Mientras Brasilia nacía y se desarrollaba, mientras Brasil se enriquecía rápidamente y hacía fuerte una clase social acomodada de gustos inclinados por lo moderno, pero evolucionaba desde la democracia parlamentaria hasta la dictadura militar, en España los asuntos políticos y del arte tomaban otros rumbos. En cierto modo, se produjo una coincidencia entre ambos países, en el sentido de que los dos ofrecían al mundo un rostro moderno a través del arte. Pero las causas eran bien diferentes en cada lugar, pues mientras en Brasil ese rostro era la emanación natural de una sociedad democrática, culturalmente sofisticada y tecnológicamente avanzada (al menos, en sus principales ciudades), en España la faz moderna que ofrecía el arte apoyado desde las instituciones del Estado era una máscara con la que se pretendía ocultar, ante los ojos de los observadores internacionales, las miserias culturales, el atraso económico y la represión política.
Naturalmente, los artistas españoles de vocación moderna no eran responsables de los intereses políticos de la jerarquía franquista. Antes bien, buena parte de ellos eran críticos con el régimen dictatorial y soportaban mal que las estructuras del Estado utilizaran su arte para aparentar una tolerancia que la realidad cotidiana desmentía con rotundidad. Pero en un país como la España de entonces, sin mercado artístico, donde sobrevivir como artista suponía un considerable sacrificio, la convivencia con el poder era una insoslayable y conflictiva necesidad. El Estado se valía del arte y los artistas se aprovechaban de las necesidades de aquel.
En todo caso, mientras la brillante, concretista y racional Brasilia nacía, en España brotaba un arte que quería asimilarse a las pautas internacionales dominantes. Algunos de los artistas que pugnaban por ello lograron llevar a cabo una producción artística que se equiparaba, sin sonrojo, con la que podía presentar cualquier otro país más avanzado en todos los órdenes. No eran la mayoría de los artistas, que en España seguían sumidos en un atraso estético paralelo a la autarquía económica en que estaba sumido el país, sino que fueron unos pocos los que, como punta de lanza de otras cuestiones, abrían brecha en el arte, aunque también propiciaron una apertura y ensanchamiento de las mentalidades.
En la pequeña muestra elaborada para los Institutos Cervantes de Brasil con fondos de la Colección ARTIUM de Álava se encuentran algunos de aquellos protagonistas. La amplitud de esa colección museística ha posibilitado la selección de un número muy elocuente de artistas con obras muy representativas de aquellos años comprendidos entre 1950 y 1959. En conjunto se observa que, desde nuestro presente, resulta complicado detectar las diferencias derivadas de las circunstancias políticas en las que fueron gestadas tales obras, pero, en cambio, sí parece percibirse con mayor claridad la existencia de diferentes tradiciones, de pasados cercanos no coincidentes, que junto a otras problemáticas específicas condujeron a distintos resultados artísticos. Pero quizás no tanto.
En España no hubo un movimiento concreto, ni artistas cuyas obras se asemejaran a las experiencias concretas de Luis Sacilotto, Ivan Serpa o Hermenelindo Fiaminghi, ni reacciones neoconcretas como las de Alfredo Volpi, Lygia Clark, Lygia Pape, Hélio Oiticica o Hercules Barsotti, pero a criterio del espectador queda decidir si el constructivismo de Jorge Oteiza queda cerca o lejos de los cubos de Franz Weismann, del espacialismo de Barsotti y de los planos de Amilcar de Castro, o si las composiciones interactivas y normativas del Equipo 57 no surgen del mismo pensamiento que los diseños de jardines de Roberto Burle Marx.
Sin título.
Equipo 57
(1957-1966)
Arbalette. Detalle.
Óscar Domínguez
(La Laguna, Santa Cruz de Tenerife, 1906-París, 1957).
Pintura. Detalle.
Federico de Echevarría (Bilbao, 1911-2004).