Un joven del interior del país, Adrián, intenta montar su vida en Buenos Aires, donde encuentra trabajo como parapalos levantando los bolos y devolviendo las bolas en una de las pocas boleras manuales que quedan en la ciudad. Se muda al modesto apartamento de su prima Nancy. Una sola pieza. Una sola cama. Cuando él regresa de trabajar, su prima marcha. Cuando un día termina, otro comienza. Una aproximación a un mundo oscuro iluminado por los seres humanos que lo habitan.
Se formó en la escuela del Instituto Nacional de Cinematografía de Buenos Aires. Ha trabajado como asistente de dirección en numerosos largometrajes (con Solanas, De Gregorio, Meerapfel y Stagnaro, entre otros) y, posteriormente, en dirección, destacó en cortometraje con Zuco (1986) y Suco de sábado (1989), y en largometraje con ¡Que vivan los crotos! (1992), La fe del volcán (2001) y Parapalos (2004), premiado en el BAFICI de ese mismo año. Colaboró con Santiago Loza en la edición de Extraño (2002). Junto a Raúl Perrone y Martín Rejtman es considerada una de las figuras precursoras del Nuevo Cine Argentino.
«Tuve por primera vez la sensación de que no todos éramos iguales... Podía ver la parte de atrás del bowling, donde estaban estos chicos que tenían la misma edad que yo y que trabajan con el torso desnudo, haciendo un esfuerzo muy duro. Yo no llegaba a discernir muy bien la situación. Durante el partido yo prestaba atención a las manos y los pies de estos chicos y sentía que del otro lado había otro mundo paralelo al mío, un mundo que yo no alcanzaba a comprender. Para la película partí de esta vieja idea».
En Portal del cine y el audiovisual latinoamericano y caribeño.
«En las tres películas que pude hacer no partí de un guión. Nunca tengo un guión. Hago un trabajo previo no con actores sino con gente que se interpreta a sí misma.
Mantengo largas charlas con gente que, por supuesto, está interesada en abrir el alma y ponerla en la película. De alguna manera, están contando algo de su propia vida, de sus sentimientos.
(...)
«Cuando hice Parapalos estábamos en el bowling y era un lío porque había que combinar los momentos en que no había gente para poder apagar la música, y que el sonido no perjudicara la escena (…) A veces, ocurría que no se podía filmar nada porque todo coincidía para mal. En esos momentos, lo que hacía, era aprovechar para hablar… Por ejemplo, al hombre que en la película sirve la comida y cuenta la historia del nazismo (…) Él me dijo que quería hacer una película y empezó a contarme lo de su abuelo. Después me quedé pensando que sería muy lindo incluirlo como personaje y que contase todo eso (…) Otro personaje, el de Nippur, al principio nos odiaba (…) Yo iba a hablar con él y le preguntaba si lo estábamos invadiendo. Y él me contestaba: “Mirá, este lugar no es mío. Hacé lo que quieras”. Y el tipo se iba. No había forma. Una vez, fui atrás y estaba solo. Y empezó a decirme que estaba mal lo que le estábamos enseñando al chico, que así no se trabajaba. O sea, prácticamente, confundía la realidad con la ficción de la película. Entonces, le empecé a explicar qué quería, por qué estaba haciendo esa película. Ahí se enganchó y empezó a contarme del trabajo y de su vida. Una vez más aproveché para preguntarle si le gustaría participar. Y me dijo que sí (…)».
Ana Poliak entrevistada por María Iribarren para Cinecrópolis (diciembre de 2005).
«Parapalos es como debe ser: desde la primera secuencia que comienza junto a los títulos, con ese muchacho enfocado oblicuamente, sentado sobre la camilla, tranquilamente desnudo, balanceando sus piernas, rascándose, mirando en derredor, se advierte la diferencia. Poliak contempla a sus personajes –¿personas?— de otra manera, con otra respiración y palpable respeto (…) Ana Poliak se detiene atentamente, afectuosamente en estos personajes a los que registra como a iguales, no como a raros, marginales, pobre gente a la que se le concede figurar en una película. Para nada. El trato es de igual a igual, es evidente que a la directora le interesa vivamente el mundo que describe, por lo tanto empieza a descifrarlo. Y lo hace desde un lugar próximo pero discreto, abriendo un espacio para que todos se manifiesten sin necesidad de hacer cada uno su numerito. Sin música (…) y sin otros aderezos, sin actores profesionales que coqueteen con la cámara, Parapalos consigue un transparente, depurado registro poético que remonta hasta casi la abstracción en el ensueño del protagonista o en la bellísima secuencia de la terraza. Hay algo nuevo en la mirada de Ana Poliak, un código de valores morales y estéticos al que permanece fiel a lo largo de este film que pide espectadoras y espectadores con un espíritu contemplativo afín al de la cineasta».
Moira Soto, «Contemplaciones de Ana Poliak» en Página 12 (9 de mayo de 2004).