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El Camino de Santiago

2. Sangüesa/Zangoza

Sangüesa (Zangoza), etapa importante de la ruta jacobea desde mediados del siglo xii, debe su origen y desarrollo a su situación en una encrucijada de caminos entre la Montaña y la Ribera, lo que propició asentamientos humanos en la zona desde época romana, como atestiguan los diferentes yacimientos arqueológicos descubiertos.

A comienzos de la Edad Media se establece un primer grupo sobre un escarpe rocoso, identificado con la actual Rocaforte, que se convierte en plaza fuerte, primero contra el islam, y después frente al naciente Reino de Aragón. La historiografía denominó a esta villa «Sangüesa la Vieja» en contraposición con «Sangüesa la Nueva», apelativo con el que pasó a referirse al nuevo burgo que comenzó a formarse en la orilla izquierda del río Aragón a partir de 1122, por iniciativa de Alfonso el Batallador, y al que concedió en la misma fecha un fuero idéntico al de Jaca. El rápido florecimiento económico de «Sangüesa la Nueva» determinó el progresivo abandono del núcleo primigenio en favor de la ciudad recién fundada.

Alfonso I la puso bajo la tutela de la Orden de San Juan de Jerusalén, que ejerció su influencia hasta 1351. Antes de concluir el siglo xii, contaba ya con una muralla que protegía las parroquias de Santa María y Santiago. El crecimiento extramuros de nuevos barrios obligó, a mediados del siglo xiv, a derribarla y a levantar un recinto fortificado mayor. Destruida en 1787 por un desbordamiento del Aragón, fue reconstruida en el mismo lugar a pesar de un proyecto de desplazamiento elaborado a petición de los ministros de Carlos III. Contó siempre con representación en las Cortes del Reino.

De la importancia de la sociedad sangüesina es testimonio un rico muestrario de palacios que nos ilustra de su historia urbana desde fines del Medievo hasta el siglo xviii. Destacan el Palacio de la Encomienda, también conocido como del Príncipe de Viana, de estilo gótico; la Casa Consistorial, construida en 1570; la Casa de los Sebastianes y la Casa de París, en la que se hospedó San Francisco Javier en su época de estudiante.

Entre sus edificios religiosos destacan la iglesia de Santa María la Real (siglo xii), San Salvador (siglos xiii-xiv), el convento de San Francisco de Asís (mediados del siglo xiii) y la iglesia de Santiago (siglos xii-xiii).

En sus proximidades se encuentra el Castillo de Javier.

Santa María la Real

Situada junto al puente sobre el río Aragón, al pie de la Rúa Mayor que recorrían los peregrinos. En este lugar existía un oratorio dedicado a la Virgen que formaba parte del palacio real, donado por Alfonso el Batallador en 1131 a los caballeros de San Juan de Jerusalén. Sus nuevos propietarios procedieron a la construcción del templo basilical que aún hoy podemos contemplar, y cuyas obras se dilataron en el tiempo.

De esta época son los tres ábsides de su cabecera, de planta semicircular con tramo previo, cubiertos con bóvedas de horno y cañón respectivamente. Al exterior, contrafuertes, ventanas y modillones siguen modelos próximos al románico jaqués. En un segundo momento, entre fines del siglo xii y los inicios de la siguiente centuria, prosiguen los trabajos, que estaban interrumpidos a la altura del transepto, con la edificación de este, de las tres naves con sus dos tramos cubiertos con bóvedas de crucería simple apoyadas en pilares compuestos, y de la gran portada meridional. Finalmente, en una tercera etapa, se erigió la esbelta torre octogonal gótica sobre el crucero, con tres pisos calados por vanos apuntados y coronamiento almenado rematado en flecha pétrea.

En el muro del evangelio fueron añadidas, en diferentes épocas, capillas laterales y en el tramo de los pies se dispuso el coro en alto sobre arco rebajado.

En su interior se conservan obras de notable interés artístico, entre las cuales cabe destacar la imagen de la Virgen de Rocamador, una de las tantas que, por influencia francesa, se difundieron en España especialmente a lo largo del Camino de Santiago. En la sacristía se guarda una hermosa custodia procesional en plata sobredorada, realizada por los orfebres sangüesinos de los últimos años del siglo xv.

Portada meridional

La gran portada del transepto meridional de Santa María la Real, configurada en forma de retablo pétreo, es de todas las grandes fachadas del románico hispano una de las que muestra un mayor sentido laberíntico y acumulativo de sus imágenes, en la que parece como si se hubiese tenido miedo a dejar un solo fragmento del paramento sin cubrir con escultura.

