango y efectivo de Guatemala; dos misiones que desempeñó entre 1676 y 1684.
A partir de 1684 fue obispo de Michoacán y, desde 1696, ocupó una plaza de gran importancia política y administrativa cuando accedió al cargo de virrey interino de Nueva España. A efectos prácticos, Ortega y Montañés desempeñó esa labor entre febrero y diciembre de 1969. Más adelante, volvió a llevar a cabo ese mismo cometido entre 1701 y 1702.
Arzobispo de México desde 1700, el clérigo español abandonó su cargo al frente del Virreinato en 1702, siendo sucedido por el Duque de Albuquerque, Francisco Fernández de la Cueva. Si bien ya no volvió a ocupar puestos de orden administrativo, continuó al frente de la diócesis mexicana hasta la fecha de su fallecimiento.
Capital del Virreinato de Nueva España, construida sobre lo que fue Tenochtitlán.