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Alcalá de Henares

Alcalá en la literatura (1 de 3)

Vaya por delante la aclaración de que Alcalá no sólo figura por impreso en las letras hispánicas. Desde hace siglos, los viajeros extranjeros han alabado las virtudes de este enclave humanista, y sin duda, mucho ayudaron a propagar las excelencias alcalaínas. A título de ejemplo, recuérdese a Jerónimo Münzer, admirador a carta cabal de la villa en su Itinerarium sive peregrinatio per Hispaniam, Franciam et Alemaniam, 1494-1495. Otros autores abonan lo dicho. En 1546 el portugués Gaspar Barreiros describió la ciudad en su Chorographia, y en 1585, Enrique Cock hizo lo propio en La relación del viaje hecho por Felipe II a Zaragoza, Barcelona y Valencia. Y eso no es todo. Muchos otros visitantes han asistido al prodigio de este lugar. No obstante, conviene insistir en la floración literaria autóctona, dado que estimula en sí misma la imagen de una población volcada en lo cultural.

Ciudad de invenciones inagotables, Alcalá de Henares da los rumbos de nuestra literatura desde hace siglos, e incluso acoge uno de sus ritos más venturosos cada 23 de abril, cuando en el Paraninfo de la Universidad se entrega del premio Cervantes, aún más resonante por otorgarse en la cuna del más grande novelista español. Porque —y esto es cosa en la cual parece obvio insistir— Alcalá es la patria chica de Cervantes, quien por cierto la menciona en una página de El Quijote. Subrayando las glorias de esta cantera de literatos, cabe añadir que quizá también fuese alcalaíno el Arcipreste de Hita, aunque esto último es cosa que los sabios discuten.

Fuera de toda duda está la presencia de muchos letraheridos en los días del rey Felipe IV. Naturalmente, hablamos de colegiales como Pedro Calderón de la Barca y Agustín Moreto, que le dispensaron a la ciudad complutense sus aptitudes singulares y la memoria de los días que en ella vivieron. A ello conviene añadir los nombres de eruditos, escritores, cronistas y polígrafos como Antonio de Solís y Ribanedeyra, Gabriel Bocángel, Francisco López de Gómara, Jerónimo Zurita, Juan de Mariana, Pedro Sánchez Ciruelo y Juan de Valdés.

Si nos fijamos en un intelectual tan admirable como Gaspar Melchor de Jovellanos, incluso hallaremos un jardín que lleva su nombre y conmemora su inteligencia.

Al hacer balance de los estudiantes ilustres, suele mencionarse a Lope de Vega, quien quizá anduviera por la Universidad mientras servía al obispo de Ávila, Jerónimo Enrique. No hay constancia definitiva de que Lope obtuviese grado alguno en sus aulas, pero el solo indicio de su matriculación merece ser citado. Por retomar el discurso de lo probado, añadiremos a la fabulosa galería el nombre de Francisco de Quevedo. Ya dicen sus biógrafos que el anecdotario alcalaíno del escritor es memorable, y es evidente cómo registró en su obra la incertidumbre de los pícaros estudiantes y esa descripción tan afilada de las posadas de hambre. El quevediano Buscón señala muy diversas experiencias en esta dirección, tan propia de los libros de picardía. Quien además lea la vida del pícaro Guzmán de Alfarache entenderá bien a qué nos referimos, dado que su autor Mateo Alemán, también hizo estudios en Alcalá.

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