Entre los muchos honores y dignidades vinculados al hijo de Felipe I de Castilla y Juana I de Castilla, hay datos suficientes para explicar los vaivenes dinásticos de Europa durante el siglo xvi. De hecho, la compleja relación de sus padres, Juana la Loca y Felipe el Hermoso, ya posee rasgos sin duda evidentes en este tablero de ajedrez. Con todo, la ubicación del árbol genealógico justifica la presencia de Fernando en estas líneas, pues nació el 10 de marzo de 1503 en Alcalá de Henares. La magnitud de sus responsabilidades, ya desde la juventud, autoriza a sospechar eso que llamamos voluntad de poder. A decir verdad, ése viene a ser el distintivo de quien fue emperador del Sacro Imperio entre 1558 y 1564, rey de Bohemia desde 1526 hasta 1564 y rey de Alemania entre 1531 y ese año 1564, que fecha su muerte en Viena.
Rellenando los huecos biográficos que sostienen dichos títulos, cabe indicar que su abuelo Fernando el Católico lo nombró regente en 1512, antes de la llegada de su hermano Carlos. No ha de sorprender que éste último lo enviase a Flandes, para evitar un innecesario competidor a la hora de ganarse el favor de los súbditos.
Casi una década después lo hallamos gobernando el Ducado de Württemberg. Gracias a lo dispuesto en el Tratado de Worms, había pasado a administrar las posesiones de los Habsburgo, que incluían los territorios de la Alta y Baja Austria, Carintia, Estiria y Carniola. De acuerdo con las convenciones de Bruselas, también se situaron bajo su cetro el Tirol, la Alta Alsacia y el Ducado que antes mencionábamos.
A la muerte de su cuñado, Luis II de Hungría, Fernando confirmó un decisivo parentesco para hacerse con las coronas de Bohemia y Hungría. En ello, contaba con el apoyo de su abuelo, Maximiliano de Austria, y el de su esposa, Ana de Hungría. Para su desgracia, la consecución de este último trono deja muchas pistas del enfrentamiento con el poder otomano. Tampoco fue fácil su política familiar, dado que Carlos V lo aceptó como rey de Romanos, pero no como sucesor en el trono del Sacro Imperio, pues prefería ver a su vástago, Felipe II, al frente de ese dominio. Al final, Fernando logró ser coronado emperador en 1558.
En lo religioso, destaca su ánimo tolerante, conciliador, plasmado en su defensa de la libertad de conciencia y en su negociación de la Paz de Augsburgo.
Retrato de Fernando I de Habsburgo.