Don Quijote es apenas figurable en los tres primeros años del cinematógrafo. Con esta etapa inaugural, prometedora pero escasa en sus aciertos artísticos, pueden vincularse numerosas vistas documentales: tomas inocentes y cordiales, cuyo carácter espectacular deriva exclusivamente del novedoso dinamismo que propone la imagen en movimiento. El público se pasma, aplaude, pero luego exige más a los feriantes, y es entonces cuando estos deciden filmar tableaux vivants, es decir, cuadros vivientes que faciliten un remodelado artificioso de los grandes temas históricos y literarios. A esta categoría pertenece el filme Don Quichotte (1898), distribuido por Gaumont en bobinas de veinte metros cuyo contenido desconocemos. Acaso algún arqueólogo del cine logre recuperar para el público y la crítica las primicias de aquel breve espectáculo quijotesco.
En 1902 Ferdinad Zecca consumó una nueva adaptación, fantástica en su escenografía pero celosa de los tópicos establecidos por Cervantes. Es curioso que los propietarios de barracas juzgasen demasiado ambicioso el contenido de Les aventures de Don Quichotte de La Manche. De hecho, atenuaron su desmesura tijera en mano, y la película de Zecca se empequeñeció en todo sentido. Así, los 430 metros y quince cuadros escénicos de la versión original contrastan con los 255 metros y siete cuadros de la película que se exhibió en Francia y el extranjero. José María Paz Gago, estudioso de la cinta, subraya este menoscabo, y no obstante, recuerda el buen recibimiento del que la obra disfrutó Washington en la fecha de su estreno: el 7 de diciembre de 1903. Al decir de Gago y de los autores en que él fundamenta su análisis, este Quichotte fue el primer gran filme de ficción extenso, lo cual enriquece su importancia más allá de los méritos logrados por el equipo productor.
El parisino Ferdinand Zecca acometió este proyecto con la ayuda de un realizador de gran mérito, Lucien Nonguet, y la asistencia de un escenógrafo reputado, Laurent Heilbronn. Contratado por Charles Pathé como jefe de producción, Zecca se había especializado en elaborar películas muy vistosas, atractivas para el gran público y novedosas en sus propuestas tecnológicas. Entre sus lanzamientos mejor recibidos figuran Historia de un crimen (1901), Los siete castillos del diablo (1901), Quo Vadis? (1901), Por el ojo de la cerradura (1902), El jugador (1903) y Vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo (1905). El Quichotte de Zecca y Nonguet fue exhibido en España, donde muy pronto se realizaron películas similares. Tras el estreno de Centenario del Quijote (1905), de Morlán, el pionero Narciso Cuyás, creador junto a Fructuoso Gelabert de la productora Films Barcelona, rodó un par de cintas quijotescas, que costeó a través de su compañía Iris Films: El curioso impertinente (1908), protagonizada por Joaquín Carrasco y Francisco Tressols, y Don Quijote (1908), con Arturo Buxens. Aclaremos que, dado que ambas producciones se han perdido, predomina el enredo académico y hay autores que llegan a identificar ambos títulos con un solo filme.
Esta propensión literaria de Cuyás también queda de manifiesto en otra de sus felices creaciones, Don Álvaro o la fuerza del sino (1908), interpretada por Jaime Borrás junto al citado Carrasco.