La decoración se estructura en dos cuerpos. El principal, tal vez inspirado en el Pórtico Real de la catedral de Chartres, comprende la puerta de ingreso en arco apuntado con arquivoltas talladas en sentido longitudinal, tres parejas de estatuas-columna en cada jamba, el tímpano y las enjutas. El tema principal, en el tímpano, nos muestra la imagen de Cristo Juez, flanqueado por los elegidos y los condenados.

Esta visión del juicio se dispone sobre una arcada que cobija la representación del colegio apostólico centrada por la Virgen con el Niño sobre sus rodillas. Un detalle iconográfico de interés es la figuración entre los diferentes motivos de las enjutas de una saga escandinava: la protagonizada por el héroe Sigurd, vencedor con su espada Nothung del dragón Fafner, escenas todas presentes en la portada, incluido el momento en que el herrero Regin procede a la forja del arma milagrosa.

Esta parte inferior de la fachada, que debemos fechar dentro del último tercio del siglo xii, es obra de Leodegarius, un maestro considerado de origen francés, quien nos dejó su nombre en la estatua-columna de la Virgen: «MARIA MATER XPI LEODEGARIUS ME FECIT», (‘María, Madre de Cristo. Leodegarius me hizo’). Las restantes columnas de la jamba izquierda representan a María Magdalena y María Jacobi. En la jamba derecha: San Pedro, San Pablo y Judas.

El cuerpo superior se decoró con un nuevo apostolado, dispuesto en dos pisos y cobijado bajo arcadas, presidido por la Majestad rodeada por los símbolos del Tetramorfos. Su estilo, en este caso, es deudor de los talleres aragoneses que trabajaron en el claustro de San Juan de la Peña, pero interpretado de modo no sólo torpe, sino también arcaizante. Su cronología debemos fijarla hacia 1200.

Iglesia de Santiago

Este edificio es de origen románico, y su fábrica original fue totalmente transformada durante la segunda mitad del siglo xiii para facilitar el apeo de una estructura gótica que sigue las fórmulas de la colegiata de Roncesvalles (Orreaga). Se menciona en un documento pontificio del 26 de febrero de 1144.

Tiene planta basilical de tres naves, la central más alta que las colaterales, de cuatro tramos cada una, cubiertas con bóveda de crucería simple, y cabecera de tres ábsides semicirculares; se conserva el perímetro original románico en los ábsides central y del evangelio.

El acceso se realiza por el lado occidental con portada, de concepción románica todavía, que presenta en su tímpano una bella imagen de Santiago, ataviado como peregrino y sobre peana avenerada, con importantes restos de policromía, (ca. 1600). El conjunto se recompuso con una decoración pictórica del siglo xviii, que representa a ambos lados del Apóstol a dos peregrinos arrodillados, cuyo estado de conservación es deficiente. Frente a la iglesia, la casa abacial muestra en una de las dovelas de su portada los atributos de la peregrinación.

En el interior, en la capilla del ábside meridional, se venera otra escultura en piedra de Santiago el Mayor, encontrada en 1964 bajo el suelo de la iglesia. Obra de gran tamaño (casi dos metros), muestra al Apóstol con un libro en su mano izquierda y el bordón de peregrino en la derecha, algo mutilada. Su estilo está muy cercano al del maestro que realizó el tímpano del Juicio Final en la vecina iglesia de San Salvador, (ca. 1300).

Iglesia de San Salvador

Durante la segunda mitad del siglo xiii, el crecimiento demográfico de Sangüesa (Zangoza) obligó a sus habitantes a superar los límites impuestos por la antigua cerca existente. En la zona meridional de la villa se crea entonces el denominado barrio de La Población, para cuyo servicio se levantará un nuevo templo bajo la advocación de San Salvador. Según consta en los documentos, la iglesia estaba ya en obras en 1292.

