Población ubicada en plena Tierra de Campos y a orillas del río Carrión, su existencia consta desde el siglo x. Entonces era conocida por el nombre de su parroquia, Santa María. Desde esa época aparece como sede de la poderosa familia castellana de los Beni-Gómez. Tras la incursión de castigo que hizo al-Mansur en los reinos cristianos a fines del siglo (995), la localidad fue asolada. A mediados del siglo xi estaba regida por el conde Gómez Díaz, uno de los hacendados más importantes de la corte de Fernando I de Castilla y León. A su iniciativa se debe la construcción de un puente sobre el Carrión, así como la revitalización de un establecimiento religioso que había recibido del monarca: el monasterio de San Zoilo.
A fines de ese siglo esta localidad, conocida indistintamente como Carrión o Santa María de Carrión, era uno de los núcleos de población más importantes del reino castellano-leonés y contaba con dos hospitales para peregrinos. En la segunda década del siglo xii se vio inmersa en los desórdenes que asolaron al reino tras la muerte de Alfonso VI, si bien recuperó pronto su tradicional prosperidad. Así, aparece subrayada pocos años después en el libro V del Codex Calixtinus.
Desde esta época debió de contar con una muralla de la que aún pueden consignarse algunos restos. Sabemos que en el siglo xiv estaban configurados tres barrios: Tras Santa María, Dentro Castro y San Zoles, a los que habría que añadir la judería, ubicada al noroeste de la parroquia de Santa María. El apelativo de los Condes lo adquirió durante la Baja Edad Media, para subrayar el hecho de ser la cuna de la familia condal que protagonizó buena parte de la historia del territorio. También de época románica eran otras dos construcciones, la iglesia de Santiago y la de San Julián, de las que sólo se ha conservado la primera.
Constituye el establecimiento religioso más antiguo de la población de Carrión de los Condes. La iglesia actual se construyó a mediados del siglo xii, si bien hacia 1200 se amplió su zona oriental. Se trata de un templo de planta basilical sin transepto, resaltado con tres naves y cabecera triple. Presenta pilares cruciformes sin columnas adosadas, que apoyan en zócalos cilíndricos. La bóveda central es de época moderna, pero se conservan las bóvedas originales en las naves laterales, de cuarto de cañón. A causa del desplome hacia el sur causado por el empuje de sus bóvedas, fue necesaria la ubicación de una serie de estribos en la fachada meridional. Esta medida salvó de la ruina el edificio, pero destruyó parcialmente la fachada del mediodía, su parte más interesante. Finalmente, el arquitecto Felipe Berrojo derribó el ábside mayor a comienzos del siglo xvii, para disponer una capilla más espaciosa. Asimismo, el ábside septentrional se perforó para habilitar una sacristía.
La portada sur es de medio punto, con dos columnas acodilladas a cada lado y capiteles historiados. Presenta arquivoltas, en las que se alterna la rosca plana con boceles; pero es la parte superior la que, a pesar de haber sido mutilada por los contrafuertes añadidos, presenta mayor interés. En ella se representa un preludio de la matanza de los Inocentes, con la figura de Herodes y la Huida a Egipto. Durante mucho tiempo se ha querido ver representado el legendario episodio del tributo de las doncellas que la población debía entregar al poder musulmán. La leyenda ponía fin a este humillante impuesto con la intervención divina, que envió una manada de toros para que agrediera a los musulmanes en el momento en que iba a tener lugar una de las entregas. La portada occidental, muy deteriorada y de dimensiones modestas, tenía un papel secundario.
El estallido de un polvorín durante la guerra de la Independencia, a comienzos del siglo xix, destruyó buena parte del templo. Quedó a salvo la fachada occidental. Por ello, resulta difícil ubicar cronológicamente una iglesia que fue reedificada en 1849, aprovechando materiales de la primitiva.
La fachada se compone de una sencilla portada de columnas acodilladas, con capiteles figurados y fustes labrados que exhiben la representación de ángeles y motivos geométricos. La arquivolta interior está decorada con veinticuatro figuras, que representan oficios que evocan la vitalidad de la población de Carrión durante el siglo xii. Sin embargo, lo que más destaca de esta fachada es el friso escultórico que la corona. Se trata de una de las obras más sobresalientes del final del románico en la península (fines del siglo xii). Se compone de un Cristo Triunfante (Pantocrátor) rodeado de las representaciones simbólicas de los cuatro evangelistas (Tetramorfos).
A ambos lados, y enmarcados por arquerías, se disponen las figuras de los apóstoles. La figura de Cristo constituye una de las representaciones de mayor interés del románico hispánico, debido a su lejanía de lo convencional, y a su proximidad con la escultura clásica. El análisis de los rasgos faciales, el tratamiento dado al cabello y a la barba, y el dominio de la disposición de los pliegues de la vestimenta subrayan el gran talento del escultor que realizó la obra.
