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Siglos de convivencia

Presentación

Bicentenarios de América Latina: Siglos de convivencia

Por Joan Ripollès Iranzo

Durante los últimos años, un nutrido grupo de países de América Latina ha venido celebrando el Bicentenario de su Independencia de la metrópoli española, al tiempo que España conmemoraba su Guerra de la Independencia frente a la ocupación napoleónica. Entre 1808 y 1814, mientras los españoles ponían cara de perro al ejército imperial francés, las colonias de ultramar aprovechaban para iniciar una singladura sin rey ni gobierno foráneo que las tutelara. Ya por entonces, cada nación americana presentaba su propia idiosincrasia, resultante de la mezcla de los agentes indígenas con los colonizadores ibéricos.

Después, cada pueblo ha ido afianzando su voz, configurando un amplio mosaico de perfiles culturales y humanos que jamás han perdido el nexo con la Península. Gracias a América, la lengua española es tal vez la más rica, variada y fecunda de cuantas hoy existen, favorecida por un flujo cultural de constantes idas y venidas a través del océano, viajes de ida y vuelta que retroalimentan las industrias culturales de ambos continentes. Como muestra este ciclo de películas, el cine es un testigo privilegiado y elocuente de este admirable fenómeno.

Un puente de luz entre dos continentes

Aunque el cinematógrafo comenzara su andadura justo cuando España se estaba replegando, herida por la pérdida de sus últimas colonias en suelo americano, la industria fílmica ha sido uno de los principales vehículos de comunicación y conocimiento entre ambos continentes.

Más allá de la complejidad que caracteriza las distintas cinematografías nacionales, ha habido un trasvase constante de talentos entre el cine español y el de los países latinoamericanos: cineastas e intérpretes emigrados, adaptaciones de autores de uno y otro lado del Atlántico, influencias genéricas, adopción de estereotipos, importación de argumentos y gustos musicales... Y, más allá de esta cercanía natural, debida a la matriz lingüística y cultural de los países implicados, destaca la voluntad positiva de sus instituciones por establecer una colaboración competente y efectiva.

Como pudo verse en el marco de la exposición Cinematografías de la semejanza, esta cooperación ha sido larga y fructífera, pues, desde muy pronto, el cine incorporó a sus filas profesionales que vivían atravesando el Atlántico y trayendo y llevando la cultura de una a otra orilla.

En el I Congreso de la Cinematografía Hispanoamericana, celebrado en Madrid en 1931, ya se establecían convenios de intercambio entre las industrias americanas y la española. Y, en 1948, se acordaba con México la primera coproducción oficial entre España y aquel continente. Jalisco canta en Sevilla (Fernado de Fuentes, 1948) era una comedia musical protagonizada por las figuras de la canción folclórica Jorge Negrete y Carmen Sevilla, dos estrellas que ponían de relieve la trascendencia de la música popular en el acercamiento entre ambos pueblos.

A pesar de que México y España carecían entonces de relaciones diplomáticas, las salas de exhibición de uno y otro país se llenaban para ver cantar, llorar y reír a Negrete, Sevilla o Lola Flores, artistas realzados por un régimen de coproducción que se servía de los estereotipos populares de ambos lados del Atlántico: la pícara gitana, el ranchero valentón, el gracioso andaluz, la coqueta china poblana...

El cinematógrafo venía proyectando este puente de luz y conocimiento mutuo desde comienzos de los años veinte, cuando se exhibió —también en tierras mexicanas— la primera cinta española estrenada en América, Flor de España (José María Granada, 1920), pero su luminosidad se hizo más viva y penetrante al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando las coproducciones —sobre todo con Argentina y México— se volvieron algo habitual en el cine español.

Poco a poco, irían surgiendo iniciativas públicas y privadas que espolearían aún más esta cooperación: becas, premios, festivales, muestras, mercados, programas de divulgación... Hasta el punto que hoy se vuelve imposible hablar de cinematografías como la chilena, la argentina o la peruana sin mencionar la intervención económica y artística de los profesionales y las instituciones de la vieja España. Las siete producciones audiovisuales reunidas en este ciclo cinematográfico ponen de relieve este proceso de mutuo enriquecimiento.

Siglos de convivencia

Bicentenarios de América Latina: Siglos de convivencia ofrece una visión actual y contrastada de las íntimas relaciones mantenidas por el cine español con el que se hace en Latinoamérica. El ciclo se compone de siete producciones hispanoamericanas cuyo vínculo con la industria y el público español ejemplifica la cercanía que siempre ha existido entre ambas culturas cinematográficas: coproducciones, cineastas latinoamericanos que trabajan en España o a ambos lados del océano, un realizador español que indaga en la complejidad afroamericana, actores hispanoargentinos que tratan de arrojar luz sobre el oscuro pasado de su nación de origen, una directora chilena que se adentra en la selva peruana para recuperar el delirio de antiguas superproducciones europeas, un realizador uruguayo que esboza un retrato demasiado humano de la comunidad judía de su país, una ácida reflexión sobre el patrimonio cultural de América Latina...

Se trata de tres largometrajes de ficción (Cachimba, Un oso rojo y Otilia Rauda), dos documentales (El milagro de Candeal y Atrapados en el paraíso) y dos cortometrajes (Bregman, el siguiente y El balancín de Iván) que se nos presentan como el producto de dos siglos de convivencia entre España y América, los frutos de una cohabitación que se hará visible a lo largo de cinco sesiones: cuatro en las que se proyectan largometrajes —una comedia, un drama criminal, un documental y un melodrama rural— y una última sesión que incorpora dos cortos de ficción y un mediometraje documental dirigidos por cineastas que trabajan a caballo entre los dos continentes.