Siguiendo un esquema planimétrico presente en otros edificios navarros del momento como Santa María de Olite (Erriberri), Santa María del Pópolo, en San Martín de Unx o San Salvador de Gallipienzo (Galipentzu), se trata de un templo realizado en sillería, de cabecera poligonal cubierta por bóveda de paños, y nave única dividida en seis tramos, con bóvedas de crucería en las que destacan los motivos figurados de sus claves centrales. Grandes vanos alancetados, calados en el muro sur, proporcionan iluminación al interior. En el muro frontero, el norte, se abrieron en el siglo xvii dos capillas dedicadas a la Conversión de San Pablo y a San Sebastián, respectivamente. Hacia los pies, ocupando dos tramos de la nave, se construyó en el siglo xvi un coro en alto sobre arco escarzano de gran luz, sostenido en su punto central por columna acanalada que parte de una pila de agua bendita. Destacan en él el remate del friso, con relieves de angelotes y guirnaldas de inspiración plateresca, los medallones con los bustos de San Pedro y San Pablo, alojados en las enjutas, y el complicado entrecruzamiento en forma de estrella de los nervios de la bóveda del sotocoro.

El acceso se realiza por el hastial occidental. Cobijada por amplio pórtico añadido en el xvi, la portada remite a esquemas estilísticos e iconográficos de fines del siglo xiii y principios del xiv. Bajo rosetón de tracería gótica, seis arquivoltas en arco apuntado, apeadas sobre otras tantas columnillas rematadas por faja corrida de capiteles con motivos vegetales, sirven de marco a tímpano y dintel. Sus imágenes representan el tema del Juicio Final. En los extremos de las jambas, aún se conserva un decorativo friso de arquillos trilobulados, distribuidos en dos pisos, presentes también en otros edificios góticos del entorno.

Preside el tímpano un Cristo Juez sedente, con los brazos levantados y las palmas vueltas hacia el espectador, mostrando las llagas de la Pasión. Queda flanqueado por otras cuatro figuras, dos a cada lado. Las dos más próximas son otros tantos ángeles portando los instrumentos del martirio, los denominados arma Christi: la cruz y la corona de espinas uno, la lanza y lo que parece ser un haz de clavos el otro. La pareja restante, ocupando los extremos y arrodillados para adaptarse al marco arquitectónico que los alberga, son la Virgen y San Juan en su papel de intercesores de la Humanidad. Bajo ellos, los relieves del dintel comienzan con la Resurrección de los Muertos, en el que los hombres, saliendo de sus tumbas, se ordenan en un cortejo de implorantes en el que no faltan reyes, obispos y monjes, que miran suplicantes con las manos enlazadas al Juez sentado sobre ellos. Cierra la secuencia el castigo de los impíos, arrojados por demonios a una caldera llameante que surge de la boca de un feroz Leviatán. En las arquivoltas, tres ángeles —aunque seguramente debieron ser cuatro— tocan sus trompas convocando al Juicio.

Del mobiliario existente en el interior del templo, cabe reseñar el retablo mayor, de estilo romanista, contratado en 1608 a los escultores Juan de Berroeta y Juan de Alli, junto con el ensamblador Juan de Echenagusía. Más antiguo aún, conserva también el tríptico del siglo xv dedicado a San Antonio Abad entre los santos Cosme y Damián, con las representaciones del Ecce-Homo entre santos y Padres de la Iglesia en el banco. Procedente de la ermita de Nuestra Señora del Camino, fue trasladado hasta aquí en 1920.

Castillo de Javier

Desde Leyre (Leire) y en su camino hacia Sangüesa (Zangoza), los peregrinos discurrían por una cañada conocida como «Cañada Vieja de los Roncaleses» que llegaba hasta Javier. Sencilla atalaya aislada en el siglo xi, su villa y fortaleza se incorporaron definitivamente al Reino de Navarra al ser entregadas a Sancho el Fuerte en 1223 por el infante Fernando de Aragón como garantía de préstamo.

El enclave cuenta con el interés añadido de ser el lugar de nacimiento de San Francisco Javier (1506-1552), patrono de Navarra, lo que ha dado lugar a que se convierta en un nuevo centro de peregrinación de los navarros, que acuden a él en las tradicionales «Javieradas», celebradas el fin de semana coincidente con la Novena de Gracia (del 4 al 12 de marzo).

De todo el conjunto destacan su castillo, restaurado siguiendo criterios historicistas hacia 1890 y al cual se adosó una basílica de líneas neogóticas, y la iglesia de Santa María, edificio levantado a comienzos del siglo xviii sobre el solar ocupado por otra construcción bajomedieval hoy desaparecida. En su interior se conserva la pila bautismal gótica, en la que según la tradición fue bautizado San Francisco Javier.

Santa María la Real, en Sangüesa (Zangoza). Portada meridional. Detalle del tímpano: representación de la pesada de almas por San Miguel y a su lado, el infierno

Paradas en el camino. Etapa 2

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