Gerardo Rueda, con dos pinturas, una de 1953-54 y otra de 1955, nos muestra su progresiva tendencia a la geometrización abstracta, desde unas arquitecturas quintasenciadas de postcubismo hasta un friso en el que la profundidad de los distintos planos señala su interés por la hondura y la secuencialización de los espacios.
El gusto de la época por la geometrización se advierte también en la pintura de Óscar Domínguez (1950), visión picassiana de un tensado artilugio en un paisaje tardosurreal, así como en la pizarra grabada con cuerpos de distintas densidades que «maclan» entre sí, realizada por Néstor Basterretxea (1959), bajo el influjo del Oteiza postrero.
De Oteiza se presentan cuatro piezas. Una figurativa, de principios de los 50, de cuando elaboraba su apostolario para la Basílica de Aránzazu, tan cercano a la escultura de Bruno Giorgi de mediados de los 50 y a la de Victor Brecheret de principios de los 50. Las otras tres piezas son de la segunda mitad de los 50 y muestran su faceta más experimental, tendente al espacialismo y el reduccionismo formal, cercana a las indagaciones de Weismann y Castro.
La abstracción española de trazo y gesto está representada por Federico de Echevarría, aunque sometida a la voluntad de construir la composición en función del color, y por Luis Feito, donde las rayaduras azarosas se superponen al fondo cromático, así como por la gestualidad repetida, casi normativizada, de Antonio Saura. De otra parte, el arte normativo más canónico está representado por la pintura de Equipo 57, grupo en el que estuvo integrado un Agustín Ibarrola que poco después regresó a la figuración rotunda y volumétrica influida de muralismo, con un resultado cercano al de Candido Portinari de mediados de los años 40.
La enfatización de la textura pictórica y el uso de materiales anticonvencionales, en una indagación cercana a la del italiano Burri, se halla representada por la obra de Manuel Millares, que no encuentra en Brasil un paralelismo de semejanza.
Por último, la figuración española que no pretendía ser ni sintética ni desfigurada se muestra en las obras de Rafael Zabaleta, que siempre esconde una geometría secreta en sus composiciones, y de Joaquín Vaquero Turcios, que no renuncia a poner fuerza en la superficie pictórica sin que ello suponga desentenderse del tema representado.
Oteiza ganó el Premio de Escultura de la Bienal de São Paulo en 1957, mientras Brasilia nacía. Sus trabajos debieron de parecer sumamente cercanos en aquel momento y en aquella ciudad, y esto no debería sorprender, ya que Oteiza pasó los años 40 en diversos países latinoamericanos, donde se vivía una modernidad que en España era desconocida. Palazuelo, de quien ARTIUM posee dos excelentes pinturas pero de las décadas siguientes, los 60 y 70, terminaría situándose a finales de los 50 en las inmediaciones de la geometría neoconcreta, órbita a la que también se acercaría Gerardo Rueda, hasta colindar con Milton Dacosta y los trabajos de finales de los 50 realizados por Oiticica. Pero, en todo caso, el arte español, que en la posguerra retomó el hilo de las vanguardias a partir del surrealismo, tendió hacia lo gestual y lo informal, más que a lo geométrico. La situación política española no facilitaba demasiado la creencia en la racionalidad y en el orden lógico, sino en el grito, la mancha y la oscuridad, en suma, en las características de una tradición trágica, propicia para personalidades tanto románticas como surrealistas, así como para una mezcla de ambas.
Mientras Brasilia nacía, en España se buscaba a tientas la luz y el rigor que animaba el nacimiento de aquella, y el arte que presenta esta exposición, en cierto modo, es el testimonio de aquella búsqueda.
Composición. Detalle.
Gerardo Rueda
(Madrid, 1926-1996).
Composición. Detalle.
Gerardo Rueda
(Madrid, 1926-1996).
Abstracción. Detalle.
Antonio Saura
(Huesca, 1930-Cuenca, 1998).
Aceituneras. Detalle.
Rafael Zabaleta
(Quesada, Jaén, 1907-1960).