Quien haya recorrido el Camino habrá visto muchas y muy variadas representaciones del apóstol Santiago. Sin duda la más bella es la del parteluz del Pórtico de la Gloria. Aparece sentado, con el bordón de peregrino en la mano izquierda y en la derecha el rollo desplegado de la Sagrada Escritura. Da la impresión de que acaba de llegar como caminante a su propia tumba y espera, con expresión dulcísima en el rostro, a los que vienen de camino. En la columna que sostiene la estatua y que narra en piedra historias bíblicas, pueden verse las huellas de los dedos de una mano trazadas por millones de manos a lo largo de los siglos.
En todo el Camino vamos encontrando, en los capiteles de los claustros, en los altares de las iglesias, en los pórticos de las catedrales imágenes de Santiago pintadas o esculpidas en madera o en piedra. Se le representa a veces andando como peregrino, otras veces en pie, predicando. Una de las más curiosas está en el monasterio de las Huelgas de Burgos. Es una figura autómata del Apóstol que lleva una espada en la mano y tiene un resorte que le permite levantar el brazo. Servía para armar caballeros a los reyes. Santiago, ya se sabe, desempeñó un papel militar de primera importancia en los tiempos de la Reconquista. El humilde pescador que debió de ser el hijo de Zebedeo se vio de pronto convertido en un guerrero cuando el odio y la intolerancia se adueñaron de los espíritus.
Se apareció por primera vez montado en su caballo blanco en la batalla de Clavijo en el año 844, ayudando a las huestes del rey Ramiro contra las de Abderramán II. Se le vio después en no pocas batallas, a veces solo, a veces acompañado de san Millán y alguna también de san Isidoro, aunque ninguno de los dos santos, anacoreta el primero, sabio arzobispo el segundo, habían empuñado armas en vida. Se instituyó el Voto de Santiago, un tributo que se pagaba a la catedral compostelana y del que queda, como piadoso recuerdo, la ofrenda que un representante del Rey de España pronuncia cada año ante el altar del Apóstol.
El Hijo del Trueno, como se le llama en el Evangelio, obra también milagros pacíficos que le serán contados al viajero a lo largo del Camino. Un peregrino que está encadenado a un castillo le invoca y oye que Santiago le dice: «Sígueme a Galicia»; e inmediatamente se encuentra en Compostela. Un mercader, a quien un señor feudal ha encerrado en una torre, reza al Apóstol y ve que la torre se inclina hasta tocar el suelo, permitiéndole escapar. A veces basta la intención de peregrinar al sepulcro de Santiago para que éste obre el milagro que se le pide. Un inglés enfermo promete hacer la peregrinación, pero se asusta al tener que embarcarse. No obstante, queda curado y entonces sale para Compostela. Tantos son los milagros del santo que en la Edad Media llegaron a inventarse chistes que recogen coplas satíricas de la época. Un marido, por ejemplo, va andando a Santiago para pedir al Apóstol que le dé hijos. Vuelve al cabo de un año y encuentra que su mujer ha tenido uno. Entonces cae de rodillas y reza: «Cúrame, señor Santiago».
La Vía Jacobea es camino de prodigios. Otros muchos santos obran también los suyos. Es famosísimo el de santo Domingo de la Calzada. En el año de 1400, un joven peregrino alemán pasó con sus padres por la ciudad que lleva el nombre del santo ingeniero. Le acusaron de robar una taza de plata de la iglesia y le ahorcaron. Se conoce que antes de morir se encomendó a Domingo, porque sus padres lo encontraron vivo en la horca. Fueron a comunicárselo al corregidor. Éste, que se disponía a comerse unos pollos, se rió de ellos: «Tan vivo está vuestro hijo como estas aves que me ha preparado mi cocinero», les dijo. Y, en ese momento, las aves se levantaron y se pusieron a cantar. Por eso se dice: «Santo Domingo de la Calzada, que cantó la gallina después de asada». Y en la catedral del santo puede verse un gallinero labrado en piedra en el que hay siempre un gallo y una gallina vivos.
El Camino cuenta historias de otros muchos santos y de sus milagros. El santo abad Virila de Leyre (Leire) sale un día al bosque y queda arrobado con el canto de un pajarillo. Pasan treinta años antes de que vuelva en sí. Y en el convento no lo conoce nadie ni él conoce a nadie. En Estella (Lizarra) aparece milagrosamente una reliquia de san Andrés Apóstol, anunciada con grandes luminarias. En Nájera, un rey de Navarra persigue con su halcón a una perdiz y cuando las aves se adentran en una cueva, encuentra la milagrosa imagen de Santa María. En Castrojeriz, el caballo de Santiago deja las cuatro herraduras en la puerta de la Colegiata de Nuestra Señora del Manzano para señalar el lugar donde ha aparecido la Virgen. En Frómista nace san Telmo, patrón de los marineros que le invocan en las tempestades y él despeja sus temores mostrándoles el «fuego» de su nombre. En el Cebrero (O Cebreiro), el vino del cáliz con el que dice misa un monje descreído se convierte en la sangre de Cristo.
No solamente nos contarán en la Vía Jacobea historias o leyendas piadosas sino también profanas. No hay más que decir que en Roncesvalles (Orreaga) murieron, y según algunos están enterrados, el caballero Roldán y los Doce Pares de Francia. En un lugar de La Rioja, el sobrino, o quien sabe si hijo, del emperador Carlomagno, desafió y venció a un gigante musulmán, Ferragut. En los campos de Navarra murió peleando César Borgia. Y el puente del Hospital de Órbigo, entre León y Astorga, se hizo famoso porque allí fue donde un caballero del siglo xv, don Suero de Quiñones, rompió trescientas lanzas contra sus rivales por el amor de una dama, doña Leonor de Tovar, Dulcinea de este anticipado don Quijote. Acabadas aquellas justas, don Suero peregrinó a Compostela, y dejó como ofrenda en la catedral el cintillo que su dama le había dado para realizar la hazaña que se conoce como «el Paso Honroso».
Gentes de España, de Europa y de más allá de ella recorren cada año, como peregrinos, o como viajeros, la Vía Jacobea. Las motivaciones son muchas, pero ninguno vuelve defraudado de lo mucho que hay que ver, conocer, admirar en la ruta milenaria del Camino de Santiago. Sin embargo, algunos de ellos ven en parte incompleta la ruta si no se han acercado al lugar que durante siglos se consideró el final de la Tierra, el cabo de Finisterre (Fisterra), desde donde muchos peregrinos contemplaban la simbólica muerte del sol en el horizonte occidental, en el océano inmenso y profundo…