La ciudad calceatense se sitúa en una amplia vega sobre el río Oja. Surgida entre fines del siglo xi y los comienzos del xii, su desarrollo urbano no tiene nada que ver con el crecimiento demográfico de un asentamiento previo, sino que debe su nacimiento tanto al Camino de Peregrinación, como, y sobre todo, a la voluntad de uno de los personajes más relevantes de su tiempo: Domingo de la Calzada, de quien tomará su nombre.
En estos lugares no había nada más que un bosque de encinas al que se retiró como ermitaño Domingo. Este, en su afán por ayudar a los miles de peregrinos que caminaban hacia Compostela, decidió roturar ciertas zonas para marcar un camino que condujera a un pequeño templo donde orar, a un hospital, y a un puente que facilitara el paso del caudaloso río. Sobre su tumba se conserva, hoy día, como reliquia una hoz que, según dice la tradición, fue la empleada por el santo para talar las encinas.
De este modo, la calzada, el puente y el hospital se convirtieron en un polo de atracción para los habitantes de la comarca que comenzaron a establecerse en los alrededores. En torno a la iglesia (consagrada en 1106) y sepulcro de Santo Domingo, al pie de la ruta hacia Santiago, se trazó la actual calle Mayor, en lo que se conoció como «barrio viejo».
En pocos años, este incipiente núcleo de población comenzó a tener una realidad social y urbana propia: surgió el Concejo de Santo Domingo, mencionado por primera vez en los cartularios el año 1136; en 1162 el abad Pedro y el cabildo cedieron unas tierras entre el hospital y el puente para la construcción de nuevas casas surgió el llamado «barrio nuevo», urbanizado por el maestro Garsión; en 1207 se le concedió el fuero de Logroño; y finalmente, en 1333, la villa alcanzó el título de ciudad mediante un privilegio otorgado por Alfonso XI.
Este espacio estaba delimitado y defendido por un importante circuito de murallas de buena sillería, levantadas entre los siglos xiii - xiv y perdidas en gran parte en la actualidad. Fuera de ellas, con el tiempo, comenzaron a surgir los arrabales.
De su patrimonio monumental debemos destacar: el monasterio cisterciense de las MM. Bernardas (primera mitad del siglo xvii); la ermita de la plaza (trazada en el siglo xiv y con obras importantes en los siglos xvi y xviii); el monasterio de San Francisco (mediados del siglo xvi) y la catedral.
A las afueras de la ciudad, el Camino cruza el río Oja; para vadearlo, en un principio, santo Domingo construyó un puente de madera (levantado en colaboración con san Gregorio de Ostia) y después otro de piedra que sustituyó al anterior. El puente que existe en la actualidad es moderno.
La obra original sufrió diversas restauraciones antes de que acabase la Edad Media. En 1483, Isabel la Católica concedió franquicias a quienes contribuyesen a su reparación. Ya en el siglo xvi, se construyó uno nuevo según trazas de Juan de Herrera. A lo largo de su historia, varias crecidas del Oja han puesto a prueba la firmeza de sus cimientos; una de las más importantes fue la acaecida en 1775, en la que la fuerza del agua arrastró cuatro de sus siete ojos y dejó seriamente dañados los tres restantes.
El enorme esfuerzo que debió de suponer la construcción de un puente de estas características en el siglo xi, lo ha dotado de valor simbólico para la conciencia popular, que lo ha erigido en escenario de alguno de los milagros más famosos atribuidos al santo.
Por otra parte, hay que añadir que el puente sobre el río Oja ha sido tan significativo para la ingeniería civil española que su constructor, santo Domingo de la Calzada es, en España, el patrón de los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.
La creación de un hospital fue un factor básico para la labor asistencial y en el nacimiento de la ciudad. Este debió de ubicarse en la actual plaza de la catedral, pero del edificio primitivo promovido por santo Domingo nada queda, pues los restos conservados corresponden a una construcción posterior, de época bajomedieval.
Su estructura era de planta basilical, con tres naves, la central más ancha y alta que las colaterales. Las naves se dividían por medio de gruesos pilares octogonales sobre los que volteaban arcos apuntados. La ausencia de bóvedas indica una posible cubierta de madera. En el siglo xviii recibió una segunda planta y un patio porticado, en cuyo centro todavía permanece el pozo medieval. La puerta, orientada hacia el norte, se abre hacia la nave central, mientras que dos ventanas laterales iluminarían las otras dos naves. Con la restauración del edificio se desmanteló una capilla que se encontraba en la planta baja y en la que podían orar los peregrinos que en él se albergaban. En 1966 fue transformado en Parador Nacional de Turismo.
