En palabras de Roland Barthes, «por muy espirituales que sean, los Ejercicios de Ignacio se fundamentan en la escritura. No es necesario ser jesuita, ni católico, ni cristiano, ni creyente, ni humanista para interesarse por ellos. Si queremos leer el discurso de Ignacio, con esta lectura que está en el interior de la escritura, no de la fe, quizá sea mejor no ser nada de todo esto: las pocas líneas que Georges Bataille escribió sobre los Ejercicios, adquieren así un peso, frente a los cerca de 1.500 comentarios suscitados, desde su publicación, por este manual de ascesis universalmente preconizado» (Sade, Fourier, Loyola, Madrid, Cátedra, pp. 54-55). Sin duda, la construcción de los Ejercicios espirituales ha concitado reflexiones de diversa estirpe e influencia, magnificando en ese progreso intelectual la figura de su autor, el clérigo español que fundó la Compañía de Jesús, y que fue bautizado con el sonoro nombre de Íñigo López de Regalde.
Ignacio vino al mundo en Azpeitia, en torno a 1491, y pereció en Roma en 1556. Sin duda, en él se combinan las dotes del hombre de acción con aquéllas que destilan los espíritus más refinados. Como otros vástagos de la nobleza local, dio muestras de valor militar, pero una herida de guerra forzó su convalecencia, que él dedicó al cultivo de su fe y de su intelecto. Su rechazo de las armas coincide con su peregrinación a Tierra Santa. Tomó luego los hábitos y en Manresa escribió los Ejercicios espirituales.
Sus estudios en Barcelona tuvieron una digna prolongación en dos de las universidades más importantes del mundo: la de París y la de Alcalá de Henares. La etapa francesa enmarca su amistad con San Francisco Javier, quien lo ayudó a fundar la Compañía de Jesús en 1537. Una vez sancionados los estatutos de la congregación en 1539, Ignacio pasó a ser designado Superior General.
Firmes defensores de los valores propios de la Contrarreforma, y a la par favorecedores de la erudición y del pensamiento ilustrado, los jesuitas pasaron a convertirse en una Orden tan influyente y enérgica como perturbadora. Así, cuando en 1551 Ignacio fundó en Roma el Colegio Romano, éste pasó a constituir la base de la Universidad Gregoriana, foco intelectual de primer orden. De idéntico modo, allí donde se asentaron los colegios jesuitas, fue propiciándose la formación de élites bien formadas, inquietas en lo político y agudas en su entendimiento.
Ni que decir tiene que la bibliografía ignaciana sigue de actualidad. A los Ejercicios cabe sumar una Autobiografía dictada a Luis Gonçalvez de Câmara; además de las Constituciones de la Compañía, las Declaraciones a las Constituciones, y una nutrida correspondencia, debidamente recopilada. Por otro lado, desde su canonización en 1622, Ignacio de Loyola sigue constituyendo un modelo de conducta para buena parte de los fieles católicos.
Retrato de San Ignacio de Loyola.