Junto a la Iglesia Catedral Magistral, se alza discretamente la Ermita de Santa Lucía, donde se reunió hasta 1515 el Concejo abierto, antecedente de lo que luego fue el Ayuntamiento y conmemorado por medio de dos escudos. Si bien este detalle es de importancia en lo que concierne a la historia de la sociedad alcalaína, permítasenos penetrar en el costado más legendario de la hagiografía para comentar algún episodio de la vida de la virgen y mártir Lucía. Con ello, ofreceremos un ejemplo de la exaltada religiosidad del pasado, propensa a cierto fantaseo simbólico que sirve aquí de contrapunto a los rigores del humanismo contrarreformista. Y es que la santa siciliana pereció durante la persecución del emperador Galerio, en torno al año 304, víctima de la crueldad del cónsul Pascasio. A juzgar por la rica tradición que rodea a esta figura, los tormentos a que fue sometida fueron recogidos con toda diligencia y pronto se extendieron por la cristiandad. Dice Santiago de la Vorágine:
«El Espíritu Santo fijó al suelo los pies de la doncella de tal modo que cuanto empeño pusieron por removerla del sitio en que se encontraba resultó vano. En vista de ello, ordenó Pascasio que la ataran con cuerdas y que tiraran de ella hasta mil hombres al mismo tiempo; mas tampoco éstos consiguieron desplazarla del lugar que ocupaba. Tras este fracasado intento, los mil hombres fueron sustituidos por mil parejas de bueyes; los animales, aguijoneados, hicieron denodados esfuerzos tirando de la joven, pero ésta permaneció donde estaba. Entonces recurrieron a unos magos, para ver si con sus encantamientos eran capaces de movilizarla. Este procedimiento no surtió efecto alguno. (…) Pascasio, desesperado, ordenó que embadurnaran el cuerpo de la doncella con pez y resina, que acumularan montones de leña en su derredor y que prendieran fuego a la enorme hoguera, para que la joven pereciera abrasada. Ardió la leña, consumióse toda ella, pero no se consumió ni ardió Lucía (…) Después de que los ministros se llevaran al cónsul [acusado de saquear la provincia], todavía quedó Lucía viva e inmóvil en el sitio donde tanto la habían atormentado, hasta que acudieron unos sacerdotes que le dieron en comunión el Cuerpo de Cristo y, en cuanto hubo comulgado, entregó su espíritu a Dios».
La leyenda dorada, traducción del latín de Fray José Manuel Macías, tomo I, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 45-46.
Probablemente algún estudioso de estos contenidos pueda contradecir el detalle relacionado con la advocación de la ermita pedimos disculpas si en ello hay descuido o desacierto, e incluso pueda explicar con mejor criterio las metáforas del asunto.
No obstante, es también posible que el aficionado a las curiosidades agradezca este pequeño desvío, pues ahonda en un muy divulgado interés por el acervo literario medieval.
Así, pues, tras la digresión, volvemos a la certeza arquitectónica, menos proclive al estraperlo de leyendas. Aunque la antigua fábrica correspondía en sus trazas al estilo románico-mudéjar, ésta dejó su espacio a una nueva edificación, llevada a cabo durante el siglo xvii de acuerdo con las típicas directrices del barroco complutense. De la ermita, construida con humilde ladrillo, daremos noticia de su sobriedad. A modo de remate de la portada, una hornacina con frontón triangular alberga la figura de Santa Lucía, cuya mirada parece perderse en el infinito. La iglesia, de una sola nave, sigue en su disposición y ornamento las mismas premisas de simplicidad y mesura.