Situada sobre el río Arga, presenta orígenes remotos. La Pompaelo romana fue fundada por el general Pompeyo entre el 75-74 a. C. Su importancia estratégica hace que sea codiciada por los diferentes poderes políticos desarrollados tanto en la Península como allende los Pirineos, y el propio Carlomagno aparece como su señor en el 778.
Su historia medieval es compleja. Entre los siglos x y xii asistimos a lo que se ha llamado reino de Pamplona, centro de poder que aunaba la oposición de la zona contra el islam. Junto a la antigua ciudad, destruida por Abd al-Rahman III en el 924 y conocida con los nombres de Iruña y de la Navarrería, nacen en el siglo xi el burgo de San Cernín, formado principalmente por inmigrantes «francos», la población de San Nicolás, y el burgo de San Miguel. Las rivalidades económicas surgidas entre todos estos lugares, junto a los diferentes problemas políticos en juego (apoyo y oposición a la línea francesa en el trono navarro), desencadenan el conflicto y la destrucción de la Navarrería en 1276.
Resueltos los diferentes problemas que se cernían sobre Pamplona (Iruña), el siglo xiv será un periodo de esplendor. Se reconstruye la ciudad, se levanta buena parte de la catedral que hoy contemplamos y, junto a la aparición de una floreciente judería en la zona del casco urbano anteriormente destruido, se la dota de un mercado propio y dos ferias anuales. El Privilegio de la Unión dado por Carlos III el Noble en 1423, supuso la paz y la fusión en una única entidad de los diversos nucleos medievales en discordia.
Durante los siglos xv y xvi, se ve de nuevo sumida en la guerra ante las pretensiones francesas al trono navarro. La construcción de una importante ciudadela en 1571, junto al fortalecimiento posterior del recinto amurallado de la ciudad, hace que Pamplona (Iruña) se convierta en un importante punto defensivo y de apoyo a la frontera.
Entre sus monumentos debemos destacar la catedral, los templos de San Saturnino y de San Nicolás, los edificios civiles (el antiguo hospital, hoy Museo de Navarra, el Palacio del Virrey, la Cámara de Comptos…) y otros de carácter militar (como la ciudadela y las murallas), sin olvidarnos de un sinfín de templos, conventos y construcciones realizadas desde el siglo xvi hasta nuestros días.
Por último, es obligado citar sus Sanfermines, fiestas dedicadas al patrón de la ciudad, San Fermín, con sus internacionalmente famosos encierros taurinos.
Sobre un templo románico anterior del que se conservan pocos restos y varios de sus bellísimos capiteles del claustro (Museo de Navarra), se inicia la catedral gótica bajo el reinado de Carlos el Noble, a fines del siglo xiv tras el hundimiento acaecido en 1390. Los trabajos se continuaron a lo largo de la centuria siguiente hasta su conclusión.
Presenta planta de cruz latina, de tres naves de seis tramos, flanqueados por capillas entre contrafuertes, transepto y cabecera poligonal provista de girola. Salvo las bóvedas del presbiterio y del crucero, que son estrelladas, el resto del templo se cubre con bóvedas de crucería sencilla, provistas de un nervio central o ligadura.
El carácter general del edificio es de una gran sencillez y escasa decoración escultórica, aunque cuando aparece esta es de gran calidad, como en la cara exterior de la «puerta preciosa» que conduce al claustro, con la virgen de su parteluz y el relieve de la Adormición de la Virgen representado en su tímpano.
En el centro del crucero se encuentran los sepulcros de Carlos el Noble y su esposa Leonor de Castilla esculpidos por Johan de Lome y su taller. Estaba formado por artistas que procedían principalmente de los Países Bajos y de Borgoña. La calidad de este monumento funerario de alabastro es excelente; destacan el realismo de los yacentes y el naturalismo de las esculturas dispuestas en los frentes de la tumba.
