Después de un siglo de presencia cinematográfica, don Quijote ya no es sólo un delirio que se devana literariamente. Su imagen, sus gestos y la riqueza de sus digresiones, contenidos en el espacio de un fotograma, también pertenecen hoy a ese vasto sector del espectáculo contemporáneo que delimitan el cine y la televisión. Es cierto que la reivindicación de un hidalgo conciso, acentuadamente carnal, choca con las sutilezas tramadas por Cervantes, autor de una criatura casi irrepresentable, de identidad equívoca e intermitente. Pero aún hay más. Con acierto o descarrío, el mundo audiovisual tiende a la esquematización: prefiere la tersura narrativa al detallismo, y ese es, al fin y al cabo, el peaje que ha de pagar el Caballero de la Triste Figura a la hora de encarnarse en el nuevo medio.
Bien mirado, este Quijote fílmico libra su propia batalla en la inmediatez de las sensaciones, con la estridencia como tentación más cercana. Impulsados por un reincidente prestigio de la obra, los cineastas han jugado a ilustrar la novela, pero pocas veces han logrado interpretar sus esencias. A decir verdad, este relativo fracaso puede alegrar a los comentaristas que argumentan en contra del proyecto adaptador. Don Quijote, según creen, pertenece a un reino mítico e inaprehensible. Esta forma de ver las cosas tiene, en opinión de don Carlos Fernández Cuenca, algo de temerario, pues quienes rechazan la oportunidad de este hidalgo animado son precisamente aquellos que desconocen el número de medios expresivos que posee el cine.
A lo largo de esta exposición virtual, el personaje cervantino queda sometido al libre juego de espejos, tiene que arreglárselas como puede o le dejan, y arriesga un presente comprometido (cada nuevo filme es una puerta al éxito o el fracaso) contra la inmortalidad de su origen novelístico. Los lectores y espectadores pueden valorar los apuros y el resultado de semejante apuesta.
A primera vista, hay diversas razones por las que este personaje figura entre los estereotipos fundamentales de nuestro tiempo. Acaso no haya aquí un espacio para abordar los motivos, y por ello preferimos detenernos en los síntomas de dicha universalidad. Las películas y sus autores recogen esta interesante situación. Varios cineastas de prestigio han sabido responder a las inauditas demandas del caballero, y no ha sido por casualidad. De otro lado, la delirante imaginería quijotesca promueve abundantes evocaciones, no siempre fieles al texto original.
Desde luego, las especulaciones no acaban aquí. Conscientes de ello, nos detendremos a calibrar el acierto de los escenógrafos y los guionistas en dos apartados consecutivos: Imágenes del Quijote y Libretos cervantinos. Asimismo, vamos a repasar la jugosa historia de tales adaptaciones, sintetizada en una Cronología. Los lectores que se sientan cansados de la generalización y prefieran conocer el detalle de casos concretos, pueden acudir a la Filmografía, donde acumulamos un repertorio de obras muy significativas en este dominio.