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Alcalá de Henares

Arquitectura (1 de 5)

Arquitectura religiosa

En 1209, el arzobispo don Ximénez de Rada dio la orden para que comenzasen las tareas de construcción del Palacio Arzobispal. Sus trazas de fortaleza mudéjar se perdieron con las llamas de un incendio, y don Pedro Tenorio pensó activar la empresa reconstructora con el fin de fortificarlo. Los aportes de don Juan Martínez de Contreras en el ala oriental tienen el sello gótico-mudéjar. Distinto es el caso del ala occidental, diseñada por Alonso de Covarrubias por orden de don Alonso de Fonseca, quien fue sucedido por otro promotor de las obras, el Cardenal Tavera. A Covarrubias se deben los patios y la escalera de honor. Sin duda, los sucesivos autores de este conjunto podían alardear de un alto sentido de la belleza. Lamentablemente, no es mucho lo que nos ha llegado tras el incendio de 1939, que destruyó elementos que ninguna restauración, por muy cuidadosa que ésta sea, podrá recuperar del todo.

Como ejemplo eficiente de la arquitectura religiosa en Alcalá, el Palacio Arzobispal muestra cómo fueron superponiéndose los estilos, a veces forzados por la ruina o el desastre. No en vano, la Civitas Dei, afín al ideario de la Contrarreforma, se caracterizó por conjuntos monumentales como éste, rodeados por conventos y claustros, iglesias, capillas y ermitas —mezquitas y sinagogas aparte—. Semejante profusión es lo que llevó a muchos a llamarla Roma chica, y no es de extrañar, pues la lista de edificios religiosos, comenzando por la Magistral, obedece a un plan que convierte a Alcalá en un vigoroso centro católico. De hecho, si pudiéramos retroceder hacia el pasado, podríamos visitar numerosas ermitas que han sido tratadas desigualmente por los siglos. Los ejemplos menudean: cuéntense las ermitas de la Moraleja, de la Vera Cruz, de la Virgen del Val, de San Isidro, de San Jerónimo, de San Juan de los Caballeros, de San Lázaro, de San Sebastián, de Santa Lucía, del Ecce Homo y del Santo Sepulcro, entre otras.

De igual modo, la Universidad emprendió su vida muy próxima a las órdenes religiosas, y no escasean los colegios-convento, cuya función alternaba el cuidado de la fe y el de los saberes. Citemos, en apretada sucesión, el Colegio-convento de Capuchinos, el de Carmelitas Descalzos de San Cirilo, el de Dominicos de la Madre de Dios, el de la Merced Descalza, el de la Trinidad Descalza, el de Mínimos de Santa Ana, el de San Basilio Magno, el de Santo Tomás de los Ángeles y el del Carmen Calzado.

Empresas tan caudalosas como ésta que alterna estudio y recogimiento nos hablan de una cuidadosa distribución de las órdenes en la villa. En esta línea, tampoco faltan los conjuntos monumentales, en su mayoría privados del sobrio esplendor que antaño los caracterizó. Con todo, aún podemos ilustrar esta tendencia con la cita del Convento de Agustinas Descalzas de Nuestra Señora de la Consolación o de la Magdalena (también llamado Convento de Agustinas o de Santa María Magdalena), el Convento de Carmelitas de Afuera o del Corpus Christi, el Convento de Carmelitas Descalzas de la Concepción o de la Imagen, el Convento de Dominicas de Santa Catalina de Siena, el Monasterio de las Franciscanas de Santa Clara, el Monasterio de San Bernardo, el Convento de Franciscanas de la Purísima Concepción y Santa Úrsula o de las Úrsulas, el Convento de las Clarisas de San Diego y el Convento de San Juan de la Penitencia.

Las iglesias y capillas también tienen una significación especial en la arquitectura de ciudad. Conjuntos como el de la Iglesia de la Compañía, hoy parroquia de Santa María la Mayor, y el de la Iglesia Magistral de los Santos Justo y Pastor ejemplifican rasgos de adecuación a un estilo que ya mencionamos al comentar la arquitectura civil. Una vez más, hemos de referirnos a esa interpolación de elementos que se van sumando al sistema constructivo gótico. Y en ello cabe un apunte simbólico, relacionado con el gusto de Cisneros; un gusto cultivado artísticamente cuando él fue capellán en la Catedral de Sigüenza y vicario del obispo don Pedro González de Mendoza, y aún más refinado cuando el Cardenal se vinculó a la Corte. En palabras de Víctor Nieto, «para Cisneros el gótico era un lenguaje legitimado por los programas de la monarquía, y de la Iglesia, símbolo del poder, y un lenguaje que (…) encarnaba la idea de modernidad. La connotación «tradicional» que se aplica al gótico, carecía de sentido, a una escala universal, en los primeros años del siglo xvi» («Renovación e indefinición estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, p. 75). Así, pues, atendiendo a este protocolo, cabe relacionar una parte de esa monumentalidad con ese estilo morisco renaciente, identificado por un tiempo con el nombre del Fundador.

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