Sin lugar a dudas, el Colegio Menor de San Patricio, conocido entre los alcalaínos como «de los Irlandeses», señala una huella de cosmopolitismo en la vida complutense. La fama internacional de la Universidad, sumada al ciclo histórico protagonizado por el Reino de España durante su periodo de mayor pujanza, explican el atrayente esplendor de Alcalá, a la que llegaron estudiantes desde los más apartados rincones.
Nuestra historia comienza en 1630, fecha en que se procuró poner en funcionamiento un nuevo colegio. Su incierta financiación dificultó este proyecto, que sólo resultó viable cuando un barón portugués, don Jorge de Paz Silveira, legó parte de sus bienes para que fuese posible edificarlo. Bajo el criterio del arquitecto Antonio Jordán, las obras se finalizaron satisfactoriamente. Fundado en 1645 por la baronesa Beatriz de Silveira, el centro que nos ocupa recibió, por fin, a estudiantes de Teología procedentes de Irlanda y de Flandes.
Sin embargo, no acabaron ahí los avatares de este edificio. De nuevo las contrariedades económicas enturbiaron su porvenir. En 1785 el colegio figuraba entre las propiedades del Conde de Revillagigedo. Diez años después, se procedía a la demolición de la capilla. Afortunadamente, éstas y otras penurias posteriores fueron mitigadas gracias a la restauración. Esta última, posibilitada por la Fundación Colegio de los Irlandeses, devolvió al conjunto buena parte de su esplendor original. Ya en lo administrativo, conviene aclarar que en dicha entidad, formada en 1988, colaboran estrechamente la Universidad de Alcalá y la Embajada de Irlanda en España. A ello cabe añadir que en 1996 se firmó un acuerdo entre la Universidad, el embajador irlandés y el grupo Jefferson Smurfit, en virtud del cual el Colegio Menor de San Patricio pasó a emplearse como centro académico de intercambio estudiantil.
El papel preponderante que en su aspecto desempeña la fachada lo explican sus siete balcones, que con su frontón triangular dan un aspecto característico a la edificación. Por debajo, en los laterales de la fachada, seis ventanas enrejadas, con frontón curvo, invitan a imaginar la misión académica que tras ellas fue desarrollándose.