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El Camino de Santiago

4. San Millán de la Cogolla

Monasterios (Yuso y Suso)

El monasterio de San Millán de la Cogolla fue uno de los centros espirituales más importantes de Castilla. Constituido a partir de un eremitorio rupestre y de la aureola mística de Millán, verdadero aglutinador de la primitiva comunidad monástica, su primer asentamiento se conoció como de Suso («arriba»). Con el apoyo de los monarcas navarros primero y castellano-leoneses después, se constituyó en el primer santuario de peregrinación de la comarca. La fama de los milagros realizados por el santo-patrón creció con el tiempo y muchos peregrinos, cuyo destino final era Compostela, se desviaban de su itinerario para venerar sus reliquias.

A mediados del siglo xi la importancia de la institución era muy considerable y la comunidad había aumentado de tal modo que fue necesario el traslado a un nuevo edificio realizado en el fondo del valle: el llamado monasterio de Yuso, del cual no se conserva su iglesia primitiva y su claustro, románicos ambos; su nave gótica es de finales del siglo xv y su claustro, muy amplio, es gótico en su parte inferior y clasicista en la superior; tiene grandes medios puntos en los que el pintor José Vexes trazó en el xviii episodios de la vida de San Millán. En este periodo uno de sus monjes, el futuro Santo Domingo, fue colocado a la cabeza del monasterio castellano de Silos. Este esplendor se tradujo en el desarrollo de una importante actividad del escritorio monástico, algunas de cuyas producciones han llegado hasta nosotros. Asimismo, se financió la realización de un arca de marfil para dignificar las reliquias del santo trasladadas al nuevo templo. A esta arca se sumó otra antes de que acabara el siglo, la de San Felices. Ambas fueron descompuestas y las piezas que no se perdieron, los llamados marfiles, se encuentran dispersas en distintas ciudades del mundo. Entre las producciones posteriores destaca la realización de una nueva sepultura a San Millán a comienzos del siglo xiii. En esta misma centuria es notable la presencia entre sus muros, como notario del abad, de un personaje clave para nuestra cultura: Gonzalo de Berceo.

La iglesia del monasterio de Suso pertenece a la primera época del monasterio y fue construida con un estilo prerrománico. Al igual que el templo inferior de San Juan de la Peña, presenta planta de dos naves separadas por un intercolumnio de arcos de herradura. En época posterior fue ampliada hacia occidente con arcos de medio punto. La nave septentrional comunica con el eremitorio, mientras que en la meridional se dispone un pórtico en el que se conservan algunos sepulcros sobre los cuales, en el siglo xvi, se fundamentó la Leyenda de los siete infantes de Lara.

Marfiles

Visita obligada para los peregrinos de Santiago eran las cuevas de este santo que, apareciendo en las batallas montado en un caballo blanco, emulaba al propio Apóstol. Aquí, despertaba especialmente veneración el arca de marfil que encerraba los restos de san Millán. Esta obra nos narra la historia del santo, según san Braulio, y resulta uno de los testimonios más importantes sobre la construcción y mecenazgo de un monumento en época medieval.

Sus autores fueron, en torno a 1065, Engelram, su hijo Rodolfo y su discípulo Simeone. Se plantea un posible origen germánico de estos artífices, a causa de ciertos motivos ornamentales empleados y porque su estilo resulta más espontáneo y menos estilizado que las piezas del taller leonés.

Destruida la pieza durante la invasión francesa, se ha podido reconstruir gracias a la minuciosa descripción que Prudencio de Sandoval incluyó en 1601 en su historia de la orden de san Benito. Se han identificado placas en el monasterio de san Millán, así como en museos de Berlín, Florencia, Leningrado (donde están firmadas) y algunos otros.

De hacia 1098, y descrita también en el texto de Sandoval, es la arqueta de san Felices, de estilo ya plenamente románico y que asimismo se guarda en el monasterio de Yuso.

