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Premios Goya. Dirección novel

El orfanato, esperanza para un cine huérfano de éxito

Por Joan Ripollès Iranzo

Video sobre J. A. Bayona

A finales de 2007, El orfanato, la ópera prima de Juan Antonio Bayona (Barcelona, 1975), dejó de ser sólo una película para convertirse en el único salvavidas a flote de un cine español en plena decadencia. Vencido el verano, la cuota de pantalla de la producción nacional era lamentable, apenas se habían recaudado treinta y cuatro millones de euros en todo el año y no se contaba con ningún título entre los veinticinco más vistos de la temporada.

Sin embargo, llegado el mes de noviembre, tras cinco semanas en cartel, El orfanato lideraba la taquilla con más de veinte millones de euros acumulados, y se convertía en la tercera película española más taquillera de la historia. El film de Bayona era todo un fenómeno social que desbancaba a las superproducciones de Hollywood, inspiraba campañas de comunicación corporativa, llenaba suplementos dominicales y parecía infundir confianza a los profesionales de toda la industria. No obstante, unos años atrás, aquel era sólo el proyecto de dos jóvenes entusiastas a los que las productoras cerraban las puertas con suspicacia.

Huellas de largo recorrido

A comienzos de la pasada década, Sergio G. Sánchez (Oviedo, 1973) había escrito una ambigua historia de fantasmas, llamada Huellas, que quería convertir en su primer trabajo tras la cámara. Para conseguirlo, destiló la esencia del guión, reduciéndola al formato de un cortometraje que debía servirle como carta de presentación frente a la industria.

Así escribió y dirigió 7337 (2000), que cuenta la inquietante peripecia de una maestra rural que va a parar, por equivocación, a un pueblo abandonado, cuya escuela parece estar habitada por fantasmas.

Mientras presenta 7337 en la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, Sánchez conoce a Bayona, que está terminando la gira de presentación de su primer cortometraje, Mis vacaciones (1999), y le da a leer Huellas. Desde entonces, el asturiano trabajará en sucesivas versiones de este guión, que el barcelonés se ha empecinado en dirigir y que, pasados seis años, acabará convirtiéndose en la versión definitiva de El orfanato.

Rodando y rodando

Bayona, alumno aventajado de la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC), perfecciona su técnica dirigiendo imaginativos anuncios y videoclips para la productora barcelonesa Rodar y Rodar. En ellos deja constancia de su admiración por el cine de acción y aventuras de los ochenta, aprovecha para experimentar con los géneros clásicos, y consigue productos de factura impecable que dan vigor a propuestas musicales a menudo menospreciadas. Además, afina su pericia narrativa dirigiendo su segundo cortometraje.

Como Mis vacaciones, El hombre esponja (2002) está protagonizado por un niño. Pero, a diferencia de aquella primera pieza, que tomaba como referencia la estética naíf de Xanadú (Xanadu, Robert Greenwald, 1980) e intercalaba una divertida escena de animación, aquí la trama toma un cariz nostálgico que confronta la fantasía de los superhéroes a la realidad en bruto del mundo de los mayores.

Si bien es cierto que Mis vacaciones contiene algunos elementos inquietantes relacionados con el universo rural y se atreve a regalarnos la imagen de un crío tomándose un psicotrópico, El hombre esponja va más lejos, al denunciar cómo el paraíso de la infancia queda arrasado a causa de los conflictos adultos.

La afligida madre de Peter Pan

La melancolía que anida en el seco corazón de El hombre esponja conecta directamente con la aflicción que emana de las paredes de El orfanato, película a la que su guionista gusta definir como la historia de Peter Pan contada desde el punto de vista de la madre.

El libro de Barrie aparece en la película, que narra —entre otras cosas— el sufrimiento de una madre cuyo hijo desaparece misteriosamente, como cualquiera de los Niños Perdidos de Nunca Jamás.

Laura (Belén Rueda) regresa al caserón que albergó el orfanato donde pasó su infancia, que ahora quiere convertir en una residencia para niños con necesidades especiales. Le acompañan su marido, Carlos (Fernando Cayo), y su hijo Simón (Roger Príncep).

El pequeño, que desde hace tiempo dialoga con dos amigos imaginarios, parece encontrase ahora en su elemento y asegura haber conocido a un grupo de nuevos amigos —invisibles para Laura— que habitan la casa y le impulsan a jugar a un extraño juego de pistas en el que implican también a la madre. La irrupción de Benigna (Montserrat Carulla), una estrambótica anciana que se inmiscuye en la vida privada de la familia, parece accionar el dispositivo que convierte el juego en pesadilla.

Simón desaparece sin dejar huella y, a partir de entonces, la vida de sus padres se convierte en una terrible búsqueda que bascula todo el tiempo entre el escepticismo racionalista de Carlos y la febril esperanza de Laura, que no duda en recurrir a un equipo de parapsicólogos para tratar de recuperar a su hijo.

