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Leopoldo zea

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19591959

Dirige la revista Historia de las ideas en América hasta 1961. Posteriormente es nombrado Director General de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

Las décadas de 1950 y 1960 son de agitación social, política e intelectual en el mundo. En 1959 se produce la revolución cubana, que siempre mereció a Zea la aprobación de un antiimperialista. No aprobó el régimen autoritario del castrismo pero le antepuso el reconocimiento del derecho a la autodeterminación del pueblo cubano y la ilegitimidad de cualquier ingerencia extranjera en sus destinos. Con ello se refería a las presiones imperialistas tanto como a la necesaria democratización del sistema político en la isla.

19651965

Publicación de El pensamiento latinoamericano. La dirección del pensamiento de Zea conducía necesariamente a algún tipo de actividad política y ya se dijo cómo fue su deriva biográfica. En efecto, la imagen de América como un continente dependiente cuyo pensamiento propio debía ser el de la independencia, la lucha contra la dependencia, formula un programa político: integración continental en torno a programas que vayan consiguiendo ampliar las zonas de independencia económica, militar, diplomática y cultural.

Los escritos de Zea durante el sexenio de López Mateos, que es la época de mayor implicancia política del escritor, se vuelven más concretos y puntuales. La opción política mexicana es vista como un término medio conciliatorio entre el capitalismo y el comunismo, o socialismo real, tal como se lo conoce en el mundo desde la revolución rusa de 1917. En este orden, México había sido precursor porque ese mismo año se dictaba su Constitución republicana y revolucionaria, la primera que incorpora los derechos sociales de los trabajadores junto con los clásicos derechos individuales de los ciudadanos.

Zea estima positivo el desarrollo mexicano conseguido por su burguesía pero señala que ha de tenerse en cuenta que tal desarrollo es impensable sin el concurso de las llamadas clases débiles. La nación es un conjunto integrado por todas sus clases y si se plantea la independencia real, ha de ser a partir de esa unión de clases en torno al proyecto nacional.

Matiz más o menos, éste había sido el planteamiento del PRI, sólo que haciendo jugar al Partido como único sujeto del proceso, dado que el pueblo mexicano carecía de la madurez y el nivel de educación cívica adecuados para el funcionamiento de una plena democracia. Zea, siguiendo el intento de López Mateos, propugnó la incorporación del pueblo al proceso, para lo cual debía darse un primer paso decisivo: la democratización interna del propio PRI. En su momento no pudo concretarse la aspiración de Zea, que se alejó prudentemente de la escena política, pero la realidad del México actual da la razón a nuestro escritor, porque la diversificación política y la alternancia del poder en manos de partidos que no son el PRI, diseña un nuevo panorama político mexicano.

En cualquier caso, las tareas políticas de Zea jamás se cumplieron en desmedro de la independencia intelectual del escritor. Si bien coincidió con propuestas del PRI, nunca se consideró un intelectual orgánico, que debía pensar obedeciendo a la disciplina del partido y encarnar la voz de la ortodoxia. Siempre vindicó para él y sus colegas, la necesaria autonomía de pensamiento que le permitiera concurrir o disentir de cualquier partido.

19681968

Cerca del Mayo francés y del cordobazo argentino, las manifestaciones estudiantiles de México acaban en la matanza de Tlatelolco. Una ingente literatura se produce al respecto, a la vez que sonadas actitudes cívicas como la renuncia de Octavio Paz a su carrera diplomática, en protesta por la masacre. Al tiempo, se desarrolla la guerra de Vietnam.

Esta época registra cierto acercamiento de Zea al marxismo-leninismo. En 1962 lo había declarado incompatible con la democracia liberal pero en 1969, cuando publica La filosofía latinoamericana como filosofía sin más, advierte la insuficiencia de la burguesía y las clases medias para cumplir con sus ideales democráticos y liberales, pues se han doblegado ante las exigencias del imperialismo. Zea toma decidido partido por la filosofía de la liberación, señalando que los procesos libertadores se están dando en el Tercer Mundo, protagonizados por masas campesinas consideradas tradicionalmente atrasadas e incapaces de cualquier revolución, pero que carecen de compromisos con el dominio imperialista. Desde luego, Vietnam es su ejemplo mayor.

Su propuesta política no es la guerra popular y prolongada, sino una suerte de frente popular interclasista que propicie un cambio por la vía de la reforma y no se extravíe en utopías revolucionarias. El mundo nuevo que diseña en Dialéctica de la conciencia americana (1976) habrá de conseguirse por medio de la educación. Hace falta invertir el erróneo proceso histórico de América Latina, un continente que ha conseguido siempre lo contrario de lo que se proponía lograr: barbarie en vez de escuela, anarquía en vez de integración, tiranías en lugar de repúblicas.

En lo intelectual, promediando la década de 1960 se inicia en México una interesante polémica que atañe a Zea. Filósofos de nuevo cuño como Luis Villoro y Alejandro Rossi introducen la filosofía analítica de origen anglosajón, preocupada por los problemas que suscita el lenguaje como único depositario del saber filosófico. Estos pensadores descalifican de un plumazo la historia filosófica de México, denunciando que falta en ella una auténtica tradición filosófica por ausencia de rigor científico. Lo mismo que en el resto de Hispanoamérica, lo que se ha dado por filosofía no lo es sino una mera elaboración ideológica.

Implicado en la polémica, Zea defendió, justamente, el carácter no científico de la filosofía y, por el contrario, su imprescindible sesgo ideológico. El filósofo es un ser humano, es decir un ser social y político, y si hace filosofía lo hace porque le preocupan problemas que atañen a sus semejantes, ante todo éticos y sociales. Se piensa para actuar, no sólo para conocer. Se piensa por algo y para algo. En consecuencia, resulta imposible para el filósofo pensar sin intereses, como si el mundo no le interesara. Así como sus cuestionadores atacaban a Zea por ser poco o nada científico, él les replicó definiéndolos como cientificistas y algo sabía del tema por haber estudiado con minucia el pensamiento positivista. En rigor, la analítica del lenguaje fue un rebrote del positivismo, una especie de positivismo o empirismo lógico.

 
 

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