El mundo plurivalente del Quijote es susceptible de ojeadas intuitivas y precisas, capaces de extraer una esencia de toda su discontinuidad barroca. Esa es la opción que interesó a Eduardo García Maroto, quien quiso adaptar la novela al gusto infantil con un loable propósito divulgativo. Su plan consistía en distribuir esa adaptación abreviada en seis episodios.
La capitalización del proyecto no fue una empresa ligera. En 1960, García Maroto y el productor Octavio Lieman formaron la Fundación Española de Cine Infantil (FECI), que iba a ser su instrumento para hilvanar este y otros filmes. Con calculadísima amenidad y sin prurito culterano, los guiones buscaban la simpatía de una audiencia joven. Aun careciendo de grandes medios, el rodaje de los seis capítulos se planteó con el mismo esquema que el propio de películas de larga duración. A la hora de filmar el primer cortometraje de la serie, García Maroto localizó las secuencias en decorados interiores y en escenarios exteriores de Campo de Criptana, Alcázar de San Juan y El Toboso. Es lástima que el buen resultado obtenido no mereciera el aprecio institucional. Sin apoyos ni disculpa financiera, sólo pudo concluirse aquel primer cortometraje, modélico entre las propuestas ibéricas de cine infantil. A su muerte, ocurrida en Madrid el 26 de noviembre de 1989, García Maroto pasó a formar parte de nuestro generoso panteón de pioneros incomprendidos. Cuanto menos, así lo da a entender su currículo. Ingeniero con propensión a la cinefilia, trabajó desde 1923 como actor y técnico en la compañía Madrid Films. Estudió técnicas de sonorización cinematográfica en París, y las aplicó en los estudios Cea, donde ejerció de montador. Como humorista gráfico, se dio a conocer en la prensa gráfica. Colaboró con Miguel Mihura en varios cortometrajes cómicos, rodados entre 1935 y 1936. Asimismo, demostró ser un buen técnico y narrador en películas como Los cuatro robinsones (1939), Oro vil (1941), Por qué vivir tristes (1942), Canelita en rama (1943), Mi fantástica esposa (1943), La mantilla de Beatriz (1946) y Truhanes de honor (1950). Entre los años cincuenta y sesenta, ingresó en el equipo de rodaje de grandes producciones estadounidenses rodadas en España, como Salomón y la reina de Saba (1959), de King Vidor, y Patton (1970), de Franklin J. Schaffner. En el declive de su vida, publicó un libro de memorias. Al decir de sus hijos, García Maroto «fue un verdadero Quijote que apostó por utopías como la creación de un cine pensado para niños y jóvenes». Y no sin melancolía, añaden: «la adaptación de la obra de Cervantes fue un buen ejemplo de lo que pudo ser una línea de producción que ayudara a construir una industria del cine con más continuidad en nuestro país».