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Premios Goya. Dirección novel

Los fantasmas interiores

Por José Ignacio Pernas

Video sobre Pablo Malo

El cine de Pablo Malo: la mirada oblicua

Nacido en 1965 en San Sebastián, Pablo Malo llegó al mundo del cine de manera natural cuando sus aficiones —literatura, fotografía, escritura— convergieron en una disciplina que satisfacía sus gustos y ambiciones. Al igual que la gran mayoría de aspirantes que sueñan con una carrera cinematográfica, debutó en la dirección con dos cortometrajes en vídeo: Tres minutos y Nora. Esa experiencia, que él consideraba una prueba, le ratificó en su decisión. El carácter amateur de sus dos primeros trabajos dio paso, gracias al apoyo económico de su familia, a dos nuevos cortometrajes rodados en cine. Su primer trabajo, El ángel de mármol (1996), recibe el Primer Premio en la XVIII Semana Internacional de Cortometrajes de San Roque (Cádiz). Su paso por los festivales y los numerosos premios cosechados con el segundo, Jardines deshabitados (2000), le permitieron embarcarse en la que sería su ópera prima: Frío sol de invierno (2004), Goya a la mejor dirección novel en 2005. Aprovechó el eco mediático del premio para la producción de su segundo largometraje, La sombra de nadie (2006), cuya impecable factura se benefició de una financiación acorde a los requisitos de la historia. En la actualidad, Pablo Malo prepara su tercer largometraje, Las huellas del agua (título provisional) y compagina su trabajo con cursos, talleres y seminarios. Además desempeña una importante labor como guionista para proyectos ajenos, tanto para el cine como para la televisión, donde recientemente se ha emitido el capítulo que dirigió de la serie Hispania para Antena 3.

El lado oscuro de la luna

La obra de Pablo Malo, si entendemos su trayectoria profesional hasta la fecha como un todo, encierra algunas claves que se repiten y marcan el territorio emocional por donde transitan todas sus historias. Diría, en primer lugar, que se siente atraído por el lado oscuro de los seres humanos. Y, en segundo lugar, exhibe esas perturbaciones del alma en el entorno cerrado de la familia. Estas dos premisas se cumplen, más allá de variaciones de carácter estético, en todos sus trabajos. A estas dos evidencias cabría sumarle un tercer factor que, a mi modo de entender, cierra el círculo —a menudo opresivo y malsano— donde se desarrollan sus historias: el paisaje. Un entorno de una belleza lacerante, cuya fascinación produce escalofríos, hiela la sangre y, a menudo, traspasa la pantalla.

Esa cualidad se debe, no cabe duda, al uso casi quirúrgico que Pablo Malo le otorga a su cámara. Al igual que un cortaplumas sobre un vidrio perfila el dibujo del corte con la precisión de un bisturí, Pablo Malo diseña su puesta en escena, si me permiten la comparación, como si se enfrentase a una autopsia. Analiza el entorno en busca del detalle que desvele la verdad que se esconde tras la belleza explícita. Y esa presentación limpia de impurezas, que esconde el hálito putrefacto de la vileza humana como el cuerpo recupera su mejor aspecto tras la muerte, se enfrenta al rostro humano, a la mirada. Y es que el cine de Pablo Malo está dominado por el primer plano. Si es cierta esa máxima según la cual el rostro es el espejo del alma, aquí se busca su demostración empírica. Y Pablo Malo lo hace apoyado, como es natural, en sus actores. Es precisamente ahí, en la creación de atmósferas y la dirección de actores, donde destacan la mirada y la exigencia de un director con un prometedor futuro.

La vida en los márgenes

Frío sol de invierno narra la historia de una obsesión, una venganza y una traición. Si estos términos remiten, de manera natural, al territorio del cine negro es porque el director recurre a las pautas del género para contarnos, más allá de otras referencias, un drama. La película ofrece una estructura circular mientras sigue los pasos de Adrián (Unax Ugalde) en un viaje sin retorno que busca, precisamente, rellenar todos los vacíos de una vida llena de ausencias y así, cerrar el círculo de una existencia marcada por un traumático incidente de su pasado.

Hijo único de una familia adinerada, Adrián tiene resuelto desde el inicio el problema económico. Único heredero del patrimonio familiar, su buena salud financiera se equipara al desprecio que siente hacia el dinero y su representante, encarnado por el abogado de la familia (Jorge Carrero). Decidido a enfrentarse con sus fantasmas, renuncia a la medicación. El dolor, por encima de otras consideraciones, nos recuerda que estamos vivos. Atormentado por las pesadillas, solo en la casona familiar, el azar pone en su camino a Gonzalo (Javier Pereira). Enfermo de asma, cobarde y pusilánime, Gonzalo es presa fácil para Adrián. Decide aprovecharlo. Quid pro quo, como decía Hannibal Lecter. Algo a cambio de algo. Esa relación forzosa pone en contacto a Adrián con el entorno de Gonzalo. Un ambiente gélido donde la prostitución, la enfermedad y la violencia dibujan un horizonte donde solo aguarda la muerte o la cárcel. Adrián arrastrará a Gonzalo en su enfermiza búsqueda de su padre —figura ausente—. Ese viaje, tanto físico como emocional, pondrá el punto final a la búsqueda de Adrián.

El frío al que se hace mención en la película está presente, de manera casi palpable, todo el metraje. La neblina de la mañana en el desguace, la humedad de la noche en la carretera donde ejercen las prostitutas, la mansión vacía de Adrián y la casa de Gonzalo, donde Raquel (Marisa Paredes) derrama esa frialdad sobre su hijo. Solo la presencia de Carmen (Raquél Pérez) y Mimo (Marta Atura) desprenden calidez. Y esta última también ofrece esperanza. Expresa, con una dulzura encantadora que acaricia el ánimo del espectador como el fuego de la chimenea en una noche de tormenta, la idea principal de la película. La familia reside donde residen tus afectos. Los lazos de sangre crean una vinculación tan falsa como dañina. Y, de ese modo, Adrián encuentra una familia donde menos lo habría sospechado y puede, finalmente, descansar en paz, convencido de que ha expiado su culpa. La redención, inevitablemente, lleva siempre aparejado el sacrificio.

 

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