El recorrido por calles como las de Mínimos, Diego de Torres y Santiago comprende algunas estupendas edificaciones que, a buen seguro, han de interesar al curioso. Para alegrar a los buscadores de anécdotas, ya anticipamos que este paseo se presta a una interpretación terapéutica, si bien ésta no se deriva del saludable caminar, sino de otro tipo de sutilezas que, como ahora veremos, se incorporan a la singular personalidad de la zona. Pero vayamos por partes, pues el asunto, aunque breve, precisa un recuento ordenado.
Situémonos frente al Colegio de San Jerónimo o de Lugo, cuya fundación, fechada en 1569, se debe al obispo don Fernando de Velosillo. En ese punto hallaremos el núcleo de esta visita: la Casa de los López de la Flor, una edificación obsequiada con todos esos detalles que caracterizan a las viviendas de la aristocracia local, y luego reconvertida, por decisión administrativa, en Centro Municipal de Salud. Dos elementos destacan sobremanera en el edificio: su portada, hermosamente blasonada en piedra, y un claustro diseñado con gusto clásico, a modo de pórtico de columnas. Un vistazo a los capiteles descubre además ese tipo de escudos que sirven de distintivo heráldico, y que tan gratos resultan a historiadores y cronistas. Asimismo, a la vera de este inmueble, se eleva el antiguo pupilaje de Ávila, del que se apreció mucho su patio interior, parcelado a base de firmes columnas de piedra. Y, sin más, ya nos podemos apercibir de otra portada, correspondiente a lo que fue casa de Francisco Valles (1524-1592). Una portada que justificando nuestra advertencia inicial es distintiva de otro establecimiento sanitario, pero que aquí nos sirve para rememorar la figura del sabio Valles, cuyo nombre realza otra oportuna lápida.
Difícilmente podemos imaginar un humanista mejor dotado. Este burgalés, estudiante en Alcalá, licenciado en Artes y Medicina, fue catedrático de esta última disciplina entre 1557 y 1572. Ese año llegó a la Corte de Felipe II, quien lo llamó Protomédico general de todos los Reinos y Señoríos de Castilla, y le encomendó una labor decisiva en la biblioteca de El Escorial. Terapeuta eficaz y pensador de hondos alcances, a Valles debemos aportaciones tan decisivas a la literatura médica como Controversiarum medicarum et philosophicarum libri decem (1556), De locis patientibus (1559), De Sacra Philosophia. Methodus medendi (1558) y un benéfico Tratado de las aguas destiladas.