Entre los colegiales ilustres que aprendieron en las aulas complutenses figura Ladrón de Guevara, un eclesiástico de mérito que también ejerció largamente el oficio de administrador colonial. Natural de Cifuentes, nuestro personaje vino al mundo en 1641, pereciendo en Ciudad de México el 9 de septiembre de 1718. En apresurado resumen, las enciclopedias insisten en los grados que alcanzó en el Nuevo Mundo: obispo de Panamá, Huamanga y Quito, presidente de la Audiencia de Panamá y, por si ello no bastara para justificar el fervor biográfico, virrey del Perú entre 1710 y 1716.
Obviamente, el lector sagaz habrá intuido el origen nobiliario del prelado, cuya proximidad a los focos de poder favoreció el natural desenvolvimiento de sus cualidades.
Si destacó como alumno de la Universidad de Alcalá de Henares, no fue menos eficaz en su paso por la de Sigüenza, donde también fue profesor. La disciplina de su elección, Cánones y Leyes, preludia su futuro cometido como administrador de la Corona en América. En 1689 pasó a ser obispo de Panamá y en 1695 ya era presidente de la Real Audiencia, si bien de modo interino. Luego llegó una nueva designación eclesiástica, esta vez como obispo de Huamanga, que le permitió cumplir su deseo de fundar la Universidad de San Cristóbal de Huamanga. Obispo de Quito desde 1705, cinco años después se convertía en depositario de un nuevo honor, esta vez al frente del Virreinato del Perú.
Mencionan las crónicas copiosos detalles de su mandato. Sus equilibrios contables, poco valorados por la Corona, hallaron remedio en la explotación minera. Pese a la Paz de Utrecht, tuvo que reaccionar frente a la continuada amenaza corsaria. La sublevación de los esclavos de la hacienda Huachipa de Lima también exigió dureza. Desde un marco menos amenazante, Ladrón de Guevara aprobó la reconstrucción de la Catedral de Lima y la edificación de otros templos, entre ellos el de la Buena Muerte y el Convento de Mínimos de San Francisco de Paula. Asimismo, dispuso que la Universidad de San Marcos contase con una cátedra de Anatomía. Pese a tales avances, las tiranteces con la Corona condujeron a su renuncia. Tras su muerte, ocurrida el 9 de septiembre de 1718, fue enterrado en la Catedral de Ciudad de México.
Imagen del tributo al gobernador. Códice de Yahuitlán.