Desde que fue reinstaurada en 1991 la diócesis complutense, la dignidad de catedral se suma a los esplendores que ya iluminaban a este conjunto arquitectónico, núcleo de la religiosidad alcalaína y genuino resumen de la historia de la villa.
Para empezar, su origen se remonta al periodo visigótico, cuando en torno al año 414 d.C. se erigió una capilla en el Campus Laudabilem, con el fin de atesorar y venerar las reliquias de los Santos Niños. El santuario no resistió el paso de los siglos, pero sí lo hizo la devoción de los antiguos alcalaínos, que asistieron en 1122 a la edificación de una iglesia, en torno a la cual fue extendiéndose el tramado de calles. Una vez más, los estratos del tiempo se solaparon, y las piedras de una iglesia mudéjar de nave única fueron superponiéndose a las que pusieron en pie la vieja parroquia. El impulsor de esa reconstrucción fue el arzobispo Carrillo sepultado en el trascoro, quien otorgó al templo el rango de Colegiata. Un abad y un cabildo gobernaban los destinos y el funcionamiento del templo.
Ello ocurría no mucho antes de que Cisneros ordenara reformar el templo. Buscando su inspiración en los planos de la Catedral de Toledo, Pedro Gumiel dirigió unas obras que se extendieron entre 1497 y 1514, y que contaron en su equipo rector con los hermanos Antón y Enrique Egas. En 1519, el Papa concedía a esta iglesia la dignidad de Magistral, rango que sólo compartía San Pedro de Lovaina, en Bélgica. Con ello, el proyecto cisneriano fijaba su jerarquía, pues los miembros del cabildo tenían que ser magister en la Universidad. Por lo demás, el título de Magistral ya había sido solicitado por el Cardenal en 1516.
Si bien el estilo gótico tardío se advierte en buena parte de los rasgos arquitectónicos del conjunto catedralicio, hay matices que exigen mayor precisión. Si contemplamos el templo desde el exterior, podremos admirar la torre, levemente inclinada, quizá a causa del terremoto de 1689. Sus trazas (1528) se deben a Rodrigo Gil de Hontañón, quien completó el primer cuerpo. Sus continuadores fueron el maestro Argüello y Nicolás Vergara el Mozo, responsables de las dos fases que exigió el proyecto, en 1582 y en 1618, fecha esta última en que se remató la obra gracias a lo dispuesto en su testamento por el arzobispo García de Loyasa.
De la torre llaman la atención el campanario, el chapitel de pizarra y la escalera helicoidal. La portada principal es de estilo isabelino y la encuadran armoniosamente una pareja de pilastras gótico-floridas y un alfiz, bajo el que se fija la simbología cisneriana propia del lugar recuérdese el cordón franciscano, pues ahí es donde se encuentra el famoso medallón-emblema del Arzobispado, representando la entrega de la casulla a San Ildefonso de manos de la Virgen. A ello cabe añadir las estelas romanas que contiene este flanco del edificio, que nos recuerdan eso sí, en piedra viva el pasado complutense.
Siguiendo una clave básica, el interior del templo es de cruz latina y en él hallamos tres naves. La central queda cubierta mediante bóvedas de terceletes con florones en las claves, y en su centro se hallaría el coro, devastado durante la Guerra Civil. En el caso de las navelas laterales, las bóvedas son de crucería. Cierran el Altar Mayor tres imponentes rejas elaboradas en estilo gótico-mudéjar por Juan Francés, hacia 1509. La talla gótica de la Virgen de la Sabiduría o de Cisneros preside este altar, cuya mesa fue obsequiada por el pontífice Sixto V al monarca Felipe II, tras la canonización de San Diego de Alcalá. Bajo el presbiterio, se encuentra la Cripta de los Santos Niños, cubierta con una bóveda elíptica. Aparte de la piedra del martirio y de diversos relicarios, se custodian las reliquias de Justo y Pastor, que reposan dentro de una urna de plata hecha en 1702 por los hermanos Zureno.
A partir de la nave de la Epístola se abren diversas capillas, donde cabe encontrar elementos artísticos de verdadero interés, que además nos hacen comprender la densa naturaleza del conjunto catedralicio. Así, el visitante puede acceder a la Capilla de la Virgen del Val, dedicada a la Patrona de la ciudad, donde sobresalen el arco de yeserías y la reja, realizados en primoroso estilo plateresco. Desde la Capilla mudéjar del Cristo de la Agonía, con su característica techumbre de estuco, se llega al Claustro. Pero no vamos hacia él, pues aún quedan rincones por explorar. Alzada en 1622, la Parroquia de San Pedro fue fundada por don Bernardino de Ávila, abad de la Magistral, y constituye un caso singular, pues se integra en el interior de la Magistral como si fuera una de sus dependencias. En la Capilla de San Diego de Alcalá se halla la urna donde reposan las reliquias de este santo, y que fue elaborada por el platero toledano Rafael González en 1658. En el caso de la Capilla de Santa María la Rica, nos llama la atención una reja de 1752. Y esta continuidad de espacios descrita sin la minucia deseable despierta un genuino hechizo, a un tiempo espiritual y sensorial.
Bien advertimos en este lugar tan majestuoso aquello que señaló Proust durante su visita a Nuestra Señora de Amiens:
«El día era espléndido y había llegado a la hora en que el sol realiza en esa época su diaria visita a la Virgen antes dorada y que sólo dora ahora, durante los instantes en que le restituye, los días en que brilla, un resplandor distinto, fugitivo y más dulce. No hay por otra parte un santo al que no visite el sol, prestando a los hombros de éste un manto de calor, una aureola de luz a la frente de aquél. Nunca concluye su jornada sin haber dado la vuelta a la inmensa catedral».
«En memoria de las iglesias asesinadas», El caso Lemoine (Pastiches et mélanges), traducción de Marcelo Menasché, Buenos Aires, Santiago Rueda, 1946, p. 110.