Alejándonos de la sobriedad que impone la crítica histórica, hemos de señalar que el Beaterio de Clarisas de San Diego, fundado en 1515, ganó fama por la elaboración de almendras garrapiñadas, esto es, almendras cubiertas de ese almíbar grumoso que les presta firmeza y dulzura. Al margen de esta delicia gastronómica, tan famosa en la villa, sabemos que Catalina García Fernández dispuso lo necesario para que, hacia 1670, se construyese el Colegio de Doncellas Pobres de Santa Clara sobre la casa de su tía María Fernández. Como esta mujer fue una figura destacada en lo que se refiere a la impresión, se explica mejor que los antiguos talleres fueran transformados en dependencias conventuales.
De todos modos, no está de más recordar que Alcalá tuvo en las imprentas una de sus felicidades más divulgadas. Citando a Marcel Bataillon, es inevitable recordar aquí la Biblia Políglota: «gloria de Alcalá en los anales del humanismo, es una de las obras más imponentes que llevó a cabo en esta época la ciencia de los filólogos auxiliada por el arte del impresor. Es, fuera de toda duda, el coronamiento de un esfuerzo colectivo de gran aliento que Cisneros estimuló y dirigió desde sus orígenes. Pero ¿quiere esto decir que ya en 1502, fecha señalada para estos orígenes por un familiar del Arzobispo [Juan de Vallejo], hubiera trazado Cisneros el plan definitivo y reunido a los obreros del voluminoso trabajo que el impresor Brocar llevaría a término quince años más tarde? No nacen con esa majestad académica las grandes obras. Concepción y ejecución, aquí como siempre, debieron progresar a la par, y no sin sorpresas» (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo xvi, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 22). A una escala nada desdeñable, algo de todo ello había en el taller de la imprenta universitaria de María Fernández.
Tras todos esos avatares, este convento de franciscanas pasó a figurar en esa plazoleta que se abre entre la calle San Diego y la calle Beatas. Sobre su fachada, la imagen de San Diego de Alcalá canonizado por Sixto V en 1568 en la hornacina y el escudo de Cisneros nos recuerdan la personalidad del lugar. Ampliamente reformado, el edificio luce hoy esa fachada revocada que lo hace tan característico.