Una de las pequeñas sorpresas que le dispensa la ciudad a quien deambula por las cercanías del Colegio convento de Capuchinos, el Teatro-salón Cervantes y el convento de San Juan de la Penitencia, es que, medianero con este último y no lejos de las otras edificaciones, descubrirá el Colegio de San Martín y Santa Emerenciana o de Aragón, muy representativo de lo que fueron los protocolos académicos en el siglo xvii. Obviamente, lo afirmado requiere mayor claridad, así que comenzaremos por puntualizar que fundó este colegio el arzobispo de Zaragoza, don Martín Terrer de Valenzuela, en 1611. La patria chica del prelado era la misma que la de los estudiantes, todos ellos aragoneses, ocupados en el aprendizaje de los misterios y reglas de la Teología.
Si bien el derribo del cuerpo superior de sus dos torres laterales modificó sobremanera su aspecto, aún podemos hacernos una idea de su presencia original contemplando los dos patios que han llegado hasta nuestra época. En el patio principal se alzan unas columnas de piedra características. En contraste, el otro patio corresponde a las reglas propias de la arquitectura mudéjar. No obstante, conviene aclarar que nada o casi nada queda del brillo de otro tiempo.
Como antes indicamos, el centro fundando por don Martín Terrer es indicativo de lo que fueron los usos y funcionamiento colegiales en la época del esplendor complutense. Veamos por qué: si en este caso los destinatarios del proyecto eran estudiantes aragoneses de Teología, resulta muy posible establecer evidentes comparaciones con el Colegio Menor de San Ciriaco y Santa Paula o de Málaga, fundado en 1610 por el obispo de Guadix, don Juan Alonso de Moscoso, ex colegial de la Madre de Dios y catedrático de San Ildefonso, que en este caso decidió que en él se alojaran estudiantes malagueños de Teología y Cánones. Así, pues, entenderá el visitante cómo los estudiantes llegados de todos los rincones del Reino iban accediendo a colegios menores diseñados con un criterio específico, que en este caso tenía mucho que ver con la atribución y obediencia de los fundadores.