Es posible que todavía en vida del santo se creara ya una asociación cuya finalidad era servir a las necesidades de este hospital y a las de todos aquellos que a él acudiesen. Integrada desde sus orígenes tanto por hombres como por mujeres, religiosos o seglares, la cofradía llega hasta nuestros días con una tradición hospitalaria de más de nueve siglos de antigüedad. Obligados a trasladarse de su primitivo emplazamiento tras su conversión en parador, a comienzos de 1968 adquirieron la antigua casa del marqués de Ciriñuela, en la calle Mayor, que después de sucesivas reformas ha quedado convertida en nueva sede de la cofradía y en albergue.
Hacia 1098, Alfonso VI donó a santo Domingo un solar para que edificara una primera iglesia, que fue consagrada en 1106 por el obispo de Nájera, don Pedro Nazar, y dedicada al Salvador y a Santa María en el misterio de la Asunción. La gran afluencia de peregrinos, que acudían para venerar el cuerpo del santo fundador, hizo que pronto se quedase pequeña. Así, hacia 1158 según unos autores, o diez años más tarde con la colocación de su primera piedra por el monarca Alfonso VIII se emprendieron las obras de construcción de una nueva iglesia.
Consta de tres naves con transepto, y está rematada hacia oriente por una cabecera con girola de siete tramos (a los que se abrían tres absidiolos semicirculares, de los que hoy sólo se conserva el central). Sobre la cabecera se dispuso una sorprendente tribuna cubierta con cuarto de cañón. Estas obras debían de estar ya bastante avanzadas hacia 1180, cuando comenzaron a celebrarse allí los primeros oficios y se produjo el traslado de la sede episcopal desde Nájera.
Cabecera y transepto se realizaron en este momento del tardorrománico, aunque el trazado original fue muy transformado entre fines del siglo xv y principios del xvi, debido a un desplome y a los trabajos de recubrimiento de la capilla mayor con una espectacular bóveda estrellada (realizada entre 1529 y 1531 por Juan de Rasines). Destacan en esta zona, los frentes de las pilastras del deambulatorio, en los que se talló, a modo de retablo de piedra, un Árbol de Jesé.
Las naves corresponden ya al estilo gótico; sus muros están realizados con sillares de arenisca, al igual que los soportes. Los soportes son de núcleo cruciforme con columnas adosadas en los frentes y en los codillos; sobre ellos voltean las bóvedas de crucería: cuatripartita sencilla, en las laterales, y octopartita, en la central. En el siglo xiv, las obras llegaron ya hasta los pies del templo y se realizaron el claustro y la sala capitular.
En el interior, cabe destacar, en el brazo norte del transepto, el retablo de Damián Forment, y en el sur, el sepulcro de Santo Domingo y el gallinero, testimonio del famoso milagro.
En el exterior llama la atención la torre exenta, de sesenta y nueve metros, construida por Martín de Beratúa y acabada hacia 1766.
Cuando se retiró, para su limpieza y restauración, el magnífico retablo de Damián Forment que presidía el altar mayor, hace ahora cerca de un lustro, salieron a la luz una serie de esculturas dispuestas en el frente de los cuatro soportes centrales de la girola. Las características técnicas y estilísticas de estas esculturas señalaban una fecha cercana al 1200. La decoración de estas placas alterna los motivos vegetales (en las pilastras primera y tercera) con la representación de figuras monumentales (en la segunda y la cuarta).
Entre los personajes que decoran estas dos últimas se encuentra la representación del rey David, que tañe un instrumento de cuerda; Jesé, su padre, de cuya cabeza parte una especie de tronco o rama; el profeta Isaías, identificado como tal por una inscripción tallada en su nimbo; la Virgen y un ángel, que conforman una Anunciación; todo coronado por una Trinidad: Dios Padre, que sostiene en su regazo al Niño, mientras que sobre su cabeza despliega las alas la paloma del Espíritu Santo.
La presencia de toda esta serie de personajes, dispuestos jerárquicamente en sentido ascendente e intercalados por elementos vegetales a modo de tallo, nos indica que estamos ante una representación del Árbol de Jesé, motivo que representa plásticamente la genealogía de Cristo, según la narra san Mateo al comienzo de su Evangelio, y que toma la metáfora vegetal de una profecía de Isaías, que anuncia al pueblo de Israel el nacimiento del Mesías: «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará».
