De toda la variedad de episodios que brinda la existencia de este eclesiástico y político español, nacido en Torrelaguna (Madrid) en 1436 y fallecido en Roa (Burgos) en 1517, varios pueden admitirse como sobresalientes para los destinos de España, singularmente en lo que se refiere a nuestro desarrollo científico y cultural. Desde este punto de vista, los primeros signos de su evolución personal ya quedan de manifiesto a la hora de ocupar Cisneros su plaza en las universidades de Salamanca y Roma, donde estudió Teología y Derecho. Un dato curioso: si bien tuvo oportunidad de medrar en la jerarquía como Arcipreste de Uceda y Vicario general de la diócesis de Sigüenza, prefirió la disciplina franciscana del convento de la Salceda, ampliando su penitencia en el Convento del Castañar.
Conviene recordar que asimismo figuró como provincial del Convento franciscano de San Juan de los Reyes, en Toledo, no mucho antes de convertirse en el confesor de Isabel I, distinción que le dio fama a partir de 1492. Como consecuencia del favor regio, se puede relatar con toda propiedad su creciente influencia, aún más notable desde que, hacia 1495, fue nombrado Arzobispo de Toledo y el Papa lo designó reformador de los conventos franciscanos.
Fue un momento decisivo para el futuro Cardenal obtuvo el capelo en 1507, porque en adelante pudo llevar a término su plan más ambicioso: la fundación de la Universidad de Alcalá de Henares, relatada en distintos apartados de esta muestra. No se ha de pasar por alto que los métodos humanistas cultivados en esa comunidad universitaria contrastan con la dureza que caracterizó la lucha en las Alpujarras, donde, tras extinguirse la rebelión morisca, cobró forma el decreto del 11 de febrero de 1502, que obligaba a los afectados a elegir entre la conversión al cristianismo o el forzoso destierro.
En su faceta eclesiástica, fue Cisneros un renovador, decidido a culturizar y a jerarquizar eficazmente todos y cada uno de los estratos de la Iglesia. Como albacea testamentario de la reina Isabel y miembro de la Junta de Regencia tras la muerte de Felipe I el Hermoso, impulsó el retorno de Fernando el Católico. Enfrentándose a las intrigas favorecidas por Adriano de Utrecht y por el futuro emperador Fernando I de Habsburgo, el Rey católico quiso convertir a Cisneros en regente y gobernador de Castilla, León, Granada y Navarra, preparando así el ascenso al trono de su nieto, Carlos I. A partir de 1505, sumando el vector político interior al exterior, el Cardenal colabora activamente en las campañas del norte de África, llegando a patrocinar y comandar incursiones en territorio de dominio berberisco. Tal fue su empeño de cruzado, que consiguió hacerse con Orán, Bugía y Trípoli. Al optar por esa acción directa, el prelado fue familiarizándose con las armas, trasladando ese entusiasmo a la reorganización militar del Reino.
Imagen del Cardenal Cisneros.