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Alcalá de Henares

Entorno natural (1 de 4)

La naturaleza alcalaína nos ofrece una visión mansa y tupida de la fauna y flora mediterráneas. Desde el alba hasta medianoche, el excursionista aficionado a este tipo de placeres puede disfrutar de parajes llenos de vida, que distan muy poco de la capital complutense y de su entorno industrial. Polarizando esa sensibilidad, el contorno de la villa y sus parques solicitan del viandante que atienda sus reclamos, libres por esta vez de las sugestiones de los libros y también ajenos al espíritu de la historia. En este tramo, el relieve terrestre se sobrepone a los monumentos y las aguas del Henares despliegan un manto de pormenores fugaces, donde se espesa la vegetación e importa menos la agitación humana.

En la tierra alcalaína se practica una agricultura muy similar a la que, a primera vista, aún define las estaciones en Torres de la Alameda, Mejorada del Campo, Ajalvir, Camarma de Esteruelas, Cobeña y otras poblaciones del entorno. La condición cerealera de su siembra se advierte cuando los campos comienzan a amarillear, si bien no extrañan por acá cultivos de otro orden —hortalizas, sobre todo—, favorecidos por el regadío inteligente. No obstante, unir en estas líneas el centeno, la cebada y el trigo significa resaltar una tradición castellana —la del grano en los surcos— que antes perteneció a la reja del arado y que hoy es perpetuada por los modernos artilugios de cosecha. Todo ello sin olvidar un complemento inseparable de este paisaje madrileño: la ganadería ovina, sobre la que aún pesan el oficio de la lana y un impulso trashumante que en otro tiempo dio sentido a las cañadas.

En consonancia con la belleza del Valle del Henares, cabría diseñar una ruta que cruzase el puente de Zulema, rastreando las ruinas de Alcalá la Vieja para luego buscar un ensanche en el cerro del Ecce-Homo, en la zona donde se yergue el Gurugú o en las laderas terrosas del barranco de la Zarza.

De ese modo, entre pinos carrascos y matas de esparto, hallamos una vista que cuadra bien a la personalidad de la región. Acaso turbando la serenidad del paseo, encontraremos fauna menor, de la que apasiona a los entomólogos. No se olvide que en 1856, Luis Mendes de Torres editó en Alcalá su conocido tratado, El cultivo y cura de las colmenas y las ordenanzas de los colmenares.

Haciendo su morada en la cuenca del Henares, la población animal es generosa, en consonancia con el mayor verdor que incitan las aguas.

El río Henares es afluente del Jarama, nace en Sierra Ministra, en la rama castellana del Sistema Ibérico, entre Soria y Guadalajara, y dirige su curso hacia el suroeste, internándose en pos de lindes bien conocidas por los alcalaínos. No en vano, la ciudad protege —en lo administrativo y en lo sentimental— el Soto del Henares, un área que comprende tanto el río como los barrancos adyacentes. El ecosistema, animado por la presencia de álamos, sauces y chopos, merece la atención de todo aquel que pase por Alcalá.

Desde el humedal llega hasta la llanura cultivada un perímetro faunístico repleto de sorpresas, sobre todo si se tiene en cuenta la proximidad de núcleos industriales muy poblados. De ordinario, los cazadores tradicionales, que llevan sobre las espaldas bastantes horas de monte, conocen los refugios de perdices y codornices. Esto no es óbice para que ambas especies, la perdiz común o roja (Alectoris rufa), con su gorguera blanca ribeteada de negro, y la pardoamarillenta y muy menuda codorniz (Coturnix coturnix), sean irrespetuosas con los cotos señalizados y prefieran lucir su plumaje ante cualquier viajero, sobre todo si éste carece de lebrel y escopeta.

Antaño muy perseguida y hoy librada de la extinción por leyes muy severas, la avutarda (Otis tarda) luce ocasionalmente su porte majestuoso. El enorme tamaño de los machos —hasta un metro de altura—, convierte a este ave en un robusto vigía de los páramos y trigales, camuflado gracias a su color ocráceo y a un saludable recelo de los hombres. De mucho menor calibre, pajarillos como la cogujada común (Galerida cristata) y el zorzal común (Turdus philomelos), emplean el mismo colorido para ocultarse.

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