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Leopoldo zea

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19431943

Con apenas treinta años, Leopoldo Zea compone su canónico estudio sobre el positivismo mexicano, tesis que da lugar a El positivismo en México. Nacimiento, apogeo y decadencia, con cuatro ediciones entre 1943 y 1975, y traducida al inglés. En la misma línea, Zea preparó una antología en dos volúmenes del pensamiento positivista latinoamericano para la Biblioteca Ayacucho de Caracas (1980).

19441944

Obtiene el título de doctor en Filosofía y Letras por la UNAM, con la tesis Apogeo y decadencia del positivismo en México, realizada bajo la dirección de José Gaos. ¿A qué se debe esta elección temática, hecha en plena juventud y mantenida durante una larga vida? La respuesta es sencilla: porque el positivismo es la filosofía hegemónica con la cual se construyen las modernas nacionalidades latinoamericanas. Contemporáneos, los procesos que encabezan Porfirio Díaz en México, Julio Roca en la Argentina, los fundadores de la República Vieja brasileña y José Manuel Balmaceda en Chile, están marcados por diversas vertientes del positivismo: Comte, Darwin, Spencer.

Positivismo es, al tiempo, aplicación de las ciencias naturales a la sociedad, modernización de las técnicas de vida (ferrocarriles, aguas corrientes, electricidad, puertos, libre navegación de los ríos, industrias) y fe en el progreso, es decir: creencia en el mejoramiento moral del hombre a partir de su mejoramiento material. Además, es un conjunto de filosofías que provienen, por el lado de Comte, del romanticismo, que fue el primer movimiento de la modernidad intelectual latinoamericana. En efecto, Comte es un discípulo de Saint-Simon, cuya concepción de la sociedad industrial es romántica, en el sentido de que se trata de un organismo, algo vivo y compuesto de un sistema de órganos interrelacionados y ordenados, que se distinguen por sus distintas funciones.

Cuando Zea encara el estudio del positivismo mexicano no lo hace con el utillaje tradicional de la historia de las ideas, que consideraba la producción filosófica como un universo autónomo, que se basta a sí mismo y se explica a partir de sus propios elementos, es decir las ideas por las ideas. Zea cumple más bien con los postulados de la sociología del conocimiento, en especial la de Karl Mannheim, autor de un libro señero en la materia: Ideología y utopía. Las ideas son, en sentido orteguiano, creencias. En ellas se está, se vive y se articula a partir de ellas la acción en el seno de la sociedad. En este orden, las ideas son siempre ideologías, proyectos de vida en común, sistemas de valores, formas culturales, es decir: pautas de existencia.

19471947

Funda la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y el Seminario sobre Historia de las Ideas de América del que fue titular hasta poco antes de su fallecimiento. Ese mismo año se le designa Investigador del Colegio de México para continuar sus trabajos sobre la Filosofía, el Pensamiento y las Ideas de América. En sus clases Zea explica que hay dos clases de positivistas mexicanos: los que simplemente calcaron el positivismo europeo y que él considera utopistas, y los que adaptaron aquella filosofía a la circunstancia mexicana. Tratar de repetir puntualmente una forma de pensamiento creada en una época y un medio determinados, a otra época y otro medio, es utópico; es construir una sociedad ideal en el vacío de la historia, sin tener en cuenta lo acaecido, la herencia y demás condicionantes de la acción humana acarreados por el tiempo histórico.

En su comienzo, Zea define el positivismo mexicano como la ideología de una burguesía liberal, anticlerical y antimilitarista, es decir un aparato ideológico que sirve de embate contra la tradición y el pasado, entendidos como arcaicos y caducos. Al llegar al poder, en cambio, los positivistas enfatizan la categoría de orden. Aquí se produce la primera disfunción en el proceso de aclimatación positivista en México. La burguesía mexicana es terrateniente y especuladora pero no industriosa. La industria pasa a manos de empresarios extranjeros.

Gabino Barreda, principal figura del movimiento, mexicaniza a Comte y en lugar de su lema «Amor, orden y progreso» propone el de «Libertad, orden y progreso». Así, los brasileños repetirán literalmente al maestro y los argentinos traducirán el lema por «Orden y administración». Mientras en Río de Janeiro se construye un templo para la comtiana Religión de la Humanidad, en México se suprime todo rasgo religioso. En su lugar se fundan las organizaciones típicas del porfiriato: la Asociación Metodófila y el Partido Científico.

El programa de Barreda y sus principales discípulos, Manuel Ramos y Miguel Macedo, es bien claro: defensa de la propiedad privada, libertad de comercio y supremacía política y cultural de los ricos sobre los pobres. La sociedad es vista, según se dijo, como un organismo, en el que hay órganos superiores e inferiores. Los primeros gobiernan a los segundos y aseguran el orden, condición esencial del progreso, que es el módulo normal de la evolución progresiva. Su módulo anormal, antinatural y condenado al fracaso y al caos es, para Justo Sierra, la revolución.

