Como sucede en otros rincones alcalaínos donde aún pervive su huella, Santa Teresa de Jesús se hace presente en el Convento de la Imagen, donde se conserva su celda. Al margen de matices arquitectónicos a los que más adelante nos referiremos, este espacio es un lugar muy adecuado para reflexionar sobre misticismo, poesía devota y heterodoxia religiosa. «Piénsese en Santa Teresa nos dice Marcel Bataillon, iniciada en la vida de oración por el Tercer abecedario y entregada a sí misma, sin maestro, sin consejero espiritual, durante cerca de veinte años… Pero la cuestión candente entre todas, sobre la cual la experiencia de Santa Teresa podría confirmar las palabras del dominico [Juan de la Cruz], es la de la unión con Dios sin medio alguno: no se nombra a Osuna ni a Laredo, pero Fr. Juan de la Cruz alude a algunos tratados que aconsejan incansablemente tender con todo el ser a la contemplación de la majestad divina pura, en sí mesma, con entendimiento desnudo y desocupado de todas imágines, memorias, cuidados, distraciones de cualesquier cosas criadas. La cuestión se debate prolijamente. Y, por cierto, los discípulos españoles de Erasmo no son místicos de esa escuela que denuncia Fr. Juan de la Cruz. (…) El erasmismo, de hecho, sin duda bajo la influencia del luteranismo, tuvo más bien una evolución en el sentido de una revigorización de la fe en los misterios propiamente cristianos» (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo xvi, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 606). ¿Cabe hablar de todo ello al referirnos a una edificación como ésta? Creemos que sí. En todo caso, ese cruce de influencias filosófico-espirituales fue muy propio de Alcalá y, a no dudarlo, afectó a quienes ocuparon estos muros.
Fundado en 1563 por la beata granadina Sor María de Jesús, dispuso ésta en su cometido con el auxilio de la Santa de Ávila, priora desde 1576. El patrocinio y la cesión de las casas sobre las cuales se realizaron las obras se debieron a doña Leonor de Mascareñas, aya del rey Felipe II. Ubicado primero en la Plaza Victoria, fue trasladado en 1575 al antiguo palacio plateresco del marqués de Lanzarote. La portada, obra de Covarrubias, está adornada con su habitual profusión imaginística. En el interior, la escalera es uno de los detalles más nombrados.