Escritorio

A partir del renacimiento promovido por Carlomagno, y como herramienta de propagación de la reforma religiosa iniciada por Pipino, van apareciendo en los monasterios zonas de estudio donde la copia e ilustración de libros religiosos es el fin primordial. No solamente se realizan libros litúrgicos como Evangelarios, Biblias o Salterios, sino que también se practica la ilustración de códices profanos: libros de ciencia, bestiarios, calendarios, etc., todo ello dentro del propósito didáctico y moralizador que marca el trabajo de estos lugares.

Su método de trabajo se organizaba por especializaciones: unos monjes preparaban los pergaminos, otros eran calígrafos o realizaban las iniciales de tipo más o menos estandarizado; los más hábiles dibujaban las miniaturas, que por último se rellenaban con colores, diluidos en clara de huevo principalmente.

Estos «scriptoria» constituyeron el principal órgano transmisor de la cultura medieval y su producción principal fue la «miniatura», es decir, códices manuscritos miniados (coloreados con minio, color rojo utilizado al principio casi exclusivamente).

Uno de los escritorios hispánicos de mayor trascendencia y duración se alojó en el monasterio de San Millán de la Cogolla. A causa de su origen se conocen como Códices emilianenses.

Códices Emilianenses

Varios Beatos y otros Códices de ese taller se guardan en Madrid: en la Biblioteca Nacional, en el Archivo Histórico y en la Real Academia de la Historia. Entre el resto, destacan los depositados en la Biblioteca del Escorial, pertenecientes a la colección canónica llamada Códice Emilianense, copiada en los alrededores del año 994.

Las producciones del taller emilianense son muy características y en gran parte denotan un estilo muy definido y personal, aunque se ignora el nombre del artista o artistas que trabajaron en él. Cargadas de color, las figuras humanas y de animales de sus miniaturas se reconocen por su exagerada geometrización. Los temas se interpretan con una gran esquematización.

Pero los códices no sólo destacan por sus miniaturas o exuberantes iniciales. Entre ellos, las anotaciones del Códice 60 (Real Academia de la Historia), escritas en letra visigoda, tienen la particularidad de registrar, junto a la lengua culta, el latín, expresiones en romance vulgar y otras en vascuence.

Estas anotaciones, conocidas como Glosas Emilianenses, constan de 96 folios (con 145 glosas). Las escribió un monje anónimo del siglo x y por constituir el primer documento escrito donde se registra la lengua vasca, son el testimonio de una realidad «plurilingüe cotidiana medieval en el reino de Navarra». Manuel Gómez Moreno y Ramón Menéndez Pidal las convirtieron en objeto de estudio.

San Millán

La vida del santo ermitaño la conocemos por san Braulio, que la escribió a comienzos del siglo vii, y ha llegado hasta nosotros en una copia del siglo x que existe en El Escorial, y en otra del siglo xii, procedente del Monasterio de Suso y ahora en la Academia de la Historia.

Nacido en el 473, en el barrio de Berceo llamado Madriz, hasta los veinte años fue pastor. Un sueño le condujo hasta san Felices, ermitaño en los montes vecinos de la Cogolla, que le educó y encaminó al sacerdocio.

Tras pasar tres años con san Felices, san Millán vivió una vida de anacoreta en la sierra durante cuarenta años. Nombrado preste de Berceo por el obispo Didimo, daba todo lo que tenía a los pobres. Retirado nuevamente a las cuevas, se sumaron a él otros clérigos como Aselo, Citonato, Geroncio, Sofronio y una dama llamada Potamia, con los que formó un cenobio en el 550.

Ya en vida cobra san Millán fama de santo por la multitud de milagros que realiza. Sus virtudes son conocidas en toda Cantabria. Muere en el 574 a la edad de 101 años.

