Por Ana Martín Morán
Video sobre J. Corbacho y J. Cruz
Cuando en mayo de 2005 se estrenó Tapas, la acogida que en general se le dispensó fue la de una nada velada sorpresa. Sus directores, Juan Cruz y José Corbacho, eran viejos amigos y prácticamente debutantes en el oficio. El primero tenía sin embargo una larga experiencia como guionista vinculado a la productora El Terrat y un par de cortos en su haber, de los cuales El olor de las manzanas (1999) había conseguido cierta visibilidad gracias, en gran medida, a la actuación de Amparo Rivelles. En cuanto a Corbacho, su persona televisiva le había reportado una considerable notoriedad que habría de influir en la manera en que tanto crítica como público recibieron esta película.
La trayectoria de Corbacho, que empezó en la compañía teatral La Cubana, con un abultado currículum como actor cómico de gran popularidad, sobre todo gracias a su trabajo —también en calidad de guionista y director— en diversos programas de la factoría de Andreu Buenafuente —como La cosa Nostra (TV3, 1999-2002) o A pèl (TV3, 2002), y después, ya en el ámbito nacional, Hommo Zapping y Homo Zapping News (Antena 3, 2003-2007), Buenafuente (Antena 3 y La Sexta, 2005-2011)—, o como presentador durante dos años de la gala de los Goya, hacía esperar de su debut tras la cámara una apuesta por una comedia más irreverente y corrosiva. Sin embargo, el dilatado proyecto de largo que venían soñando ambos directores desde hacía años sería resumido por Corbacho bajo la etiqueta de «historia de sentimientos».
Su título, Tapas, el nombre con el que se designa en España a la pequeña porción de comida que se sirve en los bares como acompañamiento de una bebida (también la segunda persona del singular del verbo tapar), condensa bien algunos rasgos distintivos de la cinta, que hace de esta barata y poco ambiciosa pero gustosa forma de comer una primera virtud. La noción de comer de tapas alude también a un espacio humilde aunque prolijo en imaginación, donde la comida está unida a las posibilidades de socialilzación que ofrece la barra del bar más que la mesa de un restaurante. Es precisamente en un bar, el bar de Lolo, donde durante una calurosa semana de verano coinciden los personajes de esta narración coral de historias cruzadas: la del matrimonio de la tercera edad que sobrevive a los estragos de la enfermedad terminal de él gracias a los «trapicheos» de ella; la del dueño del bar, que ejerce su tiranía doméstica hasta que un cocinero chino llega a explicarle de qué va eso del amor; y la de la dueña de la tienda de comestibles, que distrae sus soledad a través de un novio cibernético, cuando se ve sorprendida por la ternura de un vecino adolescente.
Uno de los indudables resortes del film son sus actores, y la forma en la que Corbacho y Cruz trabajan la sintonía entre ellos en un magnífico trabajo de casting. Si la coproducción argentina nos regala la presencia de Alberto de Mendoza como don Mariano y la aparición fugaz de Eduardo Blanco (el novio cibernético), la «despensa» de actores que desde hace años vienen cruzando las fronteras del audiovisual español entre cine y televisión nos depara las actuaciones de Ángel de Andrés (Lolo), María Galiana (doña Conchi), Darío Paso (Opo) o Rosario Pardo (Carmela, la prostituta). Elvira Mínguez (Raquel) y Rubén Ochandiano (César) convierten su a priori difícil tándem sentimental en una revelación de sus posibilidades interpretativas que distienden los arquetipos de sus personajes de mujer madura abandonada por su marido y chaval de barrio obrero en sus primeros tanteos sexuales. Algo parecido ocurre con el personaje de Mao, el cocinero chino interpretado por el coreano Alberto Jo Lee, que sirve como contrapunto slapstick, pero deriva en depositario de la moral de esta fábula.
