Por Jose Madrid
Video sobre Ángeles González-Sinde
Dejando de lado polémicas leyes gubernamentales y una imagen pública construida a pulso, la contribución de Ángeles González-Sinde al paisaje cinematográfico de los últimos años ha sido fundamental. Al igual que muchos profesionales del medio, saltó de una carrera ajena al medio, la de Filosofía y Letras, al mundo del guión cinematográfico. Atrás quedaban trabajos como promotora de conciertos o colaboradora de la revista Cosmopolitan. Tras una ardua preparación en Estados Unidos, González-Sinde volvió a España para participar de la escritura de distintas series de televisión en una época en la que el medio estaba en alza. Bastante alejados en forma y fondo de sus incursiones en el mundo del largo, sus guiones para series como La casa de los líos o Truhanes reforzaron el éxito de producciones que, por primera vez, vencían en popularidad a las del otro lado del charco.
Su inicio en el cine llegó de la mano del tristemente desaparecido Ricardo Franco. La buena estrella (1997), conmovedora historia sobre triángulos amorosos marcados por el dolor y la marginalidad, fue uno de los dos capítulos finales de la filmografía de Franco. El director escribió el guión, mano a mano, con González-Sinde y el resultado no solo dio como resultado un Goya al mejor guión original, sino uno de los clásicos indiscutibles del cine español de los noventa. El segundo capítulo de ese adiós profesional y vital de Franco, Lágrimas negras, también contó con un guión de González-Sinde. Una entrada triunfal y por todo lo alto en el universo cinematográfico de la mano de uno de los grandes, que la llevó a escribir otras historias de indudable calidad. Suyos son los diálogos de Segunda piel (2000) de Gerardo Herrero, Antigua vida mía (2001) de Héctor Olivares o La puta y la ballena (2004) de Luis Puenzo. En muchos de esos guiones contó con la colaboración de la escritora Belén Gopegui y el guionista Alberto Macías. Gran aficionada al cine policíaco de los años setenta y a las películas de ese grande llamado Bertrand Tavernier, no resulta difícil percibir esa influencia en algunas de estas películas.
Ese bagaje como espectadora también fue fundamental en su debut como directora, La suerte dormida (2003), la historia de una abogada que, tras sufrir la pérdida de su familia en un trágico accidente, tiene que defender un caso judicial con una indemnización por muerte. Una película en la que el trabajo de Adriana Ozores, la protagonista, se magnifica gracias a un elaborado guión basado en la historia real de un amigo abogado. La cinta supuso toda una sorpresa. No solo quedaba expuesta la Ley de Prevención de Riesgos Laborales sino que esta ópera prima nos hablaba de las injusticias cotidianas y de cómo la ley y la vida van muchas veces de la mano y pueden llegar a confundirse cuando hay sentimientos rotos de por medio. Las ganas de superarse a sí misma en la creación de historias y su querencia por el universo de los actores fueron las que la llevaron a dirigir su propio guión. Teniendo en cuenta, según sus propias palabras, que era «demasiado vieja para volver a la Escuela de Cine», tuvo que buscar algún productor que creyese en su historia y en sus aptitudes detrás de la cámara. Ese productor fue Gerardo Herrero, a quien la historia le interesó desde el primer momento. El resultado de ese debut en la dirección fue una calurosa acogida en la Seminci de Valladolid y, finalmente, un Goya a la mejor dirección novel.
Al año siguiente formó parte del largometraje colectivo Todos íbamos en ese tren (2005), que rindió homenaje a las víctimas del atentado acaecido en Madrid el 11 de marzo del año anterior. Una serie de cortometrajes de unos cinco minutos mostraban al espectador el horror por la masacre y el apoyo a los que sufrieron la barbarie de un día maldito en el calendario. El corto de Sinde, Como los demás, era especialmente conmovedor. Tras este homenaje, el siguiente paso fue uno de los más importantes en su trayectoria profesional: en diciembre de 2006 sustituyó a Mercedes Sampietro como presidenta de la Academia de Cine. En alguna de sus entrevistas, mientras ejercía el cargo, defendió a sus compañeros de gremio. En una entrevista concedida a El País aseguró que la famosa huelga de guionistas de 2008 en Estados Unidos podría repetirse en España porque los de su profesión estaban «muy descontentos». Fue una muestra de cercanía de parte de alguien que entendía muy bien el mundo del guión, alguien que se había pasado noches en vela escribiendo para cine y televisión sin ver cómo esos esfuerzos se traducían en un mayor reconocimiento. También ese año escribió un libro infantil, Rosanda y el arte de birlí birloque, otra muestra de su carácter de descubridora inquieta y polifacética.
En 2008 llegó su segundo largometraje, Una palabra tuya, la adaptación de la novela homónima de Elvira Lindo. Protagonizada por Malena Alterio y Esperanza Pedreño, la historia de dos barrenderas sin futuro que comienza como una comedia costumbrista y, gracias a varios giros de guión, desemboca en un drama cotidiano de gran impacto. El monólogo de Pedreño en mitad de la noche, sincerándose ante su amiga, es un momento digno del mejor cine español del último lustro. Aunque no tuvo la repercusión de su anterior trabajo, Una palabra tuya quedó grabada en la retina de los pocos espectadores que tuvieron el placer de descubrirla. Justo un año antes, Sinde había vuelto brevemente a la televisión. En un 2007 cargado de trabajo, realizó un telefilme para Canal Sur y TV3 llamado ¿Y a mí quién me cuida?, donde contó con actores de sobrado prestigio como Julieta Serrano o Antonio de la Torre. La conmovedora historia de una abuela a cargo de su nieto volvía a incidir en los fuertes personajes femeninos de su filmografía; aquellos que se enfrentan a la adversidad de cara y sorteando toda una serie de obstáculos que no siempre les conducen a un final feliz.
Su atrevido discurso contra la piratería en los Goya 2008 sería el paso previo a su nombramiento como ministra de Cultura, en 2009. Desde entonces, uno de los pocos trabajos en los que su nombre ha figurado en los títulos de crédito ha sido Mentiras y gordas, ese ácido retrato de una desorientada juventud que tiene como único horizonte un hedonismo compuesto por sexo, drogas y alcohol. La película, que reunió a la flor y nata de las nuevas caras televisivas, desde Mario Casas a Hugo Silva, fue un enorme éxito de taquilla.
Ángeles González-Sinde ha sabido labrarse una carrera como guionista y directora con ciertos elementos autorales; una carrera sorprendente si tenemos en cuenta que en Lágrimas negras llegó a figurar en los créditos también como actriz. Esta anécdota es importante a la hora de valorar su carácter polifacético, sorprendente para una trayectoria vital que apenas supera los cuarenta años. Y es que no son muchas las mujeres de cine con semejante currículum, compuesto por una serie de títulos en los que predomina la coherencia y, en la mayoría de los casos, la calidad.