El orfanato es, ante todo, el drama de una madre que busca desesperadamente a su hijo. No es extraño que sus títulos de crédito evoquen los que en su día diseñó Saul Bass para El rapto de Bunny Lake (Bunny Lake is Missing), la magistral pieza de intriga dirigida por Otto Preminger en 1965, que narra la alucinante historia de una madre cuya hija desaparece el primer día de escuela sin dejar el menor rastro, hasta el punto que todos dudan de la existencia de la pequeña.

La razón de los fantasmas

El drama de Laura entra en el territorio del terror por la puerta lateral del thriller psicológico. La dualidad entre razón y emoción, que enfrenta a Carlos con Laura, se repite a todos los niveles de una película cuya trama pendula entre la evidencia detectivesca y oscuros misterios góticos.

Si bien Sergio G. Sánchez escribe un relato rompecabezas que podría explicarse según las más elementales leyes de la lógica, Bayona lo lleva al terreno del terror psicológico, focalizando las escenas desde el punto de vista de esa madre desquiciada que desea, con ardor, volver a ser niña. Un deseo que choca, una y otra vez, con la fría realidad que la rodea.

Esta ambigüedad fue uno de los factores que más sedujeron a Guillermo del Toro y le decidieron a involucrase en el proyecto como productor, dándole el espaldarazo definitivo. El cineasta mexicano había dirigido una película de fantasmas infantiles —El espinazo del diablo (2001)— y una fantasía dramática que hablaba, precisamente, de la imaginación como vía de escape frente a la bárbara realidad impuesta por los adultos —El laberinto del fauno (2006)—, ambas ambientadas en nuestra posguerra y, sin duda, influyentes en la atmósfera que acabó tomando la película.

Un meticuloso juego creativo

El orfanato resulta ser una ópera prima atípica debido a la meticulosidad de sus planteamientos. Como en todos los trabajos primerizos, se vislumbra una exacerbada voluntad de emular a los grandes maestros. El personaje de Benigna, tan inquietante como patético, evoca tanto a los vecinos del Trelkovski de El quimérico inquilino (Le locataire, Roman Polanski, 1976), como a la mujer que se paseaba con un tronco por las calles de Twin Peaks (David Lynch, 1990).

Aparecen homenajes al Spielberg director —el niño empuñando la linterna de E. T. El extraterrestre (1982)— y productor —la irrupción de la médium en Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)—, golpes de efecto y movimientos de cámara que son un tributo declarado a Brian De Palma, y otros tantos elementos que evocan la atmósfera de los clásicos de cine de terror y fantasía de los setenta y los ochenta.

Sin embargo, toda esa variedad de tonos se somete a un afán de perfección técnica y estilística que hace del conjunto una obra dramática coherente, en la que casi todo suma, desde la sofisticada dirección de arte de Josep Rosell hasta la matizada música de Fernando Velázquez, pasando por la elaborada fotografía de Óscar Faura y una esmerada dirección de actores.

El esfuerzo de producción y la apasionada supervisión de Guillermo del Toro propician un acabado inapelable que dota a esta coproducción hispano-mexicana de una factura más propia del cine anglosajón que del español. Apenas un diálogo en segundo plano —en el único exterior urbano de la película— y la frase «la policía mola», pronunciada con acento británico por la carismática médium interpretada por Geraldine Chaplin, evocan nuestras señas de identidad en la película.

Camino de un imposible

La cuidada campaña de difusión que acompañó el lanzamiento de la película la llevó a presentase en los festivales de Cannes, Londres, Toronto, Austin, Helsinki, Nueva York, Sitges y Morelia, en los que cosechó inmejorables críticas antes de su estreno definitivo, el 11 de octubre de 2007.

El gran público se dejó seducir por un aura de calidad y misterio hasta entonces sólo alcanzada por Los otros (The Others, Alejandro Amenábar, 2001), otra historia de fantasmas escrita y dirigida por un español a imagen y semejanza de los clásicos anglosajones.

El orfanato barrió en las taquillas, fue la candidata española en la batalla —frustrada— por el Óscar, vendió sus derechos para una hipotética versión norteamericana y cosechó siete premios Goya en la ceremonia de entrega de 2008, entre ellos los galardones al mejor guión original y a la mejor dirección novel.

La película no había sacado a flote la maltrecha industria del cine español, pero puso su grano de arena. El éxito internacional del film animó a la productora Rodar y Rodar a abrir una delegación en Los Ángeles, y Juan Antonio Bayona pudo afrontar el rodaje de su segunda película, Lo imposible (The Impossible), una coproducción con Estados Unidos, con reparto internacional y guión de Sergio G. Sánchez.

En la era del cine global, España demostró que no sólo podía tener su propio Spielberg nacido en Chile, sino también un Zemeckis criado a orillas de Mediterráneo.
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