Estrenada en el madrileño cine Palafox, el 16 de mayo de 1963, esta Dulcinea de Vicente Escrivá tuvo que conjurar la memoria de una película anterior, Dulcinea (1946), de Luis Arroyo, inspirada igualmente en la obra de teatro homónima de Gaston Baty. Con diálogos de Humberto Pérez de la Ossa y música de Manuel Parada, la cinta de Arroyo poseía el magnífico don de actores como Ana Mariscal, Manuel Arbó, Carlos Muñoz y Ángel de Andrés. Por desgracia, fue ésta una producción incomprendida, que no mereció los beneficios de la taquilla. La puesta en escena, tenebrista, servía para relatar el devenir de Aldonza Lorenzo, cuyo delirio es inducido por el amor de don Quijote. Deseosa de merecer la identidad de Dulcinea, esta infeliz se entrega a una vida piadosa y caritativa. El destino malogra esta redención, y Aldonza acaba siendo enjuiciada en la Audiencia de Toledo bajo graves acusaciones. Como don Quijote, su entrega a una causa elevada conduce a la desgracia. Al final, en un arrebato romántico, la joven prefiere morir a manos de ese populacho que, si bien quiere lincharla, ya la nombra Dulcinea, Princesa del Toboso.
Escrivá reconstruye la historia de Baty, templadamente barroca, con una expresividad tomada de El séptimo sello (1956), de Ingmar Bergman. De ahí que esta nueva producción, insólita en la carrera del cineasta español, tome un estilo grave, provisto de mucha substancia psicológica. A ese estilo elevado contribuyen en múltiples maneras tres elementos: la tarea fotográfica de Godofredo Pacheco, el soberbio trabajo interpretativo y un montaje secuencial de primer orden, muy moderno en su esmero constructivo.
No hay que confundir la densa aproximación de Escrivá y el ligero divertimento Una tal Dulcinea (1963), dirigido por Rafael J. Salvia a partir del libreto original de Alfonso Paso, que el propio realizador adaptó junto a Manuel Torres y Juan José Alonso. Aunque próximo al mito de Dulcinea, Paso exprimió su ingenio sin afectación erudita. El interés se buscó del lado cómico, confiando en la bondad del enredo para asentar los puntales de este vodevil que interpretaron, en la gran pantalla, Susana Campos, Juanjo Menéndez, Lina Morgan y Laly Soldevilla. Por cierto: las referencias cervantinas quedan limitadas al ensueño del protagonista, un historiador que cree haberse trasladado al siglo xvi. La cinta se estrenó en los cineas Gayarre, Palace, Pompeya y Tívoli, de Madrid, el 26 de agosto de 1963.