El claustro, ubicado al sur de la iglesia, tiene ocho tramos en cada uno de sus lados, cubiertos por bóvedas de crucería. Sobresale por las ricas tracerías gótico flamígeras de sus galerías, y por la bella capilla del obispo Barbazana, de planta cuadrada que se cubre por una bóveda estrellada. En su flanco norte se halla el refectorio, cuya gran pintura mural realizada por Juan Oliver en 1335, se conserva en el Museo de Navarra.
La fachada neoclásica de la catedral, con su gran pórtico flanqueado por dos grandes campanarios, fue realizada en el siglo xviii por el arquitecto Ventura Rodríguez.
Tradicionalmente se considera que el introductor del gótico en la pintura navarra fue Johannes Oliveri, autor que firmó la gran pintura mural del Refectorio de la Catedral de Pamplona (Iruña).
Entendida como un gran retablo, por pervivencias anteriores, su disposición se estructura en tres diferentes pisos con escenas de la vida y pasión de Cristo; en el centro, la Crucifixión. Las figuras, cuyo tamaño es la mitad del natural, con posturas incluso exageradamente retorcidas (es destacable la de la Virgen en el Calvario), nos hablan ya del patetismo y la tensión del xiv; aunque en general prevalece lo bello sobre lo dramático. Esta cronología se corresponde con la expresividad de sus cabezas, la sensibilidad plástica de los pliegues de los ropajes, o las arquerías trilobuladas de arcos apuntados que rematan las escenas.
En la predela, los escudos de la Casa Real de Navarra, el del obispo que construyó el refectorio, Arnaldo de Barbazán, el de Gastón II, conde de Foix-Bearn y el del arcediano Miguel Sánchez Asiaín; en los laterales a manera de «guardapolvo» profetas con filacterias que descubren su identidad. La leyenda en caracteres góticos que enmarca las escenas nos da el nombre de la persona que encargó la obra (Juan Périz de Estella), del autor, y también la fecha (1330).
Dentro del mismo Refectorio, Juan Oliver es también el autor de una cabeza de Cristo sobre el tímpano de la puerta del púlpito.
En ambas obras, su técnica es mixta, con una preparación al fresco y terminaciones al seco. En el ámbito del gótico lineal, donde el color juega un papel secundario frente a la línea del dibujo, estas pinturas se han relacionado con las del crucero de la abadía de Westminster, o con las miniaturas inglesas de esta época. Su alta calidad sitúa a su autor entre los grandes pintores góticos hispanos.
En el claustro existían otros ciclos de pinturas murales navarras en peor estado de conservación, pero probablemente coetáneos con el anterior, que ocupaban el lado oriental, el meridional con el refectorio y el lado norte. En la actualidad, la mayoría de ellas, arrancadas y traspuestas a soporte rígido, se exponen en el Museo de Navarra. Entre ellas destaca un gigantesco Árbol de Jessé, donde se narra la genealogía de la Virgen. La serie de personajes que puebla el árbol, de siete metros de altura, aparece más rígida y con menor lirismo que la pintura del refectorio.
Aunque en los pueblos y ciudades de España, es más normal encontrarnos con torres, puertas y recintos amurallados realizados durante los siglos medievales, en Pamplona (Iruña) nos hallamos ante un interesante modelo realizado en la Edad Moderna.
La construcción de su ciudadela se inicia en 1571, durante el reinado de Felipe II, por Giacomo Palear y el virrey Vespasiano Gonzaga. Se trata de uno de los ejemplos de arquitectura castrense del Renacimiento más interesantes de España y copia el prototipo de Amberes: cuenta con planta pentagonal y baluartes en sus esquinas. En 1966 su propiedad fue cedida por el ejército a la ciudad.
El carácter estratégico de Pamplona (Iruña), y su valor como retaguardia de la frontera con Francia, marcó su dimensión militar. Durante los siglos xvi y xvii se llevó a cabo una ingente labor de amurallamiento y fortalecimiento de la población.