Hasta el reciente descubrimiento de estos relieves calceatenses, los únicos ejemplos conocidos de Árbol de Jesé en la escultura tardorrománica hispana se encontraban en un machón del claustro burgalés de Silos y en el parteluz del Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela.
Sobre la construcción de este retablo se posee abundante documentación: por ejemplo, se sabe que Damián Forment, «vecino de la ciudad de Çaragoza», presenta el proyecto para su realización el 30 de noviembre de 1537, por un valor de 2.700 ducados. Forment era el autor de los retablos del Pilar, la catedral de Huesca y el monasterio de Poblet. Aconsejado por Felipe Vigarny (que conocía sobradamente al escultor, ya que tenía a su hijo como aprendiz en el taller del aragonés), el Cabildo lo acepta y comienzan los encargos del material necesario.
La armadura será de pino; la escultura, de nogal, dorada y policromada por Andrés de Melgar; el sotabanco (con dos escenas a los dos lados del altar) de alabastro, el material preferido por Damián Forment. Cuando en 1540 muere el escultor, la obra está prácticamente acabada.
El retablo se conforma siguiendo la planta medieval del ábside, y está dedicado al culto de la Eucaristía, aunque se le denomine «del Salvador» o, según Ochagavía, «de la Santísima Trinidad». En él se combina la escultura de bulto redondo con la de alto relieve, en las escenas principales, y de bajo relieve, en las cornisas y elementos arquitectónicos. En el banco, y separadas por los evangelistas en columnas, como pilares de la Fe, se representan escenas de la Pasión.
En la calle central y de abajo a arriba, se sitúa la Trinidad, la Ascensión de la Virgen (exaltación de la humanidad) y, sobre ella, un expositor con una custodia, rodeado de ángeles (el triunfo de la Eucaristía). Las escenas que componen las calles laterales son escenas de redención: la Anunciación, el Nacimiento, la Adoración de los Reyes, la Presentación en el templo. Curiosamente, no remata con la Crucifixión.
En paralelo con ese mundo de iconografía ortodoxa, planificada y contratada por unos prelados con una gran cultura teológica, en las zonas de frisos y cornisas todo un mundo de fantasía mitológica se despliega ante los ojos del espectador.
En el brazo sur del transepto se encuentra el mausoleo que acoge los restos de santo Domingo de la Calzada. La tradición cuenta que fue el propio santo quien se hizo construir su sepulcro junto a la pequeña iglesia levantada por él y al aire libre. Para preservarlo de las pisadas de los animales, se cubrió con una rústica empalizada de ramas de encina. Posteriormente, su túmulo se trasladó al interior de la catedral y se construyó la actual capilla para albergarlo.
La cama está coronada por la estatua yacente del santo, de unos dos metros de longitud, y es uno de los mejores ejemplos de escultura funeraria del románico (fines del siglo xii). En los costados, tallados en alabastro, se muestran los principales milagros atribuidos a santo Domingo: el castigo que sufre el pastor que introducía constantemente su rebaño en el huerto del santo; la resurrección del hijo de los peregrinos; el reparto de pan a los pobres; la curación del peregrino atropellado por el carro que transportaba piedras para las obras del puente; el santo apaleado por unos bandidos y el perro que trae la mano de uno de ellos; el apedreo que sufre por parte de sus vecinos o la curación de un obrero accidentado en las obras del puente. Estas escenas se realizaron hacia 1450.
Todo ello se remata con un templete de alabastro gótico realizado por Juan de Rasines, según diseño del borgoñón Felipe Vigarny (ca. 1513). Preside uno de sus frentes, la pequeña imagen barroca de santo Domingo, acompañado por el gallo y la gallina.
Una reja barroca de hierro, de comienzos del siglo xviii, rodea el mausoleo. Es obra de Sebastián de Medina, y en ella se aloja la milagrosa hoz con la que, según la tradición, el santo roturó el bosque para construir la ciudad. En la parte baja se encuentra la moderna cripta.
En el brazo meridional del transepto, frente al sepulcro del santo, se encuentra un gallinero, obra gótica de fines del siglo xv. En el gallinero, facilitadas tradicionalmente por la localidad de Gallinero de Rioja, siempre hay una pareja de aves vivas: un gallo y una gallina de plumas blancas, que recuerdan uno de los milagros más famosos atribuidos a santo Domingo y, tal vez, el que más predicamento tuviera entre los peregrinos a Santiago, dado que ésta era la condición de sus protagonistas.
