México vive, en su primera mitad del siglo xx, una revolución de imágenes. Acompañando los efectos de un movimiento revolucionario que terminó en guerra civil y que configuró un Estado nuevo, la sociedad mexicana se abrió paso a un nuevo siglo, en el que el debate sobre la identidad nacional y la necesidad de ubicarse en una cartografía mundial complicada (siempre «tan lejos de Dios y tan cerca de los gringos») han dado como resultado una producción cultural impresionante, rotunda, rica y compleja. Sin duda, son los primeros años de paz, hasta mediada la década de los cincuenta, donde mejor se percibe el programa estatal pensado para asentar las bases de una nación necesitada de instrucción. Pero no se puede olvidar que, en la atención a su creatividad incesante, el Estado podrá constituir una serie de mimbres que mantendrá viva una tradición popular riquísima, visual, literaria, musical, entrelazada con un cosmopolitismo que quiere ser modernizador pero que se desarrolla prendado de un espíritu tan antiguo como los tacos de huitlacoche. Ese aire internacional traerá infinidad de miradas externas, de viajeros y transeúntes que tratarán de acomodarse a ese cruce extraño entre lo nuevo y lo viejo, en un sentido cotidiano del legado de la vanguardia, de hacer próxima y humana la belleza de un arte cuya estética había de ser entendida para todos, para cambiar el mundo de manera definitiva.
El cine también vive un momento fundacional. Forma parte de este proceso de impronta nacionalista, asociado y conformado por muchos de esos creadores que buscarán en sus medios materializar un espacio recién conquistado para esas también nuevas imágenes. El mundo del cine es un mundo de fascinación. Sonoro desde 1930, después de los distintos empeños previos de sincronización de las músicas y los diálogos, es en esta década en la que se ensayan las propuestas genéricas más arriesgadas y se configura un imaginario visual que poco se aleja de las imágenes que proceden de otros lugares. Ese lugar abierto de unas imágenes de cruce, entre lo antiguo y lo moderno, tendrá también en el cine un lugar que dará lugar a películas de fuerza y de autoría singular. En este programa se pretende mostrar cómo los distintos elementos que están en boca de todos los que quieren hablar de una cultura mexicana nueva están también presentes en la incipiente industria cinematográfica mexicana.
A partir de mediados de los años cuarenta, y con la irrupción de la Segunda Guerra Mundial y el capital invertido por Hollywood en la industria mexicana, el diálogo de los temas y constantes del cine mexicano con los modelos narrativos norteamericanos dará lugar a una producción más estandarizada pero igual de fascinante. El resultado será una serie de convenciones estilísticas propias de la sociedad mexicana, como son los ciclos de rumberas/cabareteras, las comedias musicales rancheras o las derivaciones del cine popular cómico (con Cantinflas o Tin Tan a la cabeza) que apoyado en el melodrama sirvió —como explicó Monsiváis— de código deontológico para la incipiente población rural de Ciudad de México. Pero también alumbrará un cine dirigido a la clase media, eminentemente citadino y teatral, que se preguntará por los pliegues de la mentalidad política, con un gran auge en la intriga (muchas veces de derivaciones psicológicas) y el enredo, que quiere reflexionar sobre la diferencia sexual.
Dentro de este panorama de producción fílmica y siguiendo los distintos apartados de la exposición, la propuesta de programación no trata de ilustrar estos segmentos de imágenes de manera temática, sino de buscar en las películas del periodo aquellos ejemplos que tratan de evidenciar también la inquietud por reconstruir cinematográficamente el indigenismo, la modernización o la reivindicación política posrevolucionaria y revolucionariamente institucional. Del mismo modo, en las propuestas dejarán ver una intensa preocupación por la puesta en escena y por la creación de una imagen gráfica de las películas, donde la labor de los profesionales de este medio (escenógrafos, fotógrafos y cartelistas) comparte un mundo claro de referencias de vanguardia.
Por tanto, las secciones de México Ilustrado. Imaginario audiovisual mexicano serían: (1) El influjo de la vanguardia; (2) Indígenas y campesinos vistos en sus géneros cinematográficos; (3) El universo político de las clases sociales, y (4) La gran ciudad como espacio de modernización.
La propuesta es comenzar y terminar la muestra con dos películas fundacionales de la cinematografía mexicana hechas, paradójicamente, por dos cineastas foráneos. Sus miradas ajenas supieron entresacar y dar testimonio de la riqueza visual mexicana, respondiendo al inminente sentido de cambio que ambos, al principio de nuestro paréntesis y al final del mismo, supieron metabolizar en sus películas. Se trata de Arcady Boytler, también ruso y heredero de la película fudacional ¡Que viva México!, de Seguéi M. Eisenstein, y Luis Buñuel.
Entremedias se recoge la obra de un buen número de productoras, entre ellas el propio Estado, en el caso de Redes y de ¡Vámonos con Pancho Villa!, que respondieron bien al compromiso de hacer un cine nacional coherente.
Como se ha dicho comúnmente, fue una auténtica «época de oro».





