Probablemente, no haya otro municipio que contenga en la provincia de Madrid tantos y tan variados estratos de la historia cultural española. A sólo treinta kilómetros de la capital, Alcalá de Henares se despliega sobre la curva del río Henares, que hace de ella una morada que suma la fertilidad a otros regocijos, en su mayoría derivados del pasado y de sus huellas más duraderas. Llamada Complutum por los romanos y Al-kala-en-Nahr por los árabes, nadie duda de que esta villa quedó situada en la extremidad de varios momentos gloriosos.
Residencia de monarcas españoles, gobernada luego por el arzobispo de Toledo, Alcalá de Henares fue el escenario en 1498 de una memorable inauguración. La primera piedra de la Universidad Complutense fue acomodada ese año por el Cardenal Cisneros, responsable de un diseño académico que aún hoy acredita su esplendor en toda una retahíla de colegios que añaden prestigio a cada rincón de la ciudad. Y es que la vida universitaria y sus logros están enteramente ligados a la evolución de Alcalá de Henares, pese a la interrupción de esa línea en 1836, cuando la Universidad Complutense fue trasladada a Madrid.
No obstante, fiel al recuerdo que ha conservado la ciudad de todo ello, se ofrece al viajero un casco antiguo que, muy justamente, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en diciembre de 1998. Dejándole aún más espacio a la imaginación, ese entorno de palacios, iglesias e internados nos devuelve a los siglos xvi y xvii, reflejados en la memoria de las figuras que aquí vivieron. Porque sería inevitable mencionar esa inmortalidad complutense sin la cita de Francisco de Quevedo, Mateo Alemán, Arias Montano, Calderón de la Barca, Juan Ginés de Sepúlveda, San Ignacio de Loyola o Santo Tomás de Villanueva. Protagonistas todos ellos de un periodo cuyas posibilidades culturales han llenado cientos de volúmenes, y que nos hace comprender la importancia que la historia suele asignarle a esta villa. No en vano, se trata de la cuna de Cervantes, convertida hoy en centro de muy nobles distracciones, tanto para quienes en ella viven como para quienes curiosean por sus calles, dispuestos a recibir un testimonio de maravillosa riqueza.