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Alcalá de Henares

La Biblia políglota complutense (1 de 2)

Según consta en las crónicas, la Imprenta de Alcalá de Henares comenzó su labor tipográfica y divulgativa con la publicación en 1492 de la Gramática Latina, de Nebrija. A ello hay que añadir otra edición famosa: la de la Vita Christi Cartoxano Romançado, en traducción de Fray Ambrosio de Montesinos e impresa por Estanislao Polono en 1502. Engarce del trabajo universitario con la difusión cultural, la imprenta fue un fecundo ingenio que propagó el nombre de la villa y multiplicó las oportunidades de sabiduría de todos aquellos catedráticos y escolares que frecuentaban la calle de los Libreros. Poniendo orden en este proceso, Cayetano Enríquez de Salamanca explica que las actividades de la prensa universitaria fueron iniciadas por Arnaldo Guillén de Brocar y por su hijo Juan a comienzos del siglo xvi. Los sucedió Méndez de Robles, cuya imprenta ya no fue exclusiva, pues «algunos Colegios Menores tuvieron también la suya propia y hubo otras muchas entre los siglos xvi y xviii, que dieron celebridad a Alcalá, publicando obras para uso de la Universidad, generalmente en latín». (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración Pública [Antigua Universidad de Alcalá de Henares], 1973, pp. 133). Tomamos de la misma fuente otros datos de importancia: Cisneros ordenó en 1510 que se trasladara desde Logroño hasta Alcalá el citado impresor alemán, Guillén de Brocar. Éste se encargó de labrar los primeros caracteres que hubo de hebreo, caldeo y griego en el mundo.

Las fuentes difieren en la ubicación de dicha imprenta. No obstante, tanto si estaba en el Convento de Clarisas de San Diego como si se hallaba en la calle de Libreros, lo cierto es que el artilugio de Guillén de Brocar ha pasado a los anales de la tipografía gracias a una obra, la Biblia complutense, que simboliza la dialéctica erudita favorecida por Cisneros en esta villa. Compuesta por seis tomos en folio, la obra pasó por un largo y meticuloso trayecto editorial. Y si bien la impresión se llevó a término entre 1515 y 1517, la totalidad de los volúmenes no estuvo disponible hasta 1522.

Ante la magnitud y carácter de la empresa, Marcelino Menéndez Pelayo propone para resumir las implicaciones filosóficas de la Biblia políglota que sus creadores fueron artífices del Renacimiento, y no tomistas. Para rematar este examen del proyecto, es oportuno repasar nuevas páginas del erudito cántabro, pues en ellas podemos hallar otros detalles de importancia. Por ejemplo, la Bibliografía hispano-latina clásica proclama elogios difícilmente superables. «La grande obra de aquellos egregios varones —leemos— fue la Políglota complutense, monumento de eterna gloria para España, sean cuales fueren sus defectos, enteramente inevitables entonces, obra que hace época y señala un progreso en la lectura del texto bíblico, y que era en su línea el mayor esfuerzo que desde las Hexapias de Orígenes se había intentado en el mundo cristiano».

Completando el perfil, el estudioso santanderino reúne en su Historia de los heterodoxos españoles varias pistas bibliográficas: «La Políglota —escribe— se hizo incluyendo, además del texto hebreo, el griego de los Setenta, el Targum caldaico de Onkelos, uno y otro con traducciones latinas interlineales, y la Vulgata. Llena los cuatro primeros tomos el Antiguo Testamento; el quinto, el Nuevo (texto griego y latino de la Vulgata), y el sexto es de gramáticas y vocabularios (hebreo, caldeo y griego)».

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