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El Camino de Santiago

2. San Juan de la Peña

Monasterio

Al igual que muchos monasterios, su origen se encuentra en un eremitorio rupestre sobre el cual fue conformada una comunidad de monjes. Ubicado en la sierra del mismo nombre, en pleno corazón del condado de Aragón, junto al monasterio de Leyre (Leire), pronto se convirtió en la institución religiosa con más prestigio del reino de Navarra. De este modo el monarca navarro Sancho III el Mayor (1004-1035), en contacto con los ambientes reformistas alentados por Oliva (abad de Ripoll y obispo de Vic), impulsó la renovación monástica del reino apoyándose en San Juan de la Peña. Una comitiva de monjes a la cabeza del abad Paterno fue enviada a Cluny en Borgoña con el objetivo de formarse en los usos establecidos por esa abadía. A su regreso se procedió a reformar las más importantes abadías del reino: Leyre (Leire), Irache (Iratxe), San Millán y Oña.

Desde su fundación, el monasterio se convirtió en un destacado panteón funerario, en el que fueron inhumados varios monarcas del reino de Aragón, creado por Ramiro I. Durante el reinado de su primogénito, Sancho Ramírez, San Juan de la Peña volvió a ser noticia protagonizando la reforma ritual, a partir de la cual se sustituyó la liturgia hispánica por la romana. Como resultado de esta trayectoria se produce una enorme expansión de su dominio —tan sólo detenida en el siglo xii—, y se edifican la iglesia y el claustro (en estilo románico) dentro del exiguo recinto del monasterio.

El monasterio se benefició de la expansión territorial del reino hacia el sur, a pesar del desplazamiento del centro político del reino de Jaca a Huesca en 1098, y algunos años después, a Zaragoza (1118). Recibió muchas propiedades que incrementaron su patrimonio. Desde mediados del siglo xii comenzó un lento declinar que se hizo más patente durante los siglos xiii a xiv. De ese periodo arranca la tradición que sostiene que en el monasterio se atesoraba el Santo Grial, el cáliz de la Última Cena, conservado por José de Arimatea. En la actualidad, esta pieza se encuentra en la catedral de Valencia. En época moderna la comunidad monástica financió la construcción de un nuevo y amplio monasterio en la parte alta de la peña. Allí se mantuvo hasta la Desamortización del siglo xix.

Iglesia y claustro

El despliegue de las diferentes construcciones estuvo fuertemente condicionado por la cueva natural en la que se fundó el monasterio. Desaparecidas las construcciones primitivas, la edificación más antigua que se conserva es una iglesia de sillería con planta de dos naves a la que se añadió una amplia sala en su flanco septentrional. Todo ello se cubrió con bóvedas de medio cañón. Aunque no hay datos que permitan asegurar la fecha a la que pertenece esta primera fase, parece que podría situarse en torno a la primera mitad del siglo xi, periodo en el que el monasterio comienza a tener un destacado protagonismo institucional.

Dado lo exiguo del espacio existente, estas construcciones sirvieron de plataforma sobre las que se fundamentaron las diversas ampliaciones posteriores. De este modo, con el crecimiento de la comunidad monástica a fines del mismo siglo xi se comenzó a edificar una nueva iglesia más espaciosa, con una cabecera de tres ábsides semicirculares.

Todo indica que fue esta la consagrada en 1094, consagración a la que asistió el rey de Aragón, Pedro I. A comienzos del siglo siguiente se constata la presencia de un artista que realizó la decoración pintada de la iglesia inferior, de la que quedan escasos restos. Estos restos se han emparentado estilísticamente con el ábside del priorato cluniacense de Berzé-la-Ville, a escasos kilómetros de la abadía madre.

A fines del siglo xii pertenecen las dos arquerías claustrales con capiteles historiados que se encuentran en el lado meridional de la iglesia alta. La actividad del maestro responsable ha sido identificada en otros edificios del contorno entre los que destacan Santa María la Real de Sangüesa (Zangoza), Santiago de Agüero, San Pedro el Viejo (Huesca) o algunos templos de la comarca de Cinco Villas. En realidad debe de tratarse de un taller que, caracterizado por realizar unas típicas figuras achaparradas de amplios y resaltados ojos, acabó disgregándose. En San Juan de la Peña hay que destacar escenas tan conseguidas como La última cena o La huida a Egipto.

Contiguo a la iglesia alta y empotrado en la roca, también ha llegado hasta nosotros, aunque muy transformado, el panteón funerario de la monarquía aragonesa. La mayor parte de los restos fueron trasladados a una capilla funeraria construida en el siglo xviii en estilo tardobarroco.

Claustro del monasterio de San Juan de la Peña y capilla de San Voto

Paradas en el camino. Etapa 2

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