Según la tradición, se dirigía a Compostela un matrimonio con su hijo de dieciocho años, llamado Hugonell. Procedían los tres peregrinos de Ad Sanctos (diócesis de Münster, hasta 1821 Arzobispado de Colonia). Llegados a Santo Domingo de la Calzada, se dirigieron con devoción a rezar ante el sepulcro del santo, tras lo cual marcharon a un mesón donde hospedarse y pasar la noche. Parece ser que la hija de los mesoneros se enamoró del joven Hugonell, pero ante la indiferencia del muchacho, decidió vengarse de éste y le introdujo una copa de plata en su equipaje, hecho que denunció como hurto en el momento en que los viajeros emprendían su camino.
De acuerdo con las leyes vigentes en la época (Fuero de Alfonso X el Sabio), el Corregidor castigó el robo con la pena de muerte y el inocente fue ahorcado. Una vez cumplida la sentencia, sus padres, apenados, continuaron el peregrinaje hasta Santiago. De vuelta, al pasar de nuevo por la ciudad calceatense, fueron a despedirse de su hijo, cuyo cuerpo aún pendía de la horca. En esos momentos, el joven habló y les narró a sus padres cómo santo Domingo le había sostenido milagrosamente durante todos esos días, salvándole así la vida.
Los padres, consideraron el milagro como prueba irrefutable de su inocencia, y corrieron a casa del Corregidor a transmitirle lo que su hijo les había contado. Ante ello, el incrédulo juez les contestó que «su hijo estaba tan vivo como el gallo y la gallina asados que él se disponía a comer». En ese preciso instante, ambas aves saltaron del plato y, cubiertas de plumas, comenzaron a cantar. Reconocida la inocencia del joven, fue descolgado de la soga y pudo proseguir el viaje a Alemania con sus padres.
Desde entonces y en recuerdo de este suceso, se recitan los versos: «Santo Domingo de la Calzada, / que cantó la gallina después de asada».
Domingo, hijo de Ximeno García y de Orodulce de Ximeno García, debió de nacer, según la tradición, en el pueblo burgalés de Viloria de Rioja hacia 1019. Poco sabemos de sus primeros años, salvo que intentó en vano ser admitido como monje en los monasterios benedictinos de Valvanera y San Millán de la Cogolla. Este fracaso hizo que se retirara como eremita a un lugar apartado, Ayuela, cerca de la actual Santo Domingo de la Calzada. Allí llevó una vida contemplativa hasta 1039.
Fue fundamental para su desarrollo posterior la relación que entabló en torno a esta fecha con Gregorio, obispo de Ostia, llegado a Calahorra como enviado papal para combatir una terrible plaga de langosta que asolaba los territorios navarros y riojanos. Durante cinco años y hasta la muerte del futuro santo ostiense en 1044, Domingo se convirtió en su estrecho colaborador. Recibió de sus manos la ordenación sacerdotal. Juntos decidieron construir un primer puente de madera sobre el río Oja para facilitar el tránsito de los peregrinos a Compostela.
Tras la muerte de san Gregorio, Domingo retornó a la zona donde había pasado sus años de retiro y emprendió en ella una profunda labor colonizadora. Taló los bosques, roturó las tierras e inició la construcción de una calzada de piedra que supuso una desviación del camino tradicional entre Logroño y Burgos, pero que se convirtió, a partir de ese momento, en la ruta principal entre Nájera y Redecilla.
Para mejorar las condiciones de los peregrinos que empezaron a transitarla, sustituyó el primer puente de madera por otro de piedra, y construyó un complejo integrado por hospital, pozo e iglesia, para atender a las necesidades de los viajeros. Su labor se vio reconocida por el propio monarca Alfonso VI, quien lo visitó en 1090 y lo responsabilizó de las obras viarias que se realizaban a lo largo del Camino de Santiago. En esos momentos, y con la ayuda de Juan de Ortega, su discípulo, había iniciado ya la fábrica del templo dedicado al Salvador y Santa María, consagrado en 1106 por el obispo de Calahorra. En el exterior, y adosado a sus muros, el santo escogió un lugar para su propia sepultura.
Santo Domingo murió en 1109. Nada se conserva de las construcciones que levantó, pero su labor fue la génesis de una ciudad que hoy lleva su nombre.
Paradas en el camino. Etapa 5
Cañas . Santo Domingo de la Calzada . Redecilla del Camino . Belorado . Villafranca Montes de Oca . San Juan de Ortega . Burgos
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