Destaca, asimismo, el volumen con que se dotó el conjunto de las figuras, rasgo éste muy presente en muchas de las grandes obras realizadas en el periodo de disolución del románico. El mejor reflejo de esta obra se encuentra en otra iglesia de la provincia de Palencia: la de Moarves.
Aunque no es posible precisar con exactitud cuándo se fundó este monasterio benedictino, es posible que ya existiera en el siglo x. Sin embargo, es en la segunda mitad del siglo xi cuando se consolida como una de las más importantes instituciones monásticas de la llamada Tierra de Campos. Propiedad de la familia Beni-Gómez, una de las más importantes del reino de Castilla y León, en 1076 fue entregado por la condesa Teresa, viuda del conde Gómez Díaz, a la orden de Cluny. Es entonces cuando, convertido en priorato, comienza su etapa de mayor prosperidad, que no se verá detenida hasta la segunda mitad del siglo siguiente. En este periodo, San Zoilo de Carrión fue, junto al también priorato de Nájera, el centro espiritual y financiero más importante de la abadía de Cluny. La Baja Edad Media trajo consigo la decadencia de la institución, que sólo se detuvo en el siglo xv con su ingreso en la congregación de Valladolid.
En los últimos años, este conjunto monumental ha experimentado un proceso de recuperación, que culminó en 1993 con el descubrimiento de la magnífica portada occidental de su desaparecida iglesia románica. En un excelente estado de conservación, mejora el conocimiento que se tenía de las obras llevadas a cabo a fines del siglo xi en los reinos occidentales de la Península. Posteriormente, algunos otros restos han ayudado a conocer mejor la realidad material de esta edificación, que presentaba una elaborada fachada occidental con dos torres. En la primera mitad del siglo xvii se sustituyó por la que hoy contemplamos. Asimismo, en 1537 comenzó a reemplazarse el viejo claustro románico por un excepcional conjunto cuya iconografía evoca, con un carácter reivindicativo, las aportaciones de la orden de San Benito a la historia de la Iglesia. Se concluyó en 1577.
El conjunto monumental ha desempeñado diversas funciones desde la exclaustración monástica acontecida en 1835. Adquirido por la Compañía de Jesús en 1851, y convertido posteriormente en Seminario de la diócesis, tras algunos años de abandono desde comienzos de esta década es sede de un hotel y se está procediendo a su completa recuperación.
Con motivo de unas obras de acondicionamiento, en agosto de 1993 apareció, en un magnífico estado de conservación, la portada oeste de la iglesia románica, oculta desde fines del siglo xviii. Aunque se ha perdido la que sería su portada principal (la septentrional, sustituida en el siglo xvii por la actual), esta otra es una buena muestra de las obras escultóricas realizadas en el monasterio hacia 1100. Se articula mediante dos columnas acodilladas en cada una de las jambas y arquivoltas, que alternan la rosca plana con gruesos boceles. El capitel exterior izquierdo agrupa en sus dos caras cuatro figuras dispuestas por parejas que portan bandejas, sobre las que aparecen los bustos de otras esculturas aladas y más pequeñas, que sustentan libros (atributo de los profetas) y están en actitud de bendecir.
En la zona superior, centrando la composición, se observan cabezas de leones (símbolo de Cristo) y, a ambos lados, amplias volutas anudadas. Como en todos los personajes de la portada, son característicos los amplios y carnosos rostros ovalados, con cierta tendencia al prognatismo, y la ausencia de pupila en los ojos. Se trata, quizá, del capitel más sorprendente del conjunto, tanto por su composición como por su acusado tratamiento de bulto. La escena representada, de difícil identificación, pudiera estar en relación con la primitiva advocación del monasterio: San Juan Bautista. El capitel interior izquierdo introduce parejas de reptiles alados de cola serpenteante, y en su cara oculta es posible percibir una serpiente, dispuesta también en sentido vertical. El interior derecho nos muestra la escena de Balaam sobre la burra (Números, 22, 1-38), escena que, por su contenido de esperanza en la salvación, fue bastante común durante el románico, y está presente tanto en el panteón de San Isidoro de León como en la catedral de Jaca. En la cara oculta por el muro se adivina la figura de un ave. En el capitel exterior derecho se representa una escena de vendimia, en cuya parte superior se incluyen unas enigmáticas figuras, reducidas a manos y cabeza, que sustentan los tallos.
Paradas en el camino. Etapa 7
Villalcázar de Sirga . Carrión de los Condes . Sahagún
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