Gonzalo de Berceo

Gonzalo de Berceo, el autor de la Vida de San Millán, Vida de Santo Domingo de Silos, Vida de Santa Oria, Loores de la Virgen, etc., aparece documentado como notario del abad de San Millán de la Cogolla a mediados del siglo xiii. Él mismo nos dejó la semblanza de su figura en la obra que narra la vida del santo emilianense:

Gonzalvo fue su nonme que fizo este tractado,
en San Millan de Suso fue de ninnez criado,
natural de Verceo, ons Sant Millan fue nado;
Dios guarde la su alma del poder del pecado.

Sus libros han sido calificados de «cantares de gesta a lo divino», debido a la abundancia de elementos épicos que se mezclan en los textos. Su obra cumbre, Los Milagros de Nuestra Señora, es un buen ejemplo del renacer del culto mariano en el siglo xiii, que ofrecería otras obras tan importantes como Las Cantigas a Nuestra Señora, de Alfonso X.

Gonzalo de Berceo es el máximo representante de lo que se ha denominado el Mester de Clerecía.

Mester de Clerecía

El significado de la palabra «mester» podría identificarse con «arte u oficio». Y los dos términos juntos «mester de clerecía» nos invocan un cierto arte lírico de expresión ejercido por los clérigos medievales, definido en la segunda estrofa del Libro de Alexandre:

Mester traigo fermoso, non es de ioglaría ;
mester es sen pecado, ca es de clerezía ;
fablar curso rimado por la quaderna vía,
a sílavas cuentadas, ca es grant maestría.

El Mester de Clerecía está constituido por un conjunto de obras de la literatura medieval creadas para ser leídas y destinadas a una minoría culta, aunque no constituida solamente por la población clerical, ya que utiliza como medio de expresión la lengua vulgar o romance. Los temas preferidos eran las vidas de santos u obras de carácter histórico; la forma de narrarlos elegida, la poesía compuesta por estrofas de cuatro versos de rima consonante y catorce sílabas. Este tipo de expresión poética se llamó la «cuaderna vía».

Leyenda de los siete infantes de Lara

La Leyenda de los infantes de Lara, incorporada al Romancero y cuyos hechos responderían a una realidad histórica situada en el último cuarto del siglo x, tuvo un éxito considerable en la Castilla de la Edad Media. Según ella, los siete hermanos, hijos del noble Gonzalo Gustioz, fueron capturados por los musulmanes en una emboscada preparada por Ruy Velázquez, trasladados a Córdoba y decapitados. Los cadáveres se condujeron a Castilla y según una tradición no textual, fueron depositados en unos sepulcros pétreos que se ubicaron en el pórtico meridional del monasterio de San Millán de la Cogolla. De este modo, el monasterio fue también conocido como panteón de los siete héroes castellanos.

Mudarra (también llamado «hijo de la renegada»), hijo bastardo de Gonzalo Gustioz —padre de los infantes— y de una hermana del mismo Almanzor, recibió su educación de este caudillo musulmán. Vengó después la muerte de sus hermanastros. Al menos desde el siglo xvi, los monasterios de San Millán de la Cogolla y San Pedro de Arlanza pujaron por la pretensión de conservar la sepultura de los siete jóvenes asesinados. El apasionamiento llevó a que en 1600 el abad del monasterio riojano, fray Plácido de Alegría, procediera a la apertura notarial de los siete sarcófagos ubicados en el pórtico del primitivo asentamiento en Suso, a fin de certificar su autenticidad. La aparición de los cadáveres descabezados fue prueba que, poco tiempo después, convenció tanto a Sandoval como a Yepes para sellar la contienda a favor de la Cogolla. De este modo, el monasterio se conoció también como panteón de los siete héroes castellanos. Años antes, en diciembre de 1569, se habían encontrado en la iglesia parroquial de la villa de Salas «las cabeças de los siete Infantes dentro de vn arca de madera, cubiertas con vn lienço».

Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla,creado en el siglo XI en el fondo del valle

Paradas en el camino. Etapa 4

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