Es bastante conocida para los alcalaínos la historia de este rincón de la villa, en el cual se dejan oír los ecos de un pasado rico en detalles. Fue a principios del siglo xv cuando, por mandato de Pedro Díaz de Toledo, a la sazón relator u oidor del reino, se edificó la capilla en la cual debían descansar los restos mortales de este personaje y también los de otros miembros de su estirpe. Luego, los cambios se acumulan. Atento a las necesidades eclesiásticas, el arzobispo Carrillo ordenó en 1453 que bajo la arquitectura de la Parroquia de Santa María la Mayor se fundase el Convento de Santa María de Jesús o de San Diego. En ese trasiego, la citada parroquia quedó ubicada en el espacio que albergaba tanto la Ermita de San Juan como la Capilla del Oidor. La fusión originó una nueva estructura de tres naves con ábsides semicirculares.
Pero esa edificación volvió a modificarse, en un sentido que decidió, no sin cierta grandilocuencia, el maestro Gil de Hontañón. Las enmiendas se llevaron a término entre los años 1552 y 1553, pero los planos del arquitecto no se vieron del todo cumplidos en la realidad. Suelen los especialistas llamar la atención sobre la yesería del arco de acceso, y también procuran atender un detalle cuya posición central en el recinto connota otro tipo de brillos. Nos referimos, claro está, a esa pila donde Miguel de Cervantes recibió el sacramento bautismal el 9 de octubre de 1547. Se trata de una reproducción, pero aún cabe distinguir los restos de la original.
La capilla del Cristo de la Luz, la torre y la sacristía figuran entre los añadidos posteriores. Por desgracia, los horrores de la guerra civil también dejaron su rastro entre estas paredes, devorando las llamas el templo y perdiéndose las pinturas de Cano Arévalo. Si bien la Parroquia de Santa María la Mayor se llevó luego junto al Colegio Máximo de los Jesuitas, la restauración desarrollada en 1982 permitió que el espacio acogiese un centro cultural, con su correspondiente sala de exposiciones.
Gracias a esas reformas, en el interior de la Capilla del Oidor aún podemos admirar la decoración en yeso. Incluso cabe hallar tres arcos donde se alojaron en silencio los sepulcros familiares. Como en otros rincones de Alcalá, aquí también se ha reproducido con fidelidad el artesonado mudéjar que antaño adornaba el techo.