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Rafael Ortega López nos envía las siguientes frases procedentes de varios cuentos
fantásticos de Rubén Darío:
«Alegréme, a pesar
de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en
aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él»
(Thanatopia, pág. 10)
«En las horas de los rezos y de los
cantos, notábanle todos los miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya
agitado... »
(Verónica, pág. 29)
«Aparecióse un
obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido de
los archivos de la catedral»
(La larva, pág. 41)
Alegréme, notábanle,
aparecióse... ¿o deberíamos decir me alegré, le notaban
o se apareció?
En el español actual, los
pronombres átonos (me, te, le, se) se suelen poner delante del verbo, salvo que
éste sea un gerundio, un infinitivo o un imperativo, pues estas formas verbales exigen
que los pronombres átonos se coloquen detrás.
Así, tendríamos los siguientes
ejemplos:
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Me alegro mucho de
volver a verte. |
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Me lo dijo riéndose. |
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Tienes que decirme tu nueva dirección. |
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¡Déjame en paz! |
Pero, como indica la Real
Academia en su Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española, no siempre
fue así:
«Por su calidad de inacentuados,
estos pronombres van siempre inmediatos al verbo con estrecha unidad prosódica. Pero su
posición antes o después del verbo ha variado y varía según las épocas y los autores.
Nuestros clásicos los emplearon como enclíticos [pospuestos al verbo] con mayor
frecuencia que los escritores de hoy, y hay regiones, como Galicia, Asturias y León,
donde actualmente se usan también más como enclíticos que como proclíticos»
Esbozo..., p. 425
Por esta razón, a Rafael Ortega, como a
nosotros, le resultan un tanto arcaicas las formas alegréme, notábanle
o aparecióse. Arcaicas que no erróneas. |