«Aunque la historia se desarrolla en Hospitalet, podría pasar en cualquier otro lugar», declaraban los directores en una rueda de prensa durante el Festival de Málaga, donde Tapas recibió tres importantes premios: Biznaga de Oro a la mejor película, Biznaga de Plata a la mejor actriz para Elvira Mínguez y Premio del Público «Diario Sur». Quizás es este afán de universalidad lo que le resta a la película una mirada más particular y localista, y la enmarca dentro de una tendencia que está presente en una parte importante de la producción audiovisual española reciente, donde la ficción televisiva ha ido ganando protagonismo y pujando con el cine en la reconstrucción de un realismo nacional dedicado a representar las vidas de esa «gente normal» que podríamos encontrar en «cualquier barrio».
Una tarea enormemente difícil que en el caso del cine ha concitado la atención de muy diversos realizadores bajo el común denominador de anclar sus narraciones en los confines geográficos de un barrio: entidades maleables en su sintética universalidad (al menos en el imaginario europeo) y permeables al localismo más o menos explícito según los casos. Algo apreciable, sin ánimo de exhaustividad, en cintas como Barrio (1998) y Princesas (2005), de Fernando León de Aranoa; la multipremiada El bola (2000), de Achero Mañas; Siete vírgenes (2005), de Alberto Rodríguez; o Azuloscurocasinegro (2006), de Sánchez Arévalo, y El truco del manco (2008) de Santiago A. Zannou —sendos premios Goya a la mejor dirección novel—, que en muchos casos suponen, como vemos, las primeras películas de jóvenes realizadores españoles. También en la siguiente y por el momento última película de Corbacho y Cruz, Cobardes (2008), una cinta que, sin embargo, no conseguía despegarse de una pedagogía básica sobre el acoso escolar. El universo barrial ha concitado asimismo el interés de cineastas con una trayectoria dilatada: es el caso del Almodóvar de Volver (2006), que encuentra en este locus la posibilidad de trasvasar el pueblo en ciudad, o del réquiem por el Barrio Chino de José Luis Guerín, En construcción (2001).
En Tapas apenas percibimos los lindes del barrio de Santa Eulalia en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), localidad a la que ambos realizadores están vinculados: sólo en algunos planos de transición que van puntuando los amaneceres de cada jornada aparece el horizonte, más allá de los edificios y los puentes sobre las carreteras. Por lo demás, los ambientes que predominan son interiores: el apartamento con terraza de doña Conchi, el bar de Lolo, la tienda de Raquel y el supermercado donde trabajan César y Opo. Sólo la llegada de Mao y la partida de Lolo apuntan al más allá de Santa Eulalia, población periférica que ha ido sedimentando diversas capas de inmigración tanto exterior como interior y que, según hace suponer la película, procura en un castellano con muchos acentos su lengua franca. El catalán es apenas perceptible en la banda sonora, donde además rondan melodías híbridas de bandoneón, guitarra española y flauta oriental, y canciones de raigambre popular y resonancias charnegas como Quiero ser libre de los Chichos.
En cuanto a la ficción televisiva con la que esta cinta está emparentada, pensamos, por ejemplo, en series como la que los mismos Corbacho y Cruz dirigieron en 2009-2010, Pelotas (La 1 de TVE), pero también en Mujeres (La 2, 2006), dirigida por Dunia Ayaso y Félix Sabroso, o, en una vertiente menos costumbrista y más farsesca, Aída (éxito indefinido de la noche de los domingos en Tele 5 desde 2005). Si nos deteníamos al principio en la trayectoria televisiva donde ambos directores coincidieron, no debe extrañarnos su influencia en las dinámicas que hacen de Tapas una obra inesperada y que, sin embargo, posee las cualidades que la convirtieron en un ejemplo de película española que alcanza el beneplácito de la crítica y el favor del público (737.935 entradas vendidas y una notable cuota de pantalla en sus pases televisivos). Junto a las ya nombradas, se encuentra una forma inteligente de mezclar géneros —el drama y la comedia se solapan en un costumbrismo bien medido—, la inclusión de extras paródicos —las referencias a Bruce Lee o los cameos de Ferran Adrià, Edu Soto, David Fernández Ortiz y Jordi Évole—, la elaboración de los diálogos como base de las secuencias más que su puesta en escena fílmica y, de resultas de todos estos elementos, la consecución de un tono nada petulante que se acompasa de forma efectiva en el montaje de la película y en su final conciliador.