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Leopoldo zea

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Es nombrado investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios Filosóficos de la UNAM. En la década de 1950 se empieza a conformar el núcleo duro de la filosofía de la historia en Leopoldo Zea. Se trata de una tarea arriesgada, porque las filosofías de la historia construidas en el siglo XIX por pensadores como Hegel, Marx, Comte, Darwin y Spencer, habían sido severamente cuestionadas a partir de Nietzsche. La historia había dejado de ser un evento natural y necesario para convertirse en una convención ficticia. El pasado se había vuelto un relato que podía modificarse y sustituirse por otro relato en función del presente del historiador, su proyecto de futuro y la aceptación o el rechazo de las tradiciones que pretendían ser el medio de transporte de dicho pasado.

Zea se vale de algunos apoyos en su intento de formular una filosofía de la historia que recoja los grandes modelos pero sin imitarlos, sino señalándolos como referencias. Dos autores del siglo XX son tomados como ayudas. Uno ha sido mencionado, Spengler. Para el escritor alemán, la historia se divide en cuencas, en regiones que tienen su propio espacio y su propio tiempo. Estos espacio-tiempos son mónadas, es decir entidades cerradas, universos que no se comunican entre sí. Desde fuera sólo se los puede considerar por su forma pero el sentido de la historia de cada uno de ellos lo viven exclusivamente quienes pertenecen a cada sistema. De tal modo no hay una historia universal, la misma para todos los seres humanos, sino historias regionales que empiezan y terminan sin dejar rastros en las demás historias.

En compensación, otro historiador tenido en cuenta por Zea, el inglés Arnold Toynbee, convierte en universal una morfología de la historia, que fue desarrollando en un monumental estudio en serie, Estudio de la historia. De alguna manera, Toynbee encuentra un par de procesos que se repiten a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio, enfatizando la figura del círculo como estructura del tiempo en un planeta esférico, que gira sobre sí mismo y que empieza y termina en cada uno de sus puntos.

Los dos procesos identificados por Toynbee son la iglesia universal y el proletariado exterior. Todo poder es expansivo e imperial. Organiza imperios que tienden a ocupar todo el planeta, imponiendo sus pautas de vida, sus propias civilizaciones, de modo que se convierten en iglesias universales, volviendo sagradas sus leyes. Entran en crisis cuando una fuerza exterior se organiza como pueblo pobre y bárbaro, que amenaza al imperio y acaba invadiéndolo, destruyéndolo y apoderándose de él. Es lo que Toynbee denomina «proletariado exterior».

Zea ha tratado de conciliar ambas concepciones de la historia, que provienen del romanticismo, de la llamada escuela histórica o historicismo y que apareció en Alemania en la primera mitad del siglo XIX. Para esta escuela, no hay una historia universal pero sí hay procesos universales que pueden considerarse desde el punto de vista formal. Spengler subraya el hecho de que cada entidad histórica es autosuficiente y hermética, en tanto Toynbee privilegia la reiteración de ciertos hechos típicos, los describe y halla su prueba en el estudio de distintos casos históricos.

El ensayista mexicano concilia ambas propuestas en la categoría de la circunstancia. La toma de Ortega, quien muy tempranamente, en sus juveniles Meditaciones del Quijote, sostuvo que no hay yo sin circunstancia y que si no se salva ésta, el yo tampoco se salva. Dicho de otro modo: todo sujeto es él mismo y la historia que le toca vivir, en cuyo caso la crisis histórica es también crisis del sujeto. Ortega, como Croce y otros pensadores tenidos en cuenta por Zea, sostiene la radical historicidad del hombre: la historia es lo que define la humanidad del ser humano.

A este aporte orteguiano, Zea añade un elemento existencial, muy de rigor en aquellos años de la posguerra, cuando se impuso el predicamento del existencialismo francés, sobre todo el ateo e individualista de Jean-Paul Sartre. La teoría del compromiso fue aceptada por Zea en el sentido sartreano de que cada acto de cada ser humano compromete al universo de la historia y por él debe responder el sujeto ante los demás, los otros que conforman su personal infierno.

Al reunir inopinadamente a Sartre con Ortega, Zea practica asimismo otra conciliación. Sartre, en su primera etapa, antes de intentar encontrarse con el marxismo, era un individualista radical. El hombre es libre de nacimiento, totalmente libre en su espontaneidad y en el señorío de la conciencia sobre sus actos. En cambio, para Ortega, la libertad no se tiene de origen sino que se alcanza en una lucha incierta con la circunstancia. El hombre está condicionado por dicha circunstancia histórica, lo que condiciona, a su vez, sus posibilidades, o sea que acota el campo de su libertad.

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Primera edición de América en la historia en la que continúa desarrollando sus ideas en torno América. Para Zea, el pensamiento es por definición algo universal pero siempre se da en determinada circunstancia. El sujeto que piensa lo hace dentro de un conjunto llamado pueblo, que está viviendo una determinada circunstancia dentro de un conjunto mayor, la humanidad, que está viviendo otra determinada circunstancia. Esta superposición de circunstancias constituye el tejido de la historia. Cuando yo pienso lo hago desde mi circunstancia individual que lo es de mi pueblo y también de la humanidad. La tarea del historiador es volver consciente esta compleja realidad para que la determinación pueda dar lugar a la liberación. Así se llega a la conclusión de que todo pensamiento es circunstancial y la tarea del historiador es averiguar el vínculo que existe entre algo aparentemente abstracto y genérico, el pensamiento, y algo concreto y circunstancial, que es la historia. Además, siempre la historia lo es de una determinada sociedad y un determinado pueblo. Las verdades universales no dejan de ser, dialécticamente, eventos circunstanciales y han de ser consideradas siempre en relación con este aspecto de su realidad, relativamente y no como hallazgos absolutos, intemporales y definitivos.

En estas construcciones de Zea juega un papel importante el pensamiento nacionalista. Zea no lo rehuye pero, siguiendo a Lenin en su ensayo sobre el imperialismo como forma superior del capitalismo, distingue entre el nacionalismo de los imperios, que es represor y avasallante, y el nacionalismo de los oprimidos, que es libertador. Igualmente distingue dos aspectos de la cultura política norteamericana, ya que los Estados Unidos aparecen como el imperialismo por excelencia en la perspectiva latinoamericana: el civismo democrático y el militarismo agresor. El primero tiene que ver con el proceso democratizador de América Latina, mientras que el segundo es el apoyo de dictadores y sátrapas que impiden todo desarrollo cívico de la representación popular.

En el medio —si es que hay medio en la historia— se sitúa México, esa democracia social con aires de Estado totalitario que resulta difícil de encasillar en las categorías políticas corrientes. El nacionalismo mexicano es defensivo y consiste en protegerse de unas invasiones virtuales que cuentan con antecedentes reales. En efecto, México ha sido invadido reiteradamente por españoles, norteamericanos y franceses. El invasor ha triunfado en cada caso y a cada invasión ha seguido un ambiguo proceso: odio al extranjero y enérgica necesidad de imitarlo, de mimetizarse con él. México se hispanizó, trató de ser los Estados Unidos del Sur, se afrancesó con el porfiriato. Fue y es un pueblo antiguo que, sin embargo, tiene una idea dominante del Estado de carácter infantil. El Presidente, reedición del emperador francés, que lo fue del mexicano, que lo fue del virrey español que lo fue del Uei Tlatoani de los aztecas, ese Presidente democráticamente elegido por un sistema de destape más bien secreto y por la hegemonía de un partido único de hecho, es como un padre, gran amigo o hermano mayor de cada mexicano. Su poder es institucional porque sólo dura un sexenio pero es personalísimo. Ello ha teñido la política mexicana de un personalismo muy acusado y la ha hecho depender del genio o el capricho del Presidente de turno. Ha resultado, en consecuencia, una política escasamente racionalizada y carente de verdaderos planes y proyectos.

En su intento por definir históricamente la identidad mexicana, Zea describe a México como un país efectivamente mestizo pero en el cual la cultura indígena ha muerto históricamente y, en consecuencia, carece de sentido en el proceso del presente mexicano. Los conquistadores consideraron a los indios —siempre en opinión de Zea— como cosas o animales, seres defectuosos que habían de perfeccionarse gracias a la intervención de un pueblo superior, a su cultura social y, especialmente, su religión, que era y es humanitaria y universal. El conquistador no entendía el mundo indígena y lo sintió como algo ajeno. Su proceso de mejoramiento e incorporación a la cultura de Occidente se hizo por la fuerza, como un deber imperioso de carácter trascendente, como si el Dios de la historia hubiese convertido la conquista en un acontecimiento misional.

Este proceso produjo una doble vertiente de imágenes en el pensamiento europeo respecto de América. En cierto sentido, todo lo americano era inferior y merecía el destierro y la marginación. Pero en otro sentido, América, por su carencia de historia —entendida como historia de Europa— se convirtió en el lugar de la utopía, de la sociedad ideal que, justamente, sólo se puede edificar en un espacio virgen de historia, donde el pasado no tenga ningún peso, ninguna presencia. En verdad, el pasado indígena de México sí tenía peso y presencia pero fue negado por la represión conquistadora y se lo dio por inexistente. Fue y es un paradójico pasado que es como si no hubiera pasado.

 
 

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