El paseo por la calle Santa Úrsula permite al viajero congraciarse con el pasado, sobre todo cuando se halla frente al Convento de las Agustinas de Nuestra Señora de la Consolación o de la Magdalena. Cosa singular es que, al mencionar sus orígenes, los detalles más sicalípticos tienden a ponerse de manifiesto. Todo lector que haya frecuentado a los clásicos de la picaresca habrá encontrado detalles relacionados con busconas y meretrices. Sin duda, el trasfondo social de aquel negocio debió de resaltar con detalles de sordidez.
Una clientela estudiantil muy dada a este tipo de desahogos es la clave que viene a explicar la pujanza de la prostitución en el siglo xvi. Conmovido por esa circunstancia, el hermano Francisco del Niño Jesús fundó este convento en 1580. Tan caritativa labor se llevó a cabo en lo que fue Casa de Acogida, puesta en marcha con el apoyo del cardenal Gaspar Quiroga.
Téngase en cuenta que el papa Clemente VII (1478-1534) ya había dispuesto una ordenanza relacionada con el oficio más viejo del mundo. El pontífice florentino pertenecía a la familia de los Médicis y era sobrino de Lorenzo el Magnífico. Su gloria se debe, en parte, al hecho de que protegió a artistas como Miguel Ángel, Cellini y Rafael. En un terreno menos sutil, conviene aclarar que, mediante la reglamentación que mencionábamos, obligó a las prostitutas a dar a la Iglesia la mitad de cuanto ganaban. La literatura abunda en detalles pícaros relacionados con ese vínculo. Por otro lado, a nadie ha de escapársele que el siglo xvi fue el del mal gálico o de Nápoles, tan relacionado con esta variedad de escarceos carnales.
Tras cumplir por un tiempo con esa delicada misión, la Casa de Acogida cambió su emplazamiento y pasó a ser convento de la Orden de las Agustinas. Fue don Andrés de Villarán quien impulsó ese cambio tan brusco hacia 1668. La iglesia (1672) corresponde a un diseño del agustino Fray Lorenzo de San Nicolás, quien reiteró detalles característicos del templo madrileño de la Encarnación. Entre los elementos más destacables figuraba la cúpula, cuya distinguida linterna cumplía los criterios de elegancia y finura. También el pórtico de alzado dórico, situado bajo el coro, imitaba en su disposición general el de la iglesia citada. Por desgracia, la guerra civil arruinó las bellezas originales del conjunto, en parte recuperadas mediante un paciente trabajo restaurador.