La ciudad amanece como un espacio nuevo, extraño, emblema de modernidad, de sordidez y ternura a la vez, de soledad e incipiente masificación, que arroja toda una estética de ensoñación radicada en la cotidianidad flagrante y casi mágica de las ciudades de Barcelona y Madrid de los años cincuenta. La textura de un cine en blanco y negro nos acerca a un pasado con una hermosa luz. En la década de los años cincuenta del siglo xx se inicia un nuevo género cinematográfico para el cine español. Tomando como referencia el cine negro norteamericano, con producciones de poco presupuesto, se realizan varias películas con un trasfondo común; ciudades llenas de resquicios y grietas, donde viven seres que asumen la ciudad como lugar de acción, donde policías y ladrones, hombres y mujeres, descubren ese espacio impasible, testigo de una visión exógena pero aún verosímil de las preocupaciones citadinas, de la vida moderna, al fin.
El cine policiaco, por tanto, permite conocer el imaginario fotográfico de Barcelona y Madrid desde una lógica esquemática de narración negra con aspiraciones de realidad, de un mundo de maniqueísmos extraños, donde la vida parece cine y el cine nos acerca a un pasado vivido.