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Quijotes de celuloide

En marzo de 1999, el director estadounidense Terry Gilliam afrontó el inicio de una de sus producciones más ambiciosas: The Man Who Killed Don Quixote. Es muy probable que el carácter multinacional del equipo le recordase el periodo que pasó trabajando en distintos rincones de Europa. En su juventud, Gilliam se instaló en Francia, como colaborador del dibujante y guionista Rene Goscinny, creador de Asterix el galo. A partir de 1967, acumuló experiencias en Londres como ilustrador para el Sunday Times y director artístico de la revista The Londoner. En 1969 formó el grupo humorístico Monty Python, junto con John Cleese, Michael Palin, Terry Jones, Graham Chapman y Eric Idle. El conjunto, tan irreverente como original, se dio a conocer a través de la BBC el 5 de octubre de 1969, por medio del programa Monty Python's flying circus, que siguió emitiéndose hasta 1974. Ese mismo año codirigió con Terry Jones Los caballeros de la mesa cuadrada, y en 1977 estrenó su primer largometraje en solitario: Jabberwocky. La bestia del reino. Tras rodar otras películas junto a los Monty Python -La vida de Brian, Los héroes del tiempo y El sentido de la vida-, regresó a su país natal para afrontar nuevos retos como cineasta: Brazil (1985), El rey pescador (1991) y Doce monos (1995).

Paradójicamente, aunque dichas producciones alcanzaron un éxito nada desdeñable, Gilliam adquirió fama de autor desbocado, incapaz de contener los gastos y empeñado en arriesgarlo todo con tal de plasmar sus excentricidades en el celuloide. La crítica, sin duda injusta, proviene de uno de sus mayores fracasos: en la segunda mitad de 1987, comenzó la filmación de Las aventuras del barón de Munchausen. El presupuesto rondaba los 25 millones de dólares, el equipo lo formaban más de 250 personas y llegaron a ser contratados 500 figurantes en algunos tramos del rodaje. Incomprensiblemente, la mala suerte desbarató los planes más moderados y el vértigo se apoderó de todos los participantes en la operación. Si bien la película no fue mal recibida por el público, los costes fueron tan elevados que Gilliam cayó en desgracia entre los productores. Desde entonces, a modo de chiste privado, el director suele referirse a los problemas de cada nuevo proyecto comparándolos con Munchausen.

Para su desgracia, The Man Who Killed Don Quixote deparó peores catástrofes que Munchausen. Las calamidades llegaron a tal extremo que Bernard Bouix, productor ejecutivo de la cinta, definió la situación en los términos siguientes: «La batalla que emprende don Quijote es una lucha contra la realidad. Y a mi juicio, rodar películas es también una batalla contra la realidad. Pero en este caso, la realidad ha sido más fuerte que el sueño». Keith Fulton y Louis Pepe fueron contratados para rodar un documental promocional en torno al rodaje. Una vez fracasadas todas esperanzas de Gilliam, dicho documental sirve de formidable aproximación a su naufragio financiero y artístico.

La filmación comenzó en España en junio de 2000. Poco tiempo después, una inundación en el desierto de las Bardenas Reales inutilizaba las primeras tomas y destrozaba parte del utillaje. La falta de ensayos dificultaba cualquier posibilidad de improvisación. Sin alternativas, Gilliam decidió aguardar una mejoría del clima. Fue entonces cuando el actor Jean Rochefort, un jinete voluntarioso, muy identificado con su papel de don Quijote, empezó a quejarse de serios problemas a la hora de cabalgar. Tras un meticuloso análisis, su médico francés recomendó al intérprete el abandono del proyecto. Dominado por la fatalidad, el equipo se trasladó al Monasterio de Piedra, donde tenía que rodar algunas de sus secuencias el coprotagonista, Johnny Depp. Por esos días, ya estaba claro que Rochefort debía someterse a un severo tratamiento hospitalario. De otra parte, los planos de Depp tampoco eran demasiado satisfactorios.

A pesar de la entrega de colaboradores como José Luis Escolar y Benjamín Fernández, The Man Who Killed Don Quixote era, a estas alturas, una embarcación a la deriva, próxima a los acantilados. No hace falta recordar que, más allá de los talentos reunidos en torno a ella, esta película, como casi todas, tenía la financiación como único secreto. Al final, la compañía aseguradora, ofreciendo como alternativa una cláusula de quince millones de dólares, hizo un balance contable, se adueñó del capricho de Gilliam, y luego lo archivó con suave hipocresía por medio de sus abogados. A manera de autopsia, el documental de Fulton y Pepe plantea un magnífico relato de este desengaño: un fracaso épico que reúne los dudosos encantos del exceso y la fatalidad.

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