Los así llamados «científicos» porfiristas ocuparon cargos en la administración pública y llenaron los puestos de la banca y la magistratura. No contribuyeron, en cambio, a la formación de un auténtico partido político, un déficit que México arrastrará largamente, tanto durante la guerra civil revolucionaria como luego, con los sistemas del Maximato de Calles o el presidencialismo de Cárdenas. Montaron una suerte de despotismo ilustrado con un personaje inamovible, Porfirio Díaz, en carácter de patriarca protector, autoritario y vigilante.

Zea no se contenta con organizar su visión del México positivista sino que resuelve también la lectura de su crisis terminal. Cuando fracasa la campaña por la reelección de Porfirio, viene la Revolución y el antiguo dictador se marcha al dorado exilio de París, al derrumbe del régimen corresponde una renovación intelectual. El positivismo sirvió como ideología del orden y la permanencia, hasta convertirse en una suerte de religión laica de la fijeza. Ahora se imponía lo contrario: pensar el cambio, la fluidez, el devenir. Para decirlo más simple y elocuentemente: adoptar filosofías de la vida, vengan de donde vinieren: Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, Boutroux, Croce.

Hasta aquí llega el joven historiador Zea. Pero no llega como mero historiador de las ideas sino, ahora, como un precoz filósofo de la historia. Al estudiar la formación del México moderno, Zea advierte una constante en la historia intelectual del país: la lucha contra la dependencia, contra el orden impuesto desde fuera. En 1810 se buscó la independencia política. Con la Reforma, a mediados del siglo XIX, se privilegió la libertad de conciencia. Por fin, con la Revolución, a partir de 1910, llega la conquista de la libertad y de la tierra.

19481948

Lo que advierte Zea al concluir con la trayectoria del positivismo mexicano, es que ha tocado otro bloque temático más amplio: las constantes de lo mexicano, la identidad histórica de México. Si el positivismo modernizó el país, lo hizo porque antes había un país viejo y anacrónico, del que cabe dar cuenta. Así, con tales planes de investigación, organiza Zea en 1948 el grupo Hiperión, que reúne a un grupo de jóvenes filósofos.

19521952

En este año dirige la colección «México y lo mexicano» que edita Porrúa y Obregón y funda el Centro de Estudios sobre el Mexicano. Siguiendo algunas sugestiones antropológicas de Heidegger y Sartre, escribe textos en torno al problema: ¿Qué es el mexicano? y El mexicano y sus posibilidades. En ellos advierte uno de los fenómenos más definitorios de la Revolución, leída desde la filosofía de la historia: la convulsión revolucionaria ha dejado al descubierto el México ancestral, que subsistía debajo de las construcciones del porfiriato. Aquél es el México auténtico y, si se quiere, «natural». Éste, el artificioso y postizo. Cabe, entonces, incorporar a la reflexión filosófica de México este nuevo dato, que pone en cuestión las concepciones progresistas de la historia, según las cuales toda etapa histórica clausura a las anteriores y las aloja en un definitivo pasado, en lo que ha pasado y nunca volverá.

19531953

Publica América como conciencia. Según se sabe, la Revolución mexicana carecía, en principio, de ideología y, con su transcurso, se vio que de ella surgían distintas orientaciones ideológicas, casi todas incompatibles, que se fueron resolviendo, si es que se puede hablar de solución, por medio de la violencia. Los intelectuales del Ateneo, todos ellos posteriores al positivismo, eran, sin embargo, simpatizantes del régimen de Porfirio, porque lo veían eficaz en lo administrativo y dotado de cierta decencia cívica. Madero tal vez imaginó una democracia de modelo norteamericano. Pero Villa propuso una suerte de guerra revolucionaria permanente, con un ejército popular de modelo guerrillero, en tanto Zapata proponía una revolución agraria. Acabó imponiéndose el ejército, carente de ideas políticas pero claramente partidario del orden, la jerarquía y el paternalismo. En lugar de privilegiar la riqueza de las clases burguesas, privilegió la burocracia del Estado, un Estado providente, revolucionario en su retórica, conservador en sus estamentos y modernizador en lo económico y social.

Zea llega a la palestra intelectual cuando ya el proceso revolucionario está consolidado y gobierna un partido que ha convertido la revolución en institución y que, de hecho, es el único que existe. Su ideología es nacionalista, populista y con una vertiente socializante. Como nacionalismo, el priísmo se preocupa por la identidad de lo mexicano, promoviendo una producción cultural acorde con los nuevos tiempos: la pintura muralista, la novela de la Revolución, el cine revolucionario, la música de inspiración indígena y folclórica.

La antropología nacional había dado ya un texto central: Perfil del hombre y la cultura en México (1932) de Samuel Ramos, que por esos mismos años estaba empezando a ser controvertido por otro joven escritor interesado en el tema, el Octavio Paz de El laberinto de la soledad. La posición de Zea diverge de ambos. No sigue la línea de Ramos en el sentido de hacer una psicología de los pueblos, describiendo un modelo promiscuo de mexicano ideal, ni tampoco adopta el punto de vista de Paz, el pachuco, es decir el mexicano que considera a su país desde los Estados Unidos, advirtiendo, desde una sede evidentemente moderna, las dificultades de México para incorporarse al mundo moderno. Zea, más bien, trabaja desde la identidad como tarea política, como una ideología que promueve determinadas actuaciones en la lucha contra la dependencia.

 
 

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