El ensanche urbano iniciado a fines del siglo xix conllevó la destrucción de algunos elementos defensivos de la Ciudadela, así como de buena parte de las murallas. Algunos de sus portales principales como el de Rochapea, San Nicolás o de la Taconera, fueron desmontados en las primeras décadas del siglo xx. A pesar de los derribos, todavía hoy se conservan numerosos vestigios de la importante infraestructura de fortificación que llegó a tener la ciudad pamplonica: fuerte de San Bartolomé, portal de Francia, frente oriental que se extiende desde el baluarte de Labrit hasta el de Redín, etc.
Se construye en el siglo xiii, y sustituye un templo anterior. Presenta aspecto de fortaleza, como reflejo de los conflictos civiles que asolaron la ciudad. Es de estilo gótico, aunque las numerosas reformas barrocas que recibió durante el siglo xviii modificaron su aspecto. En ese mismo periodo es derribado su claustro medieval cuando se construye la capilla de la Virgen del Camino.
De una sola nave, posee un pórtico lateral. Flanqueando la portada de ingreso, se encuentran dos esculturas realizadas en piedra, una de San Saturnino y otra de Santiago peregrino.
Fue fundado en el siglo xvi, durante el reinado de Carlos I, por el arcediano don Ramiro Goñi, quien lo puso bajo la advocación de Nuestra Señora de la Misericordia. Se trata de un edificio realizado en ladrillo, ubicado junto a las murallas. La portada renacentista, realizada en piedra por Juan de Villarreal, se terminó en 1556, según reza la inscripción que en ella se halla. Se conserva la iglesia, de una nave, construida por el mismo arcediano a mediados del siglo xvi. Se desempeñaron funciones asistenciales hasta 1932.
En la actualidad, y desde 1956, se encuentra en su interior el Museo de Navarra, anteriormente instalado en la Cámara de Comptos Reales. Sus colecciones arrancan de la Prehistoria y llegan hasta nuestros días. Entre sus ricas piezas cabe destacar la famosa arqueta de Leyre, realizada en marfil en los talleres de Córdoba a principios del siglo xi, varios capiteles del siglo xii del claustro románico de la catedral pamplonica, hoy desaparecido, o la gran pintura mural de Juan Oliver realizada en 1330, procedente del refectorio de la misma catedral, etc.
Medidas: altura, 31 cm; longitud máxima, 46 cm; anchura máxima, 30 cm; diámetro base, 18 cm.
Cronología: mediados del siglo xii (ca. 1140).
Entre los restos de la antigua catedral románica de Pamplona (Iruña) que se conservan en el Museo de Navarra, destaca un conjunto de cinco capiteles procedentes del claustro, tres figurativos y dos vegetales, de calidad y finura de talla notables, cuyo estilo se ha relacionado con la escuela tolosana del sur de Francia.
Particular interés revisten los temas iconográficos esculpidos en los tres primeros; se puede señalar, por su excepcionalidad, el dedicado a la historia de Job, donde se representan los siguientes episodios: el banquete de Job y su familia, como muestra de la felicidad y riqueza del patriarca antes de pasar las pruebas impuestas por Dios y el diablo; la pérdida de sus ganados mientras sus pastores son atacados por hombres armados y el hundimiento de su casa con la muerte de sus hijos. El ciclo finaliza con la imagen de Job, enfermo de lepra, visitado por su esposa y amigos, y recibiendo a Dios que le anuncia el fin de sus desgracias.
En los dos restantes se ha efigiado un ciclo completo de Semana Santa de iconografía más habitual. En el dedicado a la Pasión y muerte de Cristo se narran el Prendimiento, con el detalle de San Pedro cortándole la oreja a Marco; una magnífica representación del Beso de Judas; el Juicio en casa de Anás y Caifás y la Crucifixión en la que están presentes todos sus protagonistas principales: Cristo crucificado rodeado por la Virgen y San Juan, Longinos y Estefatón, y los dos ladrones que mueren con él. La narración bíblica se continúa en el último de los capiteles, dedicado a la Resurrección, con el Descendimiento; Entierro; «las Marías» ante el sepulcro vacío, y la comunicación de la Resurrección por parte de María Magdalena a San Pedro y a otros apóstoles.
Resulta francamente difícil describir en unas pocas líneas esta joya de la eboraria hispanoandalusí, realizada hace casi mil años en la Córdoba califal, y no dejarse llevar por el entusiasmo que siempre suscitan las obras maestras. Su excepcionalidad aseguró su conservación y, por ello, tras el saqueo de los palacios cordobeses con la caída del califato, peregrinó este cofre hasta el Camino de Santiago. Antes de engrosar las coleciones del Museo de Navarra, estuvo durante varios siglos en el Monasterio de Leyre (Leire), donde debido a su riqueza fue convertido en relicario; posteriormente pasó a la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa (Zangoza) y más tarde al tesoro de la Catedral de Pamplona (Iruña).
Se trata de una arqueta rectancular que se cubre con una tapa piramidal truncada (23,6 x 38,4 x 23,7 cm). Está compuesta por diecinueve placas de marfil exquisitamentes labradas. Desgraciadamente sus herrajes metálicos han desaparecido.
Destaca la articulación del cofre mediante una delicada cenefa trenzada que crea veintiún medallones circulares y polilobulados, con preciosas escenas en su interior, rodeados de un fino ataurique (decoración vegetal) de palmetas y piñas, con un sinfín de personajillos y pájaros intercalados. En dichos medallones encontramos escenas de caza, luchas entre animales, jinetes con lanza y halcón en mano, soldados atacados por leones, pavos reales, músicos, o escenas en las que aparecen importantes personajes en actitud hierática.
La inscripción cúfica (escritura muy angulosa frente a la cursiva que es más suelta) principal que rodea toda la pieza, en la base de su tapa, nos habla del año trescientos noventa y cinco de la héjira, o lo que es lo mismo del año de 1004 ó 1005 de la era cristiana, momento en el que la obra fue terminada. Debemos destacar sus otras siete inscripciones árabes, repartidas por toda la pieza, que nos permiten conocer algunos nombres de los artífices y las distintas fechas de realización de las placas. Todo ello evidencia que nos encontramos ante una gran obra de carácter áulico vinculada a la monarquía cordobesa y en la que intervinieron los más importantes artesanos de la eboraria califal.
Desde el siete hasta el catorce de Julio, se celebran cada año en Pamplona (Iruña) los Sanfermines. Sin duda, la fiesta de verano más concurrida e internacionalmente conocida de España. Iniciadas con el «chupinazo», o lanzamiento del cohete desde el balcón de la casa consistorial, estas fiestas se caracterizan por los encierros de toros.
Millares de mozos, ataviados con ropa blanca, pañuelo rojo y periódico en mano, todas las mañanas, a las ocho en punto, tras haberse encomendado al santo patrón, San Fermín, que se encuentra en su capilla de la iglesia de San Lorenzo, se echan delante de los peligrosos morlacos, provistos de sus mortales astas, por la conocida calle de La Estafeta hasta llegar a la plaza de toros.
El riau-riau (procesión de las autoridades del municipio que van desde el ayuntamiento a la iglesia de San Lorenzo), la comparsa de gigantes y cabezudos, baile, peñas y charangas, verbenas, corridas de toros, fuegos artificiales, buen vino y mejor comida, entonan este encuentro de alegría desbordante, que llega a su final el día catorce por la noche, cuando al canto del «Pobre de mí», se espera la llegada de las fiestas del año próximo, porque «ya falta menos».
Paradas en el camino. Etapa 2
Santa Cruz de la Serós . San Juan de la Peña . Leyre/Leire . Sangüesa/Zangoza . Sos del Rey Católico . Monreal/Elo . Pamplona/Iruña
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