El conquense Gil Álvarez de Albornoz figura entre los personajes más notables que se pusieron al frente del Arzobispado de Toledo. Este cardenal y administrador estatal nació en torno a 1300, y murió en Viterbo hacia 1367. Guarda mucha relación con su ascenso en la jerarquía social un decisivo respaldo a Alfonso XI el Justiciero (1311-1350), rey de Castilla y de León, hijo de Fernando IV y de Constanza de Portugal. Ese apoyo del prelado se inscribe en la lucha del monarca contra los benimerines o mariníes. Eran éstos integrantes de la estirpe bereber que, entre los siglos xiii y xv, vino a suceder a los almohades en el área del Magreb, extendiendo su influencia hasta el Reino Nazarí de Granada.
Por los méritos adquiridos en ese enfrentamiento, particularmente durante la batalla del Salado, Albornoz fue nombrado arzobispo de Toledo. Si bien se concentró en la mejora del funcionamiento y costumbres de los eclesiásticos, muy pronto se ganó la enemistad de la Corona cuando mostró su oposición a las relaciones que Pedro I mantenía con María de Padilla.
A tal extremo llegó esa tensión que el prelado tuvo que buscar refugio en el papa Inocencio VI, quien lo acogió en su corte de Avignon. Nombrado cardenal, ocupó luego un puesto en el consejo pontificio. Asimismo, figuró entre los encargados de fundar y poner en marcha el Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia.
A su muerte, fue cumplida su principal disposición testamentaria, y sus restos fueron llevados hasta Toledo, donde se celebraron las ceremonias de su funeral.
Escudo nobiliario en una casa de la calle Santiago.