Ante nosotros, una estación de tren. Desde ella, según relata el escritor Andrés Trapiello, sale un tren hacia Alcalá de Henares. La estación suele estar vacía y nuestro autor, biógrafo de Cervantes, sube al vagón que habrá de conducirlo hasta la villa complutense. El placer que le depara esta visita a la vieja Compluto guarda íntima relación con el hecho de que allí naciera don Miguel. Aclara Trapiello:
«Este dato tan sencillo, que Alcalá de Henares sea la patria chica de Cervantes, ha costado siglos dilucidarlo. Ha habido disputas, los eruditos se han tirado cuchilladas en los callejones de sus boletines, algunos acopiaron falsas pruebas, otros exhumaron archivos, muchos se perdieron en el Dorado. (…) Sabemos, pues, que Cervantes nació en Alcalá, pero, extremando las cosas, lo único de veras trascendente es que Cervantes naciera y, para nosotros, que lo hiciera en España, y no tanto en una patria, como en la lengua llamada España. Con eso nos habría bastado».
Las vidas de Miguel de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1993, pp. 17-20.
Desahogando esta pasión por el autor del Quijote, comprueba el ensayista cómo, hasta hace cuarenta o cincuenta años, los paisajes que se veían desde el tren podían pasar por cervantinos. Otro magnífico escritor, Juan Perucho, toma la palabra a Trapiello y recorta con cuidado este horizonte:
«Un paisaje aterido, enharinado por una luz difusa, con vastos y sórdidos caserones y corralizos a la salida de los pueblos, con sus reatas de mulas y sus carros. He aquí un paisaje que todavía conseguí ver a lo largo y ancho de España, pues hasta hace cuarenta años, ésta era todavía cervantina y sus paisajes eran los que recorrieran don Quijote y Sancho y recorrieron todavía Azorín, Solana o Unamuno. (…) Pero ahora, naturalmente, no lo es, y los corrales se han convertido en fábricas y desangeladas naves industriales. La entrada a Alcalá es desoladora, como en todas las ciudades, anunciada con bloques de viviendas ofreciéndonos bombonas de butano en las ventanas».
La puerta cerrada, Madrid, Huerga & Fierro, 1995, p. 269.
Y sin embargo, a pesar de que el presente continúe hablando el lenguaje de la prisa y el cemento, basta con llegar al núcleo histórico de la ciudad para reconocer la sobriedad del barroco, la exuberancia renacentista y, apurando el calendario, el semblante de las ruinas romanas. La puerta del ayer se abre de improviso, en cada rincón, y el transeúnte, cortésmente interesado, empieza a oír el murmullo de la historia.
En una breve exploración bibliográfica, subrayamos los grandes titulares de esa cronología complutense. La concisión resulta explicable, sobre todo si tomamos en cuenta que nuestro relato ha de iniciar su andadura en la remota Edad del Hierro. Nada es seguro desde el punto de vista documental, pero resulta posible imaginar la población de carpetanos que se instaló en el cerro de San Juan del Viso.
La romanización de la Carpetania, fechada en torno al año 195 a.C., debió de iniciarse en dicha ciudadela, que muy pronto cedió paso a otra de nueva planta, cuyos fundadores nombraron Complutum. Bajo la administración romana, se complicó bastante esa actitud burocrática que consiste en delimitar competencias. Así, los complutenses figuraron primero en las fronteras de la Hispania Citerior. Luego, bajo el mandato de Augusto, Complutum pasó a integrarse en la provincia Tarraconense. Finalmente, los delegados de Diocleciano aplicaron a la ciudad el Convento Jurídico de Caesararaugusta. En todo caso, el vestigio latino permanece en placas de bronce, tabletas de barro, mosaicos y estelas. Rastros de una prosperidad que puede advertir el visitante en espacios tan sugerentes como la Casa de Hippolytus.
En su Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, Luis Sánchez, 1611), Sebastián de Covarrubias nos habla de Alcalá de Henares, «dicha así por el río que pasa cerca de ella: por otro nombre se dijo Complutum: y viene bien con lo que dice Esteban de Garibay, que Alcalá en arábigo vale congregación de aguas». Añade Covarrubias que «alegóricamente se podría entender por el concurso de tantas gentes que acude a ella», y explica que «por ventura debieron de ser muchos pueblos comarcanos que acudían a este como al principal: porque Plinio hace mención a los pueblos Complutenses, y Abraham Ortelio refiere lo que se sigue: Coplutum, Ptolomeo & Prudentio, Carpetanorum urbe est, in Hispania Tarraconensi, Alcala de Henares, esse ex vetustis marmorum eius loci inscriptionibus docer Carolus Clusius insignis hic omnium disciplinarum academia est, &c.». Sin duda, es oportuna la referencia al flamenco Abraham Ortelio (1527-1598), por su prestigio como geógrafo oficial de Felipe II y autor de uno de los primeros atlas de los que tenemos noticia, el llamado Theatrum orbis terrarum; Theatri orbis terrarum parergon, sive veteris geographiae tabulae; Synonimya geographica.