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Alcalá de Henares

Juan de Mariana

Ya dijo Pico della Mirandola en 1486 que nada cabe hallar en el mundo más digno de admiración que el hombre. Ese interés supremo, animado por una espiritualidad refinada y perseverante, bien puede describir la figura del jesuita, biblista, teólogo e historiador toledano Juan de Mariana, nacido en Talavera de la Reina en 1535 —era hijo del Deán de su Colegiata— y muerto en Toledo en 1624. Su cualidad intelectual es fácilmente explicable a través de una trayectoria formativa de ritmo intenso. A los diecisiete años ingresó en la Compañía de Jesús, estudió Teología y Arte en la Universidad de Alcalá de Henares, y luego, bajo la guía de San Francisco de Borja, fue alumno en Simancas, donde sació su apetito teológico.

De toda esa evolución surgió un intelectual íntegro, cuya conjunción de saberes fue admirada allí donde impartió sus clases. Primero en Italia, como maestro en las escuelas de la Compañía, y más tarde en Toledo, donde volvió en 1574, aquejado de una dolencia física. Sin duda, la suya fue una vocación docente llena de fulgor, dado que desde su ordenación sacerdotal, celebrada en 1561, tuvo la oportunidad de ser profesor de Teología en el Colegio de Roma, en Mesina y en Sicilia, y también formó a los futuros exégetas de París.

De su regreso a Toledo también nos queda constancia, pues su actividad fue múltiple y acorde con los principios de su fe. Examinador sinodal y consultor del tribunal de la Santa Inquisición, Juan de Mariana defendió a Arias Montano de quienes lo acusaban de herejía a raíz de su labor en la edición del Nuevo Testamento. Otra tarea de orden bibliográfico fue la edición de las obras de San Isidoro. En todo momento, dio muestras de carácter liberal, reflejando ese talante cosmopolita y tolerante en crónicas como la exitosa Historiae de rebus Hispaniae libri XXX (1592) y la muy perseguida y audaz De rege et de regis institutione (1599), que expone las obligaciones morales del monarca y del Gobierno que éste representa, y además ataca a la tiranía cuando ésta no respeta las leyes. Además de un Discurso de las cosas de la Compañía, también se le debe un Tractatus septem (1609), donde refleja nociones de carácter ético en lo que concierne a la administación estatal, y De adventu Jacobi apostoli in Hispania, que explora con escepticismo científico el viaje de Santiago a España.

En palabras de Juan Luis Alborg, el padre Juan de Mariana era «hombre de carácter independiente, de gran entereza, presto para dar su opinión, sin sentirse coaccionado por calidades de personas ni estrechos patriotismos. Este modo de ser le atrajo el recelo de muchas gentes, pese a no haber ocupado nunca puestos destacados, y le enredó en disputas e incluso procesos; no es de extrañar que abunden las referencias sobre él y que sea dado encontrar los pareceres más opuestos, desde el de Lope, que lo califica de «insigne honor de nuestra nación», hasta el de Saavedra Fajardo que lo describe como «cabezudo, que por acreditarse de verdadero y desapasionado con las demás naciones, no perdona a la suya y la condena en lo dudoso». Antonio Hurtado de Mendoza lo atacó duramente porque en su Historia había ofendido a ciertas casas ilustres y lo acusó de baja intención y de estar mal dispuesto hacia lo regio y noble y hacia su propia patria, recordándole ruinmente su nacimiento irregular y que su padre era francés (patraña difundida como explicación del antipatriotismo del que le acusaba)» (Historia de la literatura española, Tomo I, Edad Media y Renacimiento, Madrid, Gredos, 1970, p. 997).

Retrato de Juan de Mariana

Retrato de Juan de Mariana.

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