Cachimba o el malestar de nuestro patrimonio

Perseverante adaptador de la obra de José Donoso, el santiaguino Silvio Caiozzi dirige en 2005 esta ácida comedia coproducida entre Chile, Argentina y España. La sufrida epopeya de un discreto empleado bancario (Pablo Schwarz) empeñado en salvaguardar la obra de un supuesto genio de la pintura chilena sirve para perfilar un retrato feroz de la familia, los medios y las instituciones supuestamente encargadas de preservar el patrimonio cultural chileno. En medio del calor local, centellean pequeños tesoros de la hispanidad como las paradas de venta de churros, el rezongo recurrente del fuelle del bandoneón o esa preocupación universal del eterno femenino por guardar la línea. Una película bañada en el azul del océano.

Un oso rojo o el hombre que supo ganar perdiendo

El uruguayo Adrián Caetano dirige este sólido drama criminal, de factura bonaerense, que lleva la rúbrica de la productora Lita Stantic, propulsora de algunos de los mejores talentos del reciente cine argentino. Caetano hace notar la influencia de su aprendizaje francés al narrar, con pulso firme, la emotiva peripecia existencial del Oso (Julio Chávez), el asesino de un policía que sale de prisión dispuesto a recuperar su dinero, a su mujer y a su hija. Nada le resultará fácil, aunque sepa moverse como pez en el agua en un barrio de quilombos frecuentados por desfondados perdedores. Al son de la cumbia, Buenos Aires nos ofrece un paisaje mediterráneo de bares donde los haraganes se echan al morro la botella de cerveza, pizzerías donde aún se abusa del palillo y se juega a las chapas, y tiovivos apostados en humildes parquecitos de barrio. Siempre es un placer asistir a la caída de los créditos de una película argentina y ver cómo se juntan nombres y apellidos de múltiple procedencia, herederos de varias oleadas de inmigración que vienen a confluir con el objetivo logrado de hacer una película.

El milagro de Candeal o el calor de los tambores

El cineasta madrileño Fernando Trueba ya se había acercado dos veces a la figura del soberbio músico cubano Bebo Valdés. Primero lo hizo a través de su hijo Chucho, también pianista, en Calle 54 (2000) y, después, acompañándole en la gira que Valdés padre realizó mano a mano con el cantaor Diego El Cigala, en Blanco y Negro (2003). El milagro de Candeal arranca cuando Bebo Valdés, con ochenta y cinco años de edad y cuarenta de exilio en Suecia, viaja a Salvador de Bahía (Brasil) en busca de sus ancestros culturales, musicales y espirituales. Allí conoce la labor social que un grupo de activistas, liderados por el célebre percusionista Carlinhos Brown, lleva a cabo en la favela de Candeal, donde el sonido de unos contagiosos tambores ha conseguido sustituir la violencia y el analfabetismo por una sana convivencia cargada de esperanza en el futuro. Con el sosiego que da la acomodada perspectiva española, Trueba trata de desentrañar los entresijos de una comunidad afroamericana que, desde hace varias décadas, reivindica los principios morales de sus ancestros. Un milagro explicado en clave de hagiografía con ángeles negros.

Otilia Rauda o la mujer que se impone

En un cine tradicionalmente machista como el mexicano, resulta sorprendente la presencia de una realizadora como Dana Rotberg y de un largometraje como este, cuya protagonista es una mujer que, por dolor y despecho, decide hacer de su voluntad la ley imperante de su vida. Entresacada de las páginas del escritor veracruzano Sergio Galindo, Otilia (Gabriela Canudas) es capaz de enfrentarse y dominar a su familia, a los hombres y a las fuerzas vivas del universo rural en que vive. Amiga de putas y bestiales discapacitados, vive su sexualidad de manera ostentosa y desafiante, hasta el punto de enfrentarse, por amor, al orden legal establecido. Digna heroína del malditismo poético latinoamericano y portadora de un frío romanticismo acariciado por ligeros sones jarochos y notas de tango prostibulario, Otilia Rauda es una película que habla más de lo que calla, y habla mucho.

Bregman, el siguiente, El balancín de Iván y Perdidos en el paraíso

Bregman, el siguiente (2004) es el segundo trabajo tras la cámara del joven realizador montevideano Federico Veroj. Con producción española y uruguaya, el corto narra de manera tierna e irónica el ritual de paso a la adultez de un tímido adolescente, motivo suficiente para trazar  un singular retrato de la comunidad judía de Montevideo.

El balancín de Iván (2003) es un cortometraje español, realizado por el tucumano Darío Stegmayer, que explora la dolorosa huella dejada por la dictadura argentina del último cuarto de siglo. Una pieza que cuenta con la intervención de intérpretes hispanoargentinos especialmente implicados en los procesos de reivindicación de la memoria histórica en su país de origen.

Atrapados en el paraíso (2001) es un mediometraje documental, de producción española, dirigido por la realizadora chilena Cecilia Barriga, quien nos propone un viaje por las entrañas de la selva peruana de Iquitos. Allí nos iremos topando con distintos personajes foráneos que han resultado atrapados por el influjo de este exuberante paraíso natural. Entre ellos se encuentra Walter Saxer, productor de Fitzcarraldo, aquel estrafalario delirio fílmico dirigido por Werner Herzog en 1982.

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