Santiago es un ingeniero de Colombia que se involucra en el narcotráfico con la idea de acumular en el menor tiempo posible la mayor cantidad de dinero que le permita capitalizarse. Aunque su idea es entrar y salir para continuar con sus negocios termina siendo víctima de una trampa mortal. Tras un secuestro relámpago se ve despojado de todo su dinero, tanto el que había obtenido legalmente como el ilegal.
Cineasta de largo recorrido, Víctor Gaviria cuenta con una filmografía centrada en el cine de corte social, con actores no profesionales y localizaciones auténticas. Entre sus primeros trabajos destacan el cortometraje Buscando tréboles (o poema visual sobre niños no videntes) (1979) y los mediometrajes Los habitantes de la noche (o astucias de jóvenes noctámbulos) (1983), La vieja guardia (o nostalgia de pensionados del ferrocarril) (1985), y Los músicos (o caminantes montañeros en tiempos violentos) (1985). Se inició en el largometraje con Rodrigo D: no futuro (o muchachos de las comunas nororientales) (1990), al que le siguió La vendedora de rosas (1998) y Sumas y restas (2004), su tercer y último film hasta el momento.
«Víctor tiene una conciencia poética de la realidad. A pesar de que logra que sus películas tengan una aparente dosis de documental, todas tienen un tratamiento de ensayo y de trabajo con los actores».
Paola Villamarín, «Víctor Gaviria, reconocimiento a un cine más político y de realidad» en Vive.InCine (1 de marzo de 2009).
«Será porque en ciertos lugares la vida es lo que es y no hay vuelta de hoja, pero las películas de Víctor Gaviria (Medellín, 1955) están llenas de huevones hijueputas y, en general, de pobres diablos con el alma definitivamente perdida o temporalmente extraviada. Es lo que tiene la realidad, punto de partida, desarrollo y conclusión en las historias de este cronista callejero disfrazado de director de cine.
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Sumas y restas es el tercer largometraje en lo que casi puede ser considerado ya como un minigénero en sí mismo: el cine de Víctor Gaviria sobre la violencia, la miseria y el narcotráfico de Colombia. Y parte (…) de anécdotas reales que él cincela hasta la extenuación, plasmando la salvaje realidad en una doble perspectiva: la decidida apuesta por lo explícito (…) y la sutil incrustación de ciertas metáforas que vienen a justificar una de sus creencias como autor: que la lírica siempre tiene cabida.
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Otra cosa es dónde se encuentra el sustrato lírico, subjetivo como un amor o un odio. Gaviria, cineasta autodidacta y poeta, lo explica así: "Hay lírica en mis películas, aunque no es muy reconocible; hay lírica en esa esperanza absoluta de tantos jóvenes en el negocio escalofriante y delictivo del narcotráfico. Hay lírica en esa aparición del patrón en la cocina, en el laboratorio donde se hace la cocaína, en esa felicidad de todos los que allí trabajan, cuando gritan '¡patroncito, patroncito!', en esas relaciones laborales tan diferentes a las de una fábrica normal".
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Gaviria admite: "Todos fuimos cómplices de aquella atmósfera de utopía con la que los narcotraficantes tuvieron engañada a la gente, y que puede compararse al marxismo"».
«Mis películas son falsos documentales y los actores naturales tienen dificultades expresivas; por ejemplo, no puedo hacer escenas demasiado dramáticas. Tengo limitaciones. Por eso, cuando empiezo mis películas, los productores nunca apuestan por ellas y los capitales se desvían hacia otras películas con actores de televisión conocidos».
Isabel Lafont, «Tres miradas de una emoción universal» en El País (22 de junio de 2007).
«Basándose en un buen hijo de la burguesía que un buen día entra en contacto con los negocios de la droga, Gaviria construye una película modélicamente cotidiana, hablada en un lenguaje que, en ocasiones, necesita de subtítulos y muy sólidamente anclada en la realidad. Su propuesta no puede ser más clara: mirar hacia todos los ángulos para ver cómo lo que empieza casi como un juego culmina con la destrucción del ciudadano y, en ocasiones, con la muerte. Contada sin ninguna floritura, con una imagen sucia y quebrada que tan bien se aviene con lo que se está contando, Sumas y restas es un filme contundentemente ejemplar, nada fácil de ver pero imprescindible para entender dónde comienza la corrupción y dónde termina la democracia… un ejemplo tan dolorosamente cercano».
Mirito Torreiro, «En los límites de lo soportable» en El